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Estamos en Ceniza, Verano del año 217.

Saga Torneo de los Dojos (fecha bloqueada)
Últimos rumores: ¡Sigue las tramas de los Hilos del Mundo! Primer Hilo | Segundo Hilo | Tercer Hilo
(S) Los hilos del mundo: segundo hilo
#61
Cuando Akame vio como el borracho se alejaba, convencido por su amigo, estuvo apunto de soltar un suspiro de alivio. No le dio tiempo. Incluso antes de llegar a incorporarse por completo, el amigo de Chae sacó rápidamente un kunai y le apuñaló por la espalda. Fue un ataque certero, preciso y mortal. «Más que premeditado», dedujo el Uchiha. ¿Y ya está? ¿Un ninja acababa de asesinar a otro en la calle, a plena luz del día, y ya está? Incrédulo, el gennin se puso completamente en pie y asintió con gesto tenso a las palabras del tal Raimyogan. «Parece tan nervioso como nosotros... Es evidente que tiene miedo a las represalias de lo que acabamos de oír».

Akame abrió la boca para contestar, pero Datsue se le adelantó. Así pues, el mayor de los Uchiha se limitó a asentir otra vez y darse media vuelta para empezar a andar en la dirección en la que habían venido; la residencia del Uzukage.

Mientras caminaba, empezó a ser realmente consciente de lo que acababa de ocurrir. «Un asesinato en plena calle, sin juicio, sin pruebas, sin nada»; le resultaba tremendamente familiar a la entrada en escena que había hecho Gouna —ahora muerta— matando al falso Zoku. Y recordó lo mal que le había sentado aquello. Oonindo estaba resultando ser un lugar mucho más cruel y brutal de lo que él se había imaginado.

¿Qué demonios está pasando en la Villa? —masculló el Uchiha, por lo bajo, como si temiese ser oído tal y como lo habían temido Chae y Raimyogan.

Una frase seguía retenida en su mente. Palabras que resonaban altas y claras como el Sol de una mañana de Verano. Palabras que tardaría mucho, mucho tiempo en sacarse de la cabeza.

«Adaptarse o morir»

Cuando sus pasos les condujesen a la residencia de Uzumaki Zoku, Akame pediría entrada a quien quiera que la estuviese custodiando y buscaría verse con el Kage.
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黒狼

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#62
En la puerta les esperaban dos chunin, que aguardaban, cruzados de brazos, con aspecto aburrido. Uno de ellos era bajito, con el pelo corto de color cobrizo, y el otro era fornizo y con un tatuaje en forma de equis cubriendo los labios. Cuando los vieron, ni siquiera tuvieron que decir unas palabras. Los ninja se apartaron a sendos lados de la puerta, la abrieron, y con un brazo, instaron a los genin a adentrase.

—Akame-kun. Datsue-kun. Adelante. Zoku-sama nos dio instrucciones de dejaros pasar.

Si los muchachos subían por las escaleras, adentrándose en el hogar del Uzumaki, se encontrarían con él en el salón, sentado en un sillón, con aspecto cansado y con un montón de papeles enormes en la mesa. Zoku los miraba, con la frente arrugada y acariciándose la barbilla. Cuando se dio cuenta de que los Uchiha estaban de nuevo frente a él, les puso una cara de sorpresa mal disimulada.

—¿Datsue, Akame? ¿Ya habéis vuelto? Sólo han pasado un par de horas. Ni siquiera ha anochecido. —Miró de nuevo los papeles, un breve instante—. La transición está siendo complicada. Hay muchas cosas que hacer y otras muchas a las que enchufarse a medio camino. Me trae de cabeza.

»Tenéis otros dos sillones ahí. Sentáos si queréis, como si estuviérais en vuestra casa.
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#63
Cuando aquellos dos chuunin les llamaron por su nombre y les cedieron el paso a la residencia del mismísimo Uzukage, la persona más importante de la Aldea, Akame no pudo evitar esbozar una sonrisa de satisfacción. Porque, si lo pensaba detenidamente, ¿no era aquello una gran victoria para su carrera? ¿No era para lo que se había preparado tanto tiempo, entrenado tantas horas, devorado tantos libros? ¿Para ser reconocido y poderoso?

«No», se obligó a decir. «Mi propósito es todavía más grande... Mi propósito...»

¿Cuál era, realmente, su propósito? Le había dado la espalda a Tengu durante el Torneo de los Dojos y ya no había vuelto a saber nada más de su maestra, Kunie. ¿Qué le quedaba entonces sino servir como mejor pudiera a Uzushio?

Volvió a la realidad cuando llegaron al final de las escaleras y pasaron al salón. Allí estaba Zoku, que les invitó a sentarse. Akame declinó con una respetuosa negación de cabeza.

Tiene razón, Uzukage-sama. Es pronto todavía para dormir, pero ese no es el motivo que nos trae aquí —empezó el Uchiha—. Verá, estábamos en un restaurante y oímos una conversación entre dos hombres. Hablaban sobre un antiguo grupo seis, y sobre algunos de sus miembros. Al parecer tenían pruebas de haber encontrado el cadáver de Yakisoba, según ellos, en un sitio que no encajaba.

»Pagamos y nos marchamos con intención de venir a informarle lo antes posible... Pero nos interceptaron en la puerta. Uno de ellos, que estaba bastante borracho, un tal Chae, quiso sacarnos qué habíamos oído. Pero entonces su compañero le asesinó allí mismo —el Uchiha hizo una pausa, como si quisiera que sus palabras calasen más hondo—. Nos dijo que se llamaba Yotsuki Raimyogan y que no estaba dispuesto a traicionarle a usted, como sus otros compañeros. Dijo que él mismo se ocuparía de los antiguos miembros del equipo seis si era necesario.
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#64
¿Qué demonios le pasaba a la Villa? Esa era la pregunta que cruzaba la mente de Datsue en aquellos momentos, y aquella misma fue la que le formuló Akame instantes después. El menor de los Uchihas emitió un suspiro prolongado, antes de responder, mientras negaba con la cabeza:

No lo sé.

¿Cómo era posible que un compañero matase a otro a la luz del día, y en vista de todo el mundo? Recordó que Zoku les había dicho que con Gouna había pasado igual. Que ella había ido ejecutando a todos y cada uno de los shinobis que le habían apoyado, pero… ¿realmente había sido igual? El Uchiha no se había enterado ni de una sola de esas muertes, y ese hecho solo podía tener una explicación: que ella, al menos, se había resguardado bajo el cobijo de las sombras y lo había hecho con discreción.

Pero muy mal tenían que estar las cosas, muy crítica tenía que ser la situación, para que un compañero matase a otro sin orden de por medio y en pleno centro de la Aldea. Se miró el antebrazo izquierdo, allí donde las lenguas de sangre le habían atado con una promesa eterna…

… y chasqueó la lengua.

• • •

Cuando entraron en el hogar de Zoku, éste les recibió con sorpresa, aunque Datsue notó en él algo raro… como si realmente ya supiese que se iban a adelantar. «¿Acaso sus pajaritos ya han volado hasta aquí? ¿O es que acaso…?»

Una teoría fugaz cruzó como un rayo su mente. ¿Y si había orquestado todo aquello él mismo? ¿Y si todo había sido un paripé, una prueba para saber si realmente podía confiar en ellos? Viendo cómo había mandado a un hombre que se hiciese pasar por él el día de su asesinato, y cómo había suplantado la identidad de Yakisoba, aquello debía ser coser y cantar para él. Sin embargo, ¿para qué tomarse las molestias, si ya los tenía atados con el Vínculo de Sangre? «Y llegar al punto de matar a un hombre solo para saber si somos de fiar… No, es demasiado hasta para él»

El Uchiha se sorprendió a sí mismo esbozando una sonrisa sardónica. Porque de pronto, comprendió, no importaba que aquello fuese una prueba o no. No importaba que hubiese pasado de verdad o no. Estaban atados por un compromiso mucho mayor al del honor y la lealtad. Un compromiso de muerte.

Akame no pareció siquiera dudarlo. Cuando le ofrecieron sentarse, lo rechazó, como si lo que tuviese que contar fuese demasiado urgente para tales protocolos —y, en parte, lo era—. Datsue escuchó cabizbajo la declaración del Uchiha, sin interrumpirle, hasta que llegó al final. Luego, solo añadió:

Unos documentos, concretamente —señaló, en referencia a las pruebas que había asegurado tener Chae. Era irónico. Las pruebas de Gouna para culpar a Zoku habían sido también unos simples papeles manchados de tinta.
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Un Uchiha no olvida

Objetivos:

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Posibles Aliados:

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#65
Zoku les miró sin pestañear, pero frunciendo el ceño cada vez más, especialmente cuando Akame llegó a esa parte que decía cuerpo de Yakisoba. Sólo cuando los dos muchachos hubieron terminado de relatar la historia, se quedó mirando a Datsue un breve lapso de tiempo. Luego, se llevó las manos a la frente y suspiró, recostándose sobre el sillón.

—La gente me tiene miedo. Es lógico. ¿Pero sabéis qué? Todavía no he mandado ejecutar ni a un sólo hombre. ¿Os lo podéis creer?

Volvió a suspirar.

—Ese puto Raimyogan. Otro más que intenta tomarse la justicia por su mano con tal de que no sospechemos de él. Joder, ¿en serio un hombre tiene que aguantar esta mala fama sólo por defender que deberíamos armarnos y ser fuertes frente a las demás aldeas? ¡Es que no lo comprendo!

Por primera vez los Uchiha vieron al hombre cansado, hastiado del mundo y castigado por la opinión pública que desde un primer momento el propio Zoku había dicho ser; en lugar de a aquél zorro astuto de sonrisa maquiavélica que les había mostrado todos estos días.

Habían visto al fin algo que Zoku no tenía previsto.

—Voy a tener que ponerme serio con toda esta gente. No van a hacer sino que manchar todavía más mi imagen. ¡No se puede ir por ahí apuñalando a la gente y sembrando la sensación de que vivimos en el caos! La gente es idiota.

»Tuvo que venir a decírmelo, diantre.
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#66
Pues no, al menos Akame no era capaz de creerse que aquel siniestro tipo no hubiese mandado matar a nadie. Pero, claro, ¿podía ser porque todavía seguía sugestionado por la imagen que habían dado de él en la Aldea los afines a Gouna y Yakisoba? El Uchiha no pudo evitar preguntarse, con gran molestia, si no había sido un manipulado más. Un mero peón en el tablero de quienes movían Los hilos del mundo.

«No, ya no. Nunca más. Nunca más...»

Claro, el bijuu lo cambiaba todo. O el medio bijuu, en su caso. Pero ascender de peón a alfil todavía le dejaba como una herramienta más.

Apartó aquellos pensamientos de su cabeza y se centró en lo que decía Zoku. O, más bien, en lo que parecía Zoku; cansado, abatido, casi derrotado. Una cosa le quedó clara al Uchiha al ver a aquel hombre exhausto; ser Uzukage no era fácil, y mucho menos en aquellos tiempos.

Creo que tiene toda la razón, Uzukage-sama —dijo, y por una vez se sintió insuficiente. No quería que Zoku lo interpretase como simple peloteo, así que añadió—. La gente de esta Aldea ha pasado por mucho en las últimas estaciones. La tierra todavía no se ha asentado, la sangre está fresca...

«Demonios, ¿alguien puede culpar a los pobres diablos? Hemos pasado por tres Kages en medio año... Esto es un mal presagio».

Si necesita algo más, Uzukage-sama...
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#67
—La gente me tiene miedo. Es lógico. ¿Pero sabéis qué? Todavía no he mandado ejecutar ni a un sólo hombre. ¿Os lo podéis creer?

«Pues…» Miró hacia el suelo, evitando responder a la pregunta. Datsue hacía mucho tiempo que no sabía en qué creer. Sin embargo, a continuación pasó algo inaudito, algo que hubiese jurado imposible: la coraza de piedra que envolvía a Zoku constantemente pareció resquebrajarse por un momento, dejando entrever el cansancio y el hastío que sufría por esa mala fama que cargaba sobre sus hombros. Y el Uchiha…

… El Uchiha se lo creyó. No supo por qué, pero en aquel momento, se lo creyó. Akame intervino, dándole la razón al Uzukage, y asegurando que la sangre todavía estaba demasiado fresca. Fue entonces cuando Datsue le interrumpió.

Yo podría ayudar en eso —aseguró, en voz baja, como si tuviese miedo de que le oyesen. Entonces alzó la mirada—. Yo… ¡Yo soy el hombre adecuado para resolver su problema, Zoku-sama! —exclamó de pronto, convencidísimo en lo que decía—. No sé si ha oído hablar de… —carraspeó, y de pronto se sintió tremendamente atraído por algo que había en una esquina del techo, casualmente en dirección contraria a Akame—, bueno… del Corazón Uzureño —sintió el latido del corazón en su sien—. No me siento especialmente orgulloso del primer número de la revista —añadió rápidamente, mientras se le erizaban los vellos de la mitad de su torso. Justo la mitad que daban a Akame—, pero sin duda avalan lo que digo. En ella manché la imagen de dos personas que hasta el momento tenían una reputación intachable, y limpié la de otra al que toda una generación le tenía por traidor… Un traidor a la amistad, me refiero —especificó, no fuese a ser el demonio y que Riko se ganase un problema por decir las palabras erróneas.

»Le confesaré mi secreto: para limpiar cualquier cosa, se necesita manchar otra a cambio. —Pura lógica—. En su caso, para limpiar su imagen antes se ha de manchar la de Gouna. Todavía no me he puesto al día, pero, y corríjame si me equivoco, imagino que usted se limitó a decir la verdad: que Gouna había sido la primera en traicionarle, atentando contra su vida; y que ella se había inventado esos rumores de que usted quería usar a los bijuu —suspiró, para luego negar con la cabeza lentamente—. Permítame decirle, señor Zoku-sama, que eso no es suficiente. Verá, el secreto de que la gente se creyese tan rápido que usted era un traidor cuando Gouna entró en escena, fue porque su imagen ya estaba manchada previamente. Era fácil de creer. Daba el pego. Ahora… imaginarse que una chica querida por el pueblo, hija de Shiona, para más inri, era en realidad una traidora… —resopló por la boca, provocando que los labios se le moviesen de arriba abajo—, cuesta. Cuesta mucho más. No, lo que debemos hacer es manchar también su imagen. No con lo obvio, no con la traición, sino con sus trapos sucios. Revolver entre los cajones de su vida y sacar toda la mierda fuera. ¿Qué estuvo haciendo Gouna todos esos años fuera? ¿Estaba realmente de misión, o había algo más que la entretenía? ¿Llevaba una vida doble? —preguntaba Datsue, con voz de reportero de la prensa rosa—. ¡Ahí es donde tenemos que atacar!

A medida que hablaba, Datsue se iba emocionando más y más. Aquellos eran los típicos problemas que a él le gustaban resolver. Allí se encontraba en su salsa.

Después, por supuesto, nos queda limpiar su imagen. Le diré mi truco: necesita que empaticen con usted. Y para eso no basta con que le diga a sus jounnins que dejen de matar a posibles traidores sin orden previa. Es necesario, sí, pero no suficiente. Lo que necesita de verdad es… ganarse al pueblo —un brillo de entusiasmo iluminó su mirada, mientras cerraba la diestra en un puño y la alzaba frente a sí, imitando un corazón—. Desde el jounnin reputado hasta el ciudadano de a pie. Pero le diré algo, y quizá me esté extralimitando, pero quiero lo mejor para esta Aldea, así que se lo diré: el Zoku militar no se puede ganar al ciudadano de a pie. El Zoku frío y calculador no se los puede ganar. El Zoku inteligente y estratega tampoco —Datsue se tomó un segundo para que sus palabras calasen bien hondo, antes de darle la vuelta a la tortilla—. Ahora… ¿Y el Zoku niño? ¿Y el Zoku vulnerable? ¿Con temores? ¿Con sueños? Ah —le señaló con el dedo y asintió con ahínco, como si de pronto hubiese encontrado la clave—, ese quizá sí. Necesitan conocer su historia, señor. Su infancia. Sus éxitos, pero aún más importante: sus fracasos. Solo así logrará que empaticen con usted. No ya que le respeten, que eso ya lo tiene, sino que le quieran. Y así conquistará… —se llevó el puño al pecho—, el corazón de Uzu.

»Y nada mejor que una entrevista —hinchó el pecho y levantó la barbilla, como un pavo real pavoneándose—, con la persona adecuada para hacerle las preguntas correctas, para tal menester.

Sonrió, satisfecho. Luego pensó en todo lo que había dicho, y la sonrisa se le transformó en un tic tembloroso que no fue capaz de controlar.
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Un Uchiha no olvida

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#68
Zoku observó a Akame con suspicacia mientras le observaba, casi como si fuera capaz de leer a través de él. Pero finalmente, asintió.

—Supongo que las cosas se calmarán cuando lleve un tiempo en la aldea. O eso espero.

Entonces intervino Datsue.

Uzumaki Zoku no era una persona que soliese dejarse sorprender por las cosas, pero aquella intervención lo impresionó. Lo impresionó en muchísimos niveles, no necesariamente a bien. A medida que Datsue iba hablando, se iba emocionando más y más. Y los ojos de Zoku también se abrían más y más. También llegó a reír por lo bajo, sinceramente, en algún que otro punto.

Por eso Datsue se sorprendería más cuando el jounin le contestase, con un tono más que cortante:

—Basta, Datsue. Las relaciones políticas son mucho más que un juego de niños. —Se levantó y se cruzó de brazos—. A lo mejor desprestigiar a la gente en un panfleto del corazón te podrá servir con otras personas, pero dudo que hicieras algo que pudiera amargar el sabor de boca que Daigo, Shiona y en parte Gouna intentaron dejar en esta villa.

»Está claro que tengo detractores. Lo que tengo que hacer es ganarme a la gente hablando con ellos, en calma. Como hice con vosotros. Mi actitud puede que sonara beligerante en un discurso en tiempos de paz, pero ahora que los ciudadanos temen ser los débiles en un juego de tres, puede que no sea muy difícil que acaben haciendo una piña e incluso aquellos que están en mi contra se vuelvan a mi favor.

»Evidentemente, me tengo que cubrir las espaldas. Si alguien descubre nuestro secreto, tendré que silenciarlos. Pero ese es el trabajo de un ninja.

Zoku se dirigió a las cristaleras, contempló la villa un instante y dejó escapar un corto suspiro.

—Todavía queda un poco para la noche —insistió—. Salid por ahí, visitad a vuestros seres queridos, haced lo que queráis. Ya sabéis cuáles son vuestras órdenes, soldados.

Si queréis, podéis rolear cualquier cosa y terminar poniendo que venís por la noche a dormir.
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#69
Oh, por el amor de Susano'o... —masculló Akame, tapándose media cara con la mano diestra en gesto de resignación, cuando su compañero empezó a hacer propaganda de aquella infame revista suya sin ningún tipo de tapujo.

La expresión molesta de Akame no mudó a otra más alegre y divertida hasta que Zoku cortó por lo sano el monólogo de su compañero Uchiha, e incluso calificó sus ideas de "niñerías". El mayor de los dos gennin tuvo que hacer acopio de toda su fuerza de voluntad para no romperse a carcajadas en ese mismo momento; al fin y al cabo, estaba delante de su Kage.

Tras una muestra te templanza y buen juicio por parte del Uzumaki, éste los mandó a darse otra vuelta. «Parece casi incómodo con nuestra presencia...»

Apenas después de salir de la habitación el Uchiha cayó en la cuenta de que todavía no tenía sus pertenencias. Su siguiente objetivo aquel día sería, por consiguiente, recuperarlas. Y así lo hizo. Un rato después saldría de la residencia de Zoku, saludando cortesmente a los chuunin de la puerta, camino a su propia casa. Llevaba varios días con la misma ropa y estaba deseando darse una buena ducha, tumbarse en la cama y pensar en lo sucedido... En que ahora era un medio jinchuuriki.




Al caer la noche, la figura delgaducha pero curtida de Uchiha Akame se dibujaría en el contorno de las farolas de la residencia. Vestía con una camisa de mangas largas y cuello alto de color azul claro, pantalones largos de tono blanco y ajustados en los tobillos a sus ceñidas botas ninja —negras, claro—. Llevaba en su cinturón de cuero negro el portaobjetos, la bandana en la frente y su fiel ninjato a la espalda.

Parecía que fuese allí a cumplir algún tipo de peligrosa misión en vez de a dormir. Y es que, según lo que sabía, a partir de ese momento conciliar el sueño podía bien parecerse más a lo primero que a lo segundo.

Buenas noches... Eh... —saludó a los chuunin de la entrada, pero entonces se dio cuenta de que no sabía sus nombres.
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#70
Cuando Uchiha Datsue se dio cuenta de lo que había soltado por la boca, y en la manera en que lo había soltado, creyó que el chaparrón que le caería iba a ser mucho peor. Un aguacero de tal calibre que hasta en Amegakure hubiese sido inaudito. En su lugar, sin embargo, un simple orvallo. Un simple “basta”, que le hizo cuadrarse y agachar la cabeza, pero que no inundó su corazón de puro terror.

Por tanto, además del respeto y el miedo, quedó en él hueco para otras emociones. Emociones como la decepción. Se sentía decepcionado, y en parte frustrado, por no haber podido convencer al Uzukage. Porque sabía que, sin lugar a dudas, aquella hubiese sido la mayor exclusiva de todos los tiempos.

A cualquier otra persona le hubiese insistido. Le hubiese dado la vuelta a sus palabras. Le hubiese rebatido. A Zoku, sin embargo…

Sí, señor —realizó una reverencia, y siguió a Akame hasta la salida.

Allí se separaron. Zoku había ordenado ir a visitar a los seres queridos, y como Akame era un profesional que seguía las órdenes a rajatabla, cumplió con su deber… yendo a por sus armas. Los Dioses sabían muy bien que no había cosa que el Uchiha amase más que sus katanas, kunais, y demás objetos armamentísticos. Datsue daba fe de ello, pues había comprobado de primera mano como el Uchiha las cuidaba mejor que una madre a su hijo recién nacido. Cada noche, antes de acostarse, afilaba cada filo con esmero. Pulía el acero; lo impregnaba de un aceite antioxidante; quitaba el escaso polvo que se acumulaba durante el día en las bombas… ¡hasta juraría que susurraba a su katana por la noche, cuando creía que nadie le oía!

Resopló, y sacudió la cabeza, mientras ponía rumbo al Jardín de los Cerezos. Él no tenía ningún ser querido al que visitar, ni nada tenía en casa que mereciese la pena recoger. Solo sabía que aquel podría ser su último día en el país de los vivos —por mucho que Zoku hubiese querido quitarle hierro al asunto asegurando que lo peor ya había pasado—, ¿y qué hacía un shinobi de bien en su último día?

Perdonad, chicas. ¿Puedo interrumpiros un segundo? —El Uchiha se aproximó a dos chicas sentadas sobre una manta bajo la sombra de un cerezo—. Es cuestión de estado. Una misión, vaya. He de hacer una encuesta a varias chicas. Será rapidito, os lo juro —Cuando la intriga se reflejó en la mirada de ambas muchachas, transformándose luego en preguntas, el Uchiha se limitó a sonreír. Había dado un paso en la dirección correcta, y la primera impresión era fundamental—. Oh, pues… Es sobre gustos. Sobre amor, concretamente.

»Bien, empecemos. Decidme, ¿qué es lo primero en lo que…?


• • •


Ey —Aquel simple monosílabo que Akame oyó a sus espaldas le evidenciaron que Datsue no se encontraba de buen humor. Cuando se dio la vuelta para mirarlo, pudo comprobarlo también con la vista.

Estaba con cara triste, como deprimido, y se rascaba la nuca con nerviosismo, cambiando el peso del cuerpo de una pierna a otra. No era difícil imaginarse lo que estaba rondándole por la cabeza: el Shukkaku, y su poder para apoderarse de los sueños de sus carceleros. De vestimenta, por otra parte, seguía igual: una camiseta blanca de mangas enrolladas, y un pantalón corto y holgado. Eso sí, sobre uno de sus antebrazos tenía algo nuevo. Algo escrito a tinta. Parecía… una dirección.

Ha llegado la hora de dormir, ¿eh?«Quizá para toda la eternidad…»
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Un Uchiha no olvida

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