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Versión completa: Los que van y vuelven
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La temperatura era demasiado cálida, a pesar de estar a punto de anochecer el sol golpeaba en la cara de todos los transeúntes de aquella calle y probablemente de aquella gran ciudad, a no ser que fueras algo cauto y fueras buscando los pequeños recovecos en los que daba una sombra que, a pesar de no aliviar el calor, ayudaba a aguantar en la calle un rato más, y Riko era una de estas personas, que prefería esperar unos minutos alejado del poder del astro rey antes de continuar su camino.

Había llegado a Inaka esa misma mañana, a los primeros rayos del sol. Su tía Akiko le había pedido compañía para hacer el viaje, aunque sospechaba que solo le quería para el viaje de ida y vuelta, pues en cuanto hubieron reservado la habitación de uno de los hoteles de la ciudad, la mujer le dio algo de dinero y le dio total libertad para dar una vuelta por la urbe, aunque le había puesto una hora de llegada, al menos, para aparentar tener un poco de control.

Joder, qué calor, debería buscar un lugar para pasar el tiempo.

El turismo no era la actividad preferida del peliblanco, al menos no el turismo convencional, lo suyo era más el turismo gastronómico, en el que se dedicaba a probar un par de platos de cada ciudad que visitaba, que, hasta el momento, eran más bien pocas, así que tenía que ponerse las pilas.

El muchacho rápidamente buscó un lugar en el que poder tomar algo, aunque fuera un vaso de agua con el que apaciguar la sed que tenía, y, en cuanto tuvo un bar localizado se dirigió hacia él. Un pequeño bar con la fachada de color blanco, como el resto de los edificios de la ciudad, para proteger el interior del calor, y una puerta de madera clara, que parecía estar algo gastada. Sin pensárselo dos veces, el joven echó mano al pomo de la puerta y la abrió, dejando el interior a la vista: unas cuantas de mesas de madera con sus correspondientes sillas, una diana en la que probar puntería, una mesa de billar en el centro de local y, en el lado derecho del establecimiento, una barra tras la cual se encontraba una joven camarera, de pelos rubios, y hacia allí es a donde se dirigió el joven de Uzu, sentándose en una de las sillas esperando que la chica le atendiera.
Kaido no tenía ni la más mínima idea de por qué se encontraba en Inaka. Quizás, antes de partir; tenía la intención de tratar algún asunto por sus áridas calles, pero lo cierto es que en ese mismo instante no lo podía recordar. Había que echarle la culpa al imperioso calor que, sin duda alguna, le había estado martillando la cabeza al pobre escualo desde la mañana.

Y, teniendo en cuenta su condición; aquello era muy peligroso para él.

Su termo estaba más que vacío, y al parecer sus reservas corporales de agua también. Estaba tan mareado y perdido por las calles de Inaka, que muchos de los transeúntes le observaban como quien contempla las acciones de un sucio vagabundo. Kaido, sin embargo, llevaba consido su bandana en la frente. El cabello recogido en una coleta, y con la franela menos calurosa posible.

« Agua... ¿En dónde estoy?... Yarou-dono...»

Pronto una mano amiga le ayudaría a no desplomarse sobre la arena. Le alzó con ambos brazos, le metió un par de bofetadas y le instó a recuperar la cordura.

El viejo que le había ayudado comprendió que el muchacho azulado estaba deshidratado. Necesitaba agua, y urgente. Así que le llevó hasta la taberna más cercana, en la que entró lo menos llamativo posible para no despertar la curiosidad de los visitantes. Pero no sería fácil, tener que dejar en su interior a un hombre con la piel de ese color. Y menos, si se trataba de un shinobi.

—Denle agua a éste pobre escualo. No sé de qué tanque ha salido, pero vista su bandana; parece estar muy lejos de su hogar —espetó, sentándolo en una de las sillas de la barra. La cara del gyojin cayó inerte sobre la misma y siguió balbuceando. "Agua"... "Hozuki"... —. ¿podría alguien encargarse de él?
La camarera no tardó demasiado en atenderle, sirviéndole un gran vaso de agua bien fría, tal y como el joven la había pedido, y un plato de dudoso contenido, que, al parecer era el plato estrella de la casa, una especie de potingue con cosas verdes.

''Menuda pinta más mala...''

Riko se encontraba absorto mirando aquel plato, dudando de cómo actuar, pero, a fin de cuentas, era él el que lo había pedido y pagado, así que, tampoco pasaba nada por probarlo, por lo que agarró una cuchara y tomó un poco de aquella comida, llevándose la grata sorpresa de que aquello tenía un muy buen sabor, a pesar de la horrible pinta.

¡Mmmm! ¡Esto está buenís...!

El peliblanco se vio interrumpido por la aparición de dos extraños personajes, uno viejo, y el otro, bastante extraño, un color de piel azulado, al igual que el pelo, azul, aunque este segundo no tenía pinta de estar del todo en forma.

—Denle agua a éste pobre escualo. No sé de qué tanque ha salido, pero vista su bandana; parece estar muy lejos de su hogar. ¿podría alguien encargarse de él?

La palabra bandana le llegó a Riko con mayor prioridad que el resto de la frase, se trataba de un shinobi, igual que él, aunque no sabía de dónde. Miró a su alrededor, y nadie parecía estar dispuesto a ayudar a aquel joven, de hecho, casi nadie había, si quiera, levantado la mirada.

Yo... Yo me encargo, déjalo aquí a mi lado... — Saltó, casi inconscientemente el genin de Uzu, a la par que señalaba la silla que se encontraba a su derecha, tendiendo su vaso de agua, intacto, al joven en cuanto éste se sentara, y pidiendo rápidamente otros dos más.
Riko pudo ver en primera fila, como el hombre le dejaba paso a las cercanías del escualo, que aún se encontraba ceñido a su asiento sin reaccionar muy bien a su entorno. En cuanto éste cedió su vaso de agua, casi instintivamente; Kaido alzó su mano con la debilidad de su condición y comenzó a beber, lento. El vaso, no obstante, pareció no saciar la inmensa sed que le ataviaba, aunque de pronto el tiburón comenzó a recobrar un poco la cordura.

La vista le volvió, y pasó de ver borroso a tener más claridad, aunque no sabía realmente en dónde se encontraba en ese momento. Lo primero que pudo ver, a su costado izquierdo; era a un par de ojos violeta que le miraba con preocupación. Y luego, a un camarero, calvo y con un diente de oro; trayéndole dos vasos de agua.

Kaido los tomó los dos, y los metió practicamente en su boca. Los dientes filosos rayaron los cristales y generó un chirrido agudo que pegaba en el oido, a tal punto de que una vez tragase toda el agua; los vasos se quebrarían en el acto.

El pez escupió los pedazos de vidrio, y suspiró, aliviado. Había recuperado el color, y también la compostura.

—Mierda, pero qué agua tan buena hacéis aquí —dijo, mirando a todos lados—. y hablando de eso: ¿seréis tan amable de decirme donde cojones estoy metido?

Miró a Riko, luego al camarero; quien parecía más preocupado por tener que limpiar el desastre que por otra cosa.

Alrededor, los lugareños contemplaban la extraña escena algo consternados. Otros, muy interesados, al parecer. Aunque nadie había movido un dedo, por ahora.
El joven Senju se limitó a observar a su inesperado acompañante, viendo como, con las pocas fuerzas que le quedaban, agarraba el vaso de agua que le había tendido y comenzaba a beber, dejando el vaso sin una sola gota de agua, tras lo cual, comenzó a mirar a su alrededor, fijando su mirada en Riko y pasando luego por el camarero que llegaba con un par de vasos más, rebosantes de agua.

La reacción del peliblanco ante el gesto del ''chico'' fue fruncir el ceño, fijando su mirada en los dientes que se clavaban en el cristal de los vasos, completamente puntiagudos, como los de un tiburón, y, un pequeño bote involuntario casi le tira de la silla cuando su acompañante rompió los dos vasos, usando solamente los dientes, tras lo cual escupió los cristales que le habían quedado en la boca, como si nada.

—Mierda, pero qué agua tan buena hacéis aquí y hablando de eso: ¿seréis tan amable de decirme donde cojones estoy metido?

El muchacho, rápidamente recuperado dirigió unas palabras a todos los del local, pero fue Riko el que resondería, no sin antes mirar a su alrededor, viendo si alguien se animaba a ser él quien lo explicara.

Pues estamos en Inaka, en un bar bastante cerca del centro de la ciudad. — Explicó Riko, con voz tranquila. — ¿Cómo has llegado a acabar en esta situación? — El bar volvía poco a poco a su actividad normal, por lo que ya no les prestaban demasiada atención, excepto alguna que otra mirada escéptica que no le quitaba ojo al hombre-escualo.
¿Inaka?

¡¿Inaka?!

—¡Inaka, sí! —espetó, ruidoso—. hostia, puta. ¡hostia puta!

Kaido se puso eufórico. Comenzó a mirar a todos lados como si estuviese buscando a alguien, o a algo. Pero luego, en vista de que el muchacho que tenía en frente era quizás el único en el que podría confiar de buenas a primeras —aunado al hecho de que era un shinobi, aunque extranjero; pero shinobi al fin—, decidió acercarse a él y susurrarle sus preocupaciones. Aquellas que había recordado fugazmente, como cuando un sueño regresa en fragmentado en forma de pequeños destellos de recuerdos. Hasta que la historia, y su situación cobrara sentido.

—Alguien me está siguiendo, a mí y a mi gente. No sé dónde están ellos ahorita; maldición, si ni sé en dónde tengo el culo sentado ahora mismo... pero estamos en peligro. No sé quién coño eres, tío, pero invoco el pacto que mantiene a nuestras aldeas en paz y te encomiendo a ayudarme con éste embrollo, o de lo contrario tendré que rajarte la garganta, ya sabes, por lo que la gente califica como "falta de honor, y cojones".

El hozuki se levantó del asiento, menos ruidoso que antes. Ya no quería llamar más la atención, no era viable si quería dejar las sospechas lejos de él. Y en cuanto sintió que no todo el bar le estaba viendo, tomó rumbo hacia el exterior del local, esperando que el shinobi de uzu le siguiera.

Se le veía apurado. Tanto que probablemente al peliblanco le costase alcanzarle. Pero si tenía buenas intenciones, y apuraba su perezoso trasero uzureño; podría percatarse de que el tiburón había tomado dos derechas, metiéndose en un pequeño edificio raído y aparentemente abandonado.
—¡Inaka, sí! hostia, puta. ¡hostia puta!

La repentina reacción del amenio le pilló completamente por sorpresa, tanto fue así que dio un respingo en el asiento, de nuevo, sí, acababa de conocerle y casi le tira dos veces del asiento del susto, pero esta vez, el muchacho azulado parecía algo preocupado, mirando hacia todos lados como si estuviera buscando a a alguien, ante lo que se acercó al peliblanco, como para tratar de susurrarle algo, a lo que Riko arqueó una ceja, y se inclinó hacia delante, dispuesto a escuchar.

—Alguien me está siguiendo, a mí y a mi gente. No sé dónde están ellos ahorita; maldición, si ni sé en dónde tengo el culo sentado ahora mismo... pero estamos en peligro. No sé quién coño eres, tío, pero invoco el pacto que mantiene a nuestras aldeas en paz y te encomiendo a ayudarme con éste embrollo, o de lo contrario tendré que rajarte la garganta, ya sabes, por lo que la gente califica como "falta de honor, y cojones".

Y sin mediar ninguna palabra más, se levantó y se encaminó hacia la salida. Riko, algo más amable, sacó unas monedas de su monedero y se las dejó al camarero en la barra.

¡Muchas gracias!

Rápidamente siguió el camino que había tomado el hombre-escualo, que llevaba un buen ritmo por lo que se lanzó a la carrera hasta alcanzarlo cuando se disponía a meterse en un edificio que no tenía muy buena pinta.

¡Eh! ¡Eh! ¡Espera! — El joven shinobi recuperó un poco el aliento antes de hablar. — ¡¿Qué cojones pasa?! ¿Quién te está siguiendo, por qué? ¿Quienes son tu gente? Si te voy a ayudar, quiero saber por qué, y además, creo que amenazar no es una buena manera de pedir ayuda, ¿no crees? — Se le notaba algo irritado, no le importaba ayudar a un camarada, a pesar de que éste fuera un shinobi de Amegakure y todas las cosas que había oído de ellos, no le gustaba juzgar a la gente, pero le gustaba menos aún que un desconocido le amenazara con rajarle el cuello si no le ayudaba.
¡Espera! —espetó el peliblanco, ligeramente angustiado. Se le vio algo cansado y necesitó de un par de segundos para recuperar el aliento, y hablar—. ¡¿Qué cojones pasa?! ... ¿Quién te está siguiendo, por qué? ¿Quienes son tu gente? Si te voy a ayudar, quiero saber por qué, y además, creo que amenazar no es una buena manera de pedir ayuda, ¿no crees?

Kaido se volteó y le observó con mirada severa, se puso el dedo en la boca y le mandó a callar con su evidente gesto.

—No importa cómo lo haya hecho, lo importante es que has venido. Con o sin amenazas, igual estás dispuesto a ayudarme. Así que cállate, y escucha —el tiburón comenzó a caminar alrededor del pasillo del tétrico edificio abandonado. Atravesó el umbral de oscuridad que había entre la entrada y la calle, y sumergió su azulado cuerpo en una habitación aledaña, sin puerta; llena de escombros y con basura por doquier —. mira, vengo del país de la Tormenta. Mi mentor y yo queríamos venir a Inaka, por lo que le pidió a un buen amigo de él que nos trajera hasta aquí. La cosa está en que ese amigo era un jodido mercader del desierto, y parece que es objetivo de una banda de carroñeros muy infame y conocida por estos lares. Los Kabutomushi.

El escualo sudaba como puerco. Y de a poco, a pesar de no haber pasado más de diez minutos entre su despertar en el bar y la entrada al edificio abandonado, Riko podría observar que de a poco el gyojin se iba descompensando. Con cada palabra, con cada gesto. Con cada bocanada de aire que tomaba para poder explicar lo sucedido.

Finalmente, se vio obligado a sentarse en el suelo. Tragó saliva, seca, y continuó:

—A mitad de camino, nos atacaron. Fue una jodida locura, pero todos logramos escapar. Luego recuerdo que estábamos cerca de llegar a Inaka, pero de nuevo, algo impactó nuestro transporte y nos separamos. De ahí no recuerdo más, hasta que recuperé el conocimiento, allí, en el bar.

Kaido se sobó la sien, y miró de nuevo hacia la salida.

—Tenemos que encontrarlos, y salir de aquí. Porque no parecen dispuestos a parar hasta conseguir lo que quieren, y no tengo ni puta idea de qué es lo que buscan. Sólo Mirogu-san lo sabe, y puede estar en cualquier parte de la ciudad.
Riko simplemente observó como el muchacho se volteó, para mirarlo, y, sin más palabra, se llevó el dedo a la boca, en señal de que se callara.

—No importa cómo lo haya hecho, lo importante es que has venido. Con o sin amenazas, igual estás dispuesto a ayudarme. Así que cállate, y escucha

El hombre-escualo parecía bastante intranquilo, y, mientras caminaba por aquel lugar, comenzó a explicar todo lo que había pasado hasta el momento, demostrando una confianza en Riko que lo abrumaba, cuanto más hablaba, más intranquilo se le veía, sudaba copiosamente y, llegó a tal punto en que se vio forzado a sentarse, tras lo cual continuó su historia.

...y puede estar en cualquier parte de la ciudad.

Riko analizó todo lo que le acababan de contar, sin duda alguna, ese joven estaba en problemas y, como buen shinobi que era, se sentía obligado a ayudarlo, aunque no le gustaba para nada la idea de meterse en líos con una banda peligrosa.

Está bien, te voy a ayudar, pero quiero cero problemas, no quiero enfrentamientos ni nada, vamos, encontramos a quienes tengamos que encontrar y nos separamos, ¿vale? — Concluyó el peliblanco. — Me llamo Riko, por cierto.
El uzureño se presentó, y Kaido se acercó a estrecharle la mano. Pero mientras lo hacía, le miró con cara acomplejada y frunció los labios, con un gesto de evidente disconformidad con lo dicho anteriormente. Y es que en semejante situación, creía poco probable que...

—Yo me llamo Kaido. Umikiba Kaido, de Amegakure —el escualo le soltó la mano, y miró la bandana de su interlocutor—. y, no prometo nada. En estas condiciones, es probable que tengamos que pelear. Aunque no sé yo si con éste calor pueda defenderme, ¡coño!

Sacudió la cabeza, y continuó:

—No sé para que tuve que venir a este maldito desierto de los cojones.

En medio de sus perjuras, un intenso sonido de golpe metálico inundó el cuarto, y e resto de pasillo. El eco continuó a lo largo y ancho de las paredes, y le obligó al escualo a callar. Miró a su compañero, y le pidió silencio.

—¡¿Hay alguien ahí?!
El amenio se presentó después de que el peliblanco lo hiciera, aunque, para ser sinceros, juzgando la cara que puso cuando lo hizo, dejaba adivinar que aquello no era algo que hiciese de buen gusto, aunque quizás empujados por unos modales inculcados, lo hizo de todas formas.

—Yo me llamo Kaido. Umikiba Kaido, de Amegakure y, no prometo nada. En estas condiciones, es probable que tengamos que pelear. Aunque no sé yo si con éste calor pueda defenderme, ¡coño!

El joven escualo se quejó, se le veía afectado por la temperatura del lugar pero... era lo que había que esperar de la ciudad, a fin de cuentas, no dejaba de ser un desierto.

—¡¿Hay alguien ahí?!

Aquella ''entrañable'' reunión se vio interrumpida por una voz, una voz que acalló a los jóvenes, a la parque los músculos de Riko se preparaban para cualquier cosa, no sabía con qué tipo de gente tenía problemas Kaido y no sabía que tenía que esperar, por lo que miró a su compañero, asintiendo cuando éste le pidió silencio, esperando a que él fuera el que decidiera qué hacer.
En complicidad con su interlocutor, el tiburón se dejó llevar por la insaciable amenaza de lo desconocido, viéndose particularmente obligado a idear de buenas a primera; un plan que le permitiesen a ellos dos salir sanos y salvos del inminente encuentro con la persona que bramó en voz alta, preguntando si allí había alguien más que el.

Entonces miró fijamente al uzureño de cabello blanquecino y le empezó a mostrar un buen número de señas y muecas que serían perfectamente entendidas por quien las observase, siendo que la ilustración era tan especifica que Riko iba a imaginar sin problema alguno lo que quería hacer el tiburón.

Kaido se movió hacia el costado derecho de la puerta, y señaló a riko. Luego, señaló sus piernas. Quería decir que el atacaría a la parte baja del infractor. El, por su parte, se señaló a si mismo y se apuntó a la parte alta del cuerpo.

Su intención: derribar y silenciar a quien le estuviese buscando.

Tras el abrazo del silencio fortuito, ambos podrían escuchar como los pasos arrastrados del tercero se hacían cada vez más cercano. El chirrido generado por las pisadas en el cemento cubierto de arenilla les advertía que, cada vez, el tipo estaba más cerca.

Kaido contó con los dedos: 3...2....1...

Y cuando el hombre asomó el rostro, el gyojin arremetió.

— !Toma ya, hijo de puta!
La reacción del amenio no se hizo esperar, se movió, seguido de cerca por Riko que, en aquella situación, no pretendía quedarse solo, al menos, no sin saber a que se estaban enfrentando. Seguidamente el hombre escualo le dio unas instrucciones al Senju, por señas para que el inesperado visitante no se enterara, señas que Riko entendió perfectamente, por lo que solo faltaba esperar, esperar que el hombre estuviera a tiro para poner en marcha su plan.

Esto no se hizo esperar, el silencio que los dos jóvenes mantenían y la concentración que atesoraban les ayudó a calcular aproximadamente la distancia que separaba al hombre de donde ellos se encontraban según el ruido de sus pisadas, por lo que, cuando ambos vieron que el hombre se asomaba ligeramente, se lanzaron hacia él, Riko hacia sus piernas, más concretamente a la altura de las rodillas, y rodeó ambas con sus brazos, evitando que moviera sus piernas mientras Kaido lo tiraba.

— !Toma ya, hijo de puta!

Aquel muchacho era quizás demasiado efusivo, pero era normal teniendo en cuenta que podría ser una persona que fuera a por él. Riko, por su parte, sacó un kunai y lo agarró apuntándolo hacia el hombre que yacía tirado en el suelo.

¿Quién eres? ¿Qué haces aquí? — Quizás fuera algo tonto preguntar eso, pero, en ese momento, la mente del Senju no era lo suficientemente clara como para pensar demasiado
La maniobra funcionó a la perfección, o así habría querido creerlo él.

No obstante, los esfuerzos de los dos genin habrían valido para que el desconocido se viera reducido hasta el suelo, víctima del desconocimiento acerca de la presencia de terceros. Además, ahora que los jóvenes shinobi tenían campo visual sobre quien hasta entonces se antojaba una clara amenaza, podrían observar que la hazaña reciente no era realmente una hazaña, ni mucho menos.

Pues quien yacía en el suelo no era más que un jovenzuelo, flacuchento y visiblemente escuálido. Luchando con su alma por salir del agarre de aquellos insensatos. Mas no lo logró.

—¿Quién eres? —expresó el peliblanco, adelantándose a la lengua del escualo. El tiburón, no obstante permaneció con ceño fruncido y con puño en ristre, listo para noquear a quien tuviera que noquear—. ¿Qué haces aquí?

Y sin embargo...

—¿Kaido?

—Mierda, Hashu; nos has pegado un buen susto.

Toda la furia contenida del gyojin se apagó cuando comprobó de quién se trataba. Sí, era evidente que le conocía; o de lo contrario no hubiese hecho lo propio para soltar su fuerte agarre y dejar caer su trasero en el concreto. Suspiró un par de veces, y movió las manos ya despreocupado para que Riko bajase su guardia e hiciera lo propio también.

—Perdón, perdón... creí verte entrar aquí, pero no estaba del todo seguro. Tenía que comprobar primero antes de decir nada. ¿Y éste quién es?

Kaido miró a Riko. Él tenía lengua, ¿no?

Que se presentase por su cuenta, entonces.
La situación que siguió fue bastante extraña, cuando Riko se dio cuenta de quién era el hombre del que estaban teniendo miedo, se relajó un poco, pues no dejaba de ser un muchacho delgaducho y de apariencia débil, aunque ésto no frenó al Senju, que, por si acaso, prefería asegurarse.

—¿Kaido?

Se conocían, todo aquel momento de tensión y resultaba que eran amigos, Riko guardó el arma a la par que Kaido hacía movimientos con la mano, dando a entender que se podía relajar, por lo que el peliblanco se dejó caer el suelo, quedando sentado al lado de joven.

—Perdón, perdón... creí verte entrar aquí, pero no estaba del todo seguro. Tenía que comprobar primero antes de decir nada. ¿Y éste quién es?

Riko miró al escualo, y éste le devolvió la mirada.

Me llamo Riko, un placer. — No creyó necesario dar más explicaciones, si se fijaba un poco sabría su lugar de procedencia, gracias a su bandana. — Venga, dejémonos de cháchara, tenemos que encontrar a alguien, ¿no? Cuánto antes lo hagamos, mejor.
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