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Versión completa: Regreso a casa
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Las primeras gotas de lluvia que empaparon su piel fueron como una auténtica bocanada de oxígeno después de tanto tiempo de asfixia. Amenokami volvía a acoger a su hija perdida en su regazo, y ella agradecía su bendición con una imperecedera sonrisa de oreja a oreja.

Shanise y Ayame habían llegado a Amegakure después de un largo trayecto desde el Valle de los Dojos. Después de cruzar la puerta de entrada y que los guardias la recibieran con una alegría que llegó incluso a abrumarla, las dos mujeres se adentraron en las calles de la aldea. Aunque no tardarían en separarse, la Jōnin debía notificar su regreso, sana y salva, y Ayame sólo deseaba regresar a su hogar. Por eso, tras un renovado agradecimiento y una sentida despedida, las dos kunoichi partieron en direcciones opuestas.

Con el corazón palpitándole con fuerza en el pecho y las piernas temblorosas, la muchacha echó a andar. No tenía miedo, por supuesto que no lo tenía. Aquel sentimiento era muy diferente al temor. Era pura emoción. Una emoción que cosquilleaba en su piel como electricidad estática. Una emoción que podría hacerle despegar los pies del suelo en cualquier momento. Por supuesto, era muy consciente de las miradas asombradas que despertaba entre los viandantes y los shinobi con los que se cruzaba, pero ella fingía no darse cuenta y seguía adelante. No podía culparlos, para ellos, la Jinchūriki que tanto tiempo llevaba desaparecida había regresado. Y ella tendría que mantener el papel, por poco que le gustara.

Ayame sacudió la cabeza, apartando aquellos pensamientos de su mente. Ahora tenía algo mucho más importante de lo que debía preocuparse.

Sólo había estado fuera unos tres meses, pero parecía que había pasado una eternidad desde la última vez que había estado en su tierra natal. Y así, tras callejear durante unos diez minutos y deleitarse en la visión de aquellas calles tan conocidas para ella, Ayame pasó por delante de una pastelería que conocía muy bien y que a aquellas horas estaba realmente concurrida. La muchacha no pudo reprimir una sonrisa, pero no entró en ella por el momento (aunque para ello tuvo que luchar contra el ferviente deseo de su corazón). En su lugar, y sin preocuparse demasiado porque llegaba calada hasta los huesos, se adentró en el portal y cogió el ascensor. El ascenso se le antojó tortuosamente largo. El más largo de toda su vida, ni siquiera comparado con todos los pisos que tenía la Torre de la Arashikage. El débil tintineo que indicaba que había llegado a su destino repicó en sus oídos como música celestial y sacudió su corazón dentro de su pecho. Así, con el corazón vibrante de emoción, la muchacha se dirigió a su propia puerta y llamó un par de veces con los nudillos. Mientras se removía en el sitio y jugueteaba con sus manos, más inquieta que un pez fuera del agua, agudizó el oído y escuchó tras la puerta el sonido de unos pasos que se acercaban a toda velocidad. Y esta terminó por abrirse al cabo de varios largos segundos con apenas un susurro.

Y al otro lado Aotsuki Zetsuo la contemplaba con ojos y labios abiertos como platos, como si fuera la primera vez que la veía o como si no creyera la escena que se presentaba ante él. Los labios de Ayame temblaron con violencia, y tuvo que hacer un verdadero esfuerzo por no echarse a llorar sin más allí mismo, pero la muchacha se esforzó por esbozar algo parecido a una sonrisa.

He... he vuel...

Quiso decir, pero ni siquiera fue capaz de terminar. Su padre se había abalanzado súbitamente sobre ella y antes de que pudiera siquiera entender qué estaba pasando la abrazaba con una fuerza casi asfixiante, incluso para ella.

Joder... Ayame. ¡Ayame! ¡Maldita sea!

Y ella no pudo reprimir las lágrimas al escuchar aquel inusitado temblor en la voz de su férreo padre.

¿Ayame?

Aquella voz carente de toda sensibilidad no le fue indiferente. Sobre todo porque, y tal y como comprobó cuando se separó de su padre, detrás de aquella máscara gélida, los ojos de Kōri brillaban con una fuerza inusitada. La muchacha se abalanzó sobre él para abrazarle entre sollozos, sin importarle el frío de su cuerpo, y él revolvió sus cabellos con emoción a duras penas contenida.

Bienvenida a casa de nuevo... hermanita.

Y más te vale no darnos más de estos sustos, ¡joder!

Lo... lo siento...

No importaba. Nada importaba ya. Había regresado a casa. Estaba de nuevo en su hogar. Sana y salva. Segura de cualquier General o cualquier Bijū que quisiera atacarla.

Claro que poco se imaginaba Ayame que aún tenía más visitas que recibir, y una de ellas estaba a punto de llegar...
...aaaaaaaaAAYAAAAAMEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEE

¡PLACA! ¡BLOMBLOMBUM!

De pronto la familia Aotsuki estaba en el suelo. La culpable de esta inusual partida de bolos que se nos presenta no era otra que Amedama Kiroe, que estaba dejando a la pobre Ayame llena de marcas de pintalabios de color púrpura. La mujer la cogió de los dos lados de la cara —ignorando que Zetsuo estaba debajo de las dos—, y le apretó los mofletes hasta dejarle cara de besugo.

¡Lo han conseguido! ¡Ay Amenokami mío, lo consiguieron! ¡Estás con nosotros de nuevo! —exclamó—. ¡Sabía que eras tú, lo sabía! ¡Te acabo de ver pasar por delante de la pastelería! ¿¡YNOMEDICESNADA!?AAAAAAAAAAAAAAY

»PerosiestabapreocupadísimaportíayhijamíanosabesloquenoshashechopasarmenosmalqueyaestásasalvoypensarqueunselladodebijuupodíarevertirseaydiosyaveráscuandoteveamiDaruucínloestápasandofatalnomecomenomebebeynomeprestaatenciónenlosentrenamientosyclaroluegotengoqueatizarleporquesinonomerindeelcabronceteyúltimamenteestámuyirreverentey...
Claro que, aquella repentina visita, llegó como una auténtica bola rodante:

...aaaaaaaaAAYAAAAAMEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEE

Pero para cuando Ayame se quiso dar cuenta de quién era aquella voz sintió un fuerte empujón que la empujó contra su hermano. El suelo se subió hasta ellos y, de un momento a otro, los tres Aotsuki estaban tirados en él, cada uno de ellos sepultado por el anterior. En la cima de la montaña, Amedama Kiroe estrujaba a una aturdida Ayame que poco podía hacer por liberarse de aquel agarre. La mujer la besuqueaba por toda la cara, dejando la marca de su pintalabios púrpura dibujada en su piel; pero, no contenta con ello, ahora estrujaba sus mejillas como si estuviera hecha de plastilina.

¡Lo han conseguido! ¡Ay Amenokami mío, lo consiguieron! ¡Estás con nosotros de nuevo! —exclamaba, pero en aquella situación ella era la única que podía estar feliz.

¡KIROE! —bramó Zetsuo, asfixiado bajo el último piso de aquella montaña humana.

Pero la pastelera, lejos de hacerle caso a él o a los quejidos amortizados de Kōri, seguía gritando.

¡Sabía que eras tú, lo sabía! ¡Te acabo de ver pasar por delante de la pastelería! ¿¡YNOMEDICESNADA!?AAAAAAAAAAAAAAY

Pero Ayame no era capaz de responder. Entre los achuchones, su rostro convertido en la grotesca mueca de un besugo y que aún no estaba del todo recuperada... La muchacha se acababa de convertir en una muñeca sin vida mientras Kiroe seguía parloteando.

»PerosiestabapreocupadísimaportíayhijamíanosabesloquenoshashechopasarmenosmalqueyaestásasalvoypensarqueunselladodebijuupodíarevertirseaydiosyaveráscuandoteveamiDaruucínloestápasandofatalnomecomenomebebeynomeprestaatenciónenlosentrenamientosyclaroluegotengoqueatizarleporquesinonomerindeelcabronceteyúltimamenteestámuyirreverentey...

¡¡¡ME CAGO EN EL CHOCHO QUE TE PARIÓ!!! —rugió Zetsuo, haciendo gala de su fuerza para apartar a sus dos hijos de encima suyo.

Kōri se reincorporó de inmediato, aunque resollante, pero Ayame se había quedado en el suelo viendo las estrellas pasar frente a sus ojos. Aunque recuperada, estaba claro que aún no estaba para aquellas sacudidas:

Ayayayay...

Pero el hombre, lejos de notarlo, se abalanzó sobre la mujer y la agarró con fuerza del brazo.

¡¿ES QUE ESTÁS LOCA, JODIDA PASTELERA?! ¡¿QUIERES MATARNOS A TODOS?!
Al oír el bramido de la grave voz de Zetsuo, Kiroe se apartó de golpe y dio dos pasos hacia atrás.

¡Uuups! ¡Perdón, perdón, me he emocionado! —exclamó, haciéndose la inocente.

Entonces, Zetsuo le agarró del brazo hasta el punto de hacerle daño, y le gritó en la cara de forma muy poco agradable.

¡¿ES QUE ESTÁS LOCA, JODIDA PASTELERA?! ¡¿QUIERES MATARNOS A TODOS?!

Kiroe levantó su mirada púrpura hacia los ojos de Aotsuki Zetsuo, y la clavó en ellos. Eran unos ojos grandes, bonitos, pero sobretodo penetrantes. La mujer, sin pestañear, se mantuvo así durante todo el transcurso de sus palabras. También sonreía, y parecía una sonrisa casi tan amenazadora como la ira de Zetsuo.

Ya he pedido perdón. Es que me he alegrado tanto de ver a Ayame... —dijo—. Ahora, será mejor que te calmes y que me sueltes el brazo, porque me estás haciendo daño. Y no queremos hacernos daño, ¿verdad, Zetsuo-san? Jijí...
Kiroe intercambió una mirada con Zetsuo. Aquellos ojos púrpura que tan bien conocía, pero que al mismo tiempo se le hacían tan diferentes a los de su hijo, se clavaron en los afilados aguamarina del médico sin ningún tipo de reparo, grandes, penetrantes. Entonces los labios de la mujer se curvaron en una sonrisa. Pero no era la clásica sonrisa cargada de dulzura de la pastelera, mas bien estaban cargados de una melosa ponzoña.

Ya he pedido perdón. Es que me he alegrado tanto de ver a Ayame... —respondió—. Ahora, será mejor que te calmes y que me sueltes el brazo, porque me estás haciendo daño. Y no queremos hacernos daño, ¿verdad, Zetsuo-san? Jijí...

Aquella risilla tan irritante le habría puesto los pelos de punta a cualquiera, pero Zetsuo no era un hombre cualquiera. Se quedó mirándola fijamente durante un largo rato y entonces él mismo sonrió de la misma manera. La afilada sonrisa de un águila.

Eso tendrás que decírmelo tú, pastelera —siseó—. Ya sabes que cuando quieras y donde quieras puedo patear tu bonito culo, "jijí". —Sin embargo, soltó la presa que mantenía sobre su brazo y se volvió hacia la aturdida Ayame para enderezarla de nuevo—. Pero no hoy. Hoy tengo cosas más importantes que hacer —agregó, con un ligerísimo toque de emoción en su voz.

Y... y D... ¿Daruu-kun? ¿Dónde está? —pronunció Ayame a duras penas, aún sujetándose la frente con una mano.
Zetsuo, finalmente, soltó su brazo. Kiroe tuvo que guardar la pequeña dosis de tranquilizante inyectable que sujetaba con la mano libre escondida detrás de la espalda de nuevo en el portaobjetos. En su lugar, soltó otra pequeña risilla a costa del patriarca de los Aotsuki, menospreciando su chiste de amenaza.

Se volteó hacia Ayame cuando ésta llamó su atención.

Está en casa, deprimidillo. Lleva así desde que no puede ir a visitarte al calabozo —dijo Kiroe—, claro que, nadie le dijo que te sacaron para revertirte el sello —por si se le ocurría salir de la Villa a acompañaros—, así que piensa que todavía sigues allí. Eh, escucha. ¿Quieres bajarte conmigo y...?

»¿...y darle un pequeño sustito? Jijijí...
Está en casa, deprimidillo —respondió Kiroe, volviéndose hacia ella—. Lleva así desde que no puede ir a visitarte al calabozo, claro que, nadie le dijo que te sacaron para revertirte el sello —por si se le ocurría salir de la Villa a acompañaros—, así que piensa que todavía sigues allí.

Oh... —Ayame hundió los hombros al recordar que había sido precisamente un violento intercambio entre Kokuō y él lo que había imposibilitado de forma definitiva que el muchacho fuera a verla más veces al calabozo. Si no era a hurtadillas, claro.

Eh, escucha. ¿Quieres bajarte conmigo y...? ¿...y darle un pequeño sustito? Jijijí...

El corazón de Ayame dio un vuelco al oír aquella posibilidad y al imaginar cuál sería la reacción de Daruu cuando la viera, de repente, allí plantada. Sin embargo...

N... no sé... —desvió la mirada, apretando el puño contra el pecho con un nudo en la garganta.

La última vez que Daruu y ella habían hablado, cara a cara, él se había mostrado muy molesto por el tema de la carta que había enviado a Uzushiogakure. ¿Y si seguía resentido con ella? ¿Y si cuando la viera no mostraba más que una fría indiferencia? ¿Y si...?

Ayame inspiró hondo, y Zetsuo la miró por el rabillo del ojo frunciendo el ceño.
¡Pero Ayame no necesitaba preocuparse tanto, la pobrecilla! Al fin y al cabo, Kiroe ya había elaborado los planes a toda prisa, y se había decidido. Ese lado travieso suyo —y un poco incendiario— había roto el medidor de intensidad, y ahora... ahora estaba cogiendo el brazo de Ayame, y ahora la estaba arrastrando por la entradita de su casa, y ahora se estaba excusando ante Zetsuo prometiéndole que le devolvería a su hija en unos minutillos, y ahora estaba cerrando la puerta de los Aotsuki de un portazo y se estaba mentiendo en el ascensor y...

...pulsando el botón del cero.

¡Tú no te preocupes, va a ser la bomba! —dijo, emocionada, dando palmitas—. Ya verás, ya verás. Sólo tienes que quedarte ahí parada y...

»Dime, Ayame-chan~... ¿Al final conseguiste liberar a Kokuo? ¿Te ha hecho algún daño? —De pronto, el tono de la conversación había cambiado radicalmente. Kiroe seguía hablando de forma juguetona, pero era otro tipo de juego, uno que sabía jugar muy, muy bien. Se dio la vuelta, mirando a la puerta del ascensor—. ¡Ay, mi Darucín! Ya verás, lo vamos a desmayar. ¡Jajaja!

»Ni se os ocurra decírselo a Yui~... ¿Sabes hacer barreras mentales? Ponlas. Ya. Y ten cuidado con tu padre.
Pero antes de que Ayame pudiera seguir preocupándose o excusándose, antes de que Zetsuo pudiera empezar a interrogarlas, o antes de que Kōri pudiera intervenir siquiera, la muchacha se vio arrastrada por un auténtico huracán. Kiroe la había capturado por el brazo, porque agarrar era un verbo que se quedaba corto para aquel secuestro, la había metido en el ascensor y ya estaba pulsando el botón de descenso.

¡MÁS TE VALE, MALDITA PASTELERA! ¡Se supone que tiene que descansar! —oyeron la voz de Zetsuo, justo antes de que las puertas terminaran cerrándose con su estruendo metálico.

Un silencio vacío, tenso, sólo roto por el rumor de los motores invadió el espacio. O lo habría hecho, si no fuera por el incesante parloteo de Kiroe:

¡Tú no te preocupes, va a ser la bomba! —exclamó, con una explosiva emoción que desató con una serie de palmaditas—. Ya verás, ya verás. Sólo tienes que quedarte ahí parada y... Dime, Ayame-chan~... ¿Al final conseguiste liberar a Kokuo? ¿Te ha hecho algún daño? —añadió, y su tono de voz había cambiado repentinamente.

Ayame ya lo había experimentado otras veces; por ejemplo, cuando la había interrogado para saber si estaba saliendo con su hijo. Pero aquella pregunta había caído sobre ella como un auténtico mazazo, por sorpresa, y sin ningún tipo de anestesia.

«Claro... Daruu-kun se lo contó aquella vez que regresó con el ojo morado...»

Tragó saliva, pero se obligó a esbozar una sonrisa. Una sonrisa que pareció una mueca en su gesto.

L... ¿Liberar a Kokuō? ¿Pero qué locura es esa, Kiroe-san?

Lástima que Ayame siguiera sin saber mentir apropiadamente.

Ni se os ocurra decírselo a Yui~... ¿Sabes hacer barreras mentales? Ponlas. Ya. Y ten cuidado con tu padre.

Por supuesto, Ayame tomó el consejo de Kiroe en práctica. La hubiese creído o no, no quería que alguien acabara conociendo aquellos escasos segundos. Por eso, hizo el sello del carnero con una mano y volvió a levantar las fronteras mentales.

Aquello ya comenzaba a convertirse en una costumbre...

¤ Shinkyou Kabe no Jutsu
¤ Técnica de las Barricadas Mentales
- Tipo: Apoyo
- Rango: B
- Requisitos: Genjutsu 50
- Gastos: 70 CK
- Daños: -
- Efectos adicionales: Coloca barreras a ciertos recuerdos para impedir su desvelo por otras técnicas de interrogación
- Sellos: Carnero (una mano)
- Velocidad: Instantánea
- Alcance y dimensiones: -
El usuario puede utilizar esta técnica para colocar bloqueos mentales en los recuerdos del objetivo que contienen información de relevancia en caso que este sea capturado e interrogado. Estas barricadas tienen la apariencia de estilizadas puertas correderas japonesas tradicionales y son efectivas incluso frente a sérums de la verdad. Esta técnica perdurará en el tiempo hasta que su ejecutor decida deshacerla o se consiga romper de alguna manera.
Era una tarde tranquila pero triste. Amedama Daruu, como ya había acostumbrado hacer otras muchas tardes desde que no se le permitía visitar a Ayame y a Kokuo, miraba por la ventana de su habitación. El paisaje de Amegakure tampoco era digno de admirar, que se diga —a no ser que te gusten mucho las tuberías y la lluvia—, pero a él sólo le interesaba tener la mirada perdida y la atención puesta en otro lugar.

Suspiró. ¿Cuánto tiempo había pasado ya? ¿Meses? Estaba empezando a pensar que jamás volvería a ver a su compañera y novia. Por si fuera poco, Kori-sensei tampoco le llamaba para hacer ninguna misión. Tampoco es que tuviera muchas ganas.

Un pisotón de su madre le hizo dar un bote.

¡JODER! —exclamó—. ¡Mamá! ¡Te he dicho que avises cuando entras! —Kiroe era una experta en infiltración, lo cual tenía cosas buenas y cosas malas. Una de las malas era, sin duda, su mala costumbre a infiltrarse en su propia casa.

¡Daruu! ¡Rápido! ¡Kokuo ha conseguido escapar de la cárcel y ha salido de la aldea!

¿¡Qué!? —Daruu se levantó de golpe, avanzó a zancadas y apartó a su madre de un empujón—. ¡Rápido, llama a Zetsuo y a Kori y... y...!

Rompió a llorar. Se deshizo en pedazos.

Jiji... ¡sorpresa!

A... A-a... A-a-aaa-aa... ya... me —Balbuceó como un zombi, incapaz de asimilar el golpe. Dio un paso, titubeante, como si no se le estuviera permitido tampoco lanzarse a abrazarla. Ya no sabía qué le estaba permitido—¿A... Ayame?
Kiroe y Ayame salieron del ascensor y, tras abandonar el portal, ingresaron en la Pastelería de Kiroe-chan.

«¿No hay ningún problema con que abandone su puesto de trabajo?» Quiso preguntar, pero la prisa que llevaba la pastelera la arrastraba como un remolino.

A aquellas horas el local estaba tan concurrido que ambas tuvieron que sortear varias mesas con clientes, pero al final alcanzarlo la puerta en el otro extremo y subieron las escaleras que las llevarían a la casa de los Amedama. Ayame nunca había estado allí, por lo que no pudo evitar aplacar los nervios que sentía mirando a su alrededor con creciente curiosidad. Kiroe la condujo hacia la que debía ser la habitación de Daruu y la muchacha se quedó plantada en el umbral, con el corazón en un puño, mientras la mujer se adentraba, tan silenciosa como una sombra.

Hasta que un sonoro pisotón alertó de su presencia al muchacho.

¡JODER! —exclamó, sobresaltado por el susto—. ¡Mamá! ¡Te he dicho que avises cuando entras!

¡Daruu! ¡Rápido! ¡Kokuō ha conseguido escapar de la cárcel y ha salido de la aldea!

¿¡Qué!? —bramó el muchacho, y Ayame escuchó también unos pasos acelerados, acercándose—. ¡Rápido, llama a Zetsuo y a Kori y... y...!

Y su voz se quebró cuando al fin quedaron cara a cara. Ayame, con las manos entrelazadas a la altura del pecho sujetando su propio corazón desbocado, Daruu rompiendo a llorar súbitamente.

Jiji... ¡sorpresa! —rio Kiroe, por detrás de ambos.

A... A-a... A-a-aaa-aa... ya... me —balbuceaba Daruu, como si fuera incapaz de discernir si la muchacha que se encontraba frente a él no era más que una cruel ilusión, imagen de sus deseos, o de verdad era real—. ¿A... Ayame?

Era como si le hubiesen cerrado la garganta con unas tenazas. Ayame, incapaz de responder, se abalanzó sobre los brazos de Daruu sollozando a viva voz. Todas sus preocupaciones con respecto a Daruu se habían desvanecido como volutas de humo en el aire al verle. En aquel momento lo único que deseaba era abrazarle, que él la estrechara entre sus cálidos brazos, hundir el rostro en su pecho y sentir su olor...
Por suerte, fue Ayame la que se acercó. Y él se entregó a sus brazos, como si hubiera estado buceando muy hondo y acabase de salir a la superficie, como respirar por primera vez en horas. Días. Meses... Para Daruu, aquél momento quedaría grabado en su memoria como cincel en piedra. Se dejó rodear por los brazos de Ayame. Tardó varios segundos en reaccionar y rodear su cintura con los suyos. Hundió la nariz cerca de su oreja y disfrutó del olor y del tacto de su pelo. Besó la piel con ternura y lloró como no lo había hecho nunca.

Ayame había vuelto.

Lle-llevo encerrado en casa d-días —tartamudeó—. Nadie m-me había d-dicho nada. No m-me dejaban ir a v-verte, y... y... —Apretó a Ayame hacia él—. A-Ayame-chan. A-al fin...

Se separó de ella y la besó en los labios. A todo esto, Kiroe, por supuesto, se había alejado una distancia prudencial y los estaba observando sonrojada, entre pequeñas risillas inaudibles, como si estuviera disfrutando de un capítulo muy intenso de una telenovela.

¿H-has vuelto hoy mismo? —preguntó Daruu a Ayame.
Daruu tardó varios segundos en reaccionar. Quizás estaba demasiado consternado por la sorpresa, o quizás todavía seguía enfadado con Ayame... El corazón de la muchacha se estremeció ante la sola idea. Y por eso no pudo contener un nuevo sollozo cuando sintió, al fin, los brazos de él rodeando su cintura y su respiración junto a su oreja. La besó entre el cuello y la mejilla y entonces comenzó a tartamudear:

Lle-llevo encerrado en casa d-días. Nadie m-me había d-dicho nada. No m-me dejaban ir a v-verte, y... y... —Daruu la apretó contra él, como si temiera que fuera a desvanecerse de nuevo en cualquier momento, y ella le abrazó con aún más fuerza—. A-Ayame-chan. A-al fin...

Se separó de ella y la besó con infinita dulzura en los labios, mientras ella apoyaba las manos en su pecho.

¿H-has vuelto hoy mismo?

Ella asintió, mordiéndose el labio inferior para contener los temblores.

S... sí... De hecho no debe ni haber pasado un cuarto de hora... —respondió, pensativa—. Shanise-senpai nos llevó al Valle de los Dojos, y allí los Sabios Uzumaki lo hicieron...

De repente Ayame se dio cuenta de algo y se quedó rígida como una tabla, mirando a un punto por detrás de Daruu. De un momento a otro, los colores volvieron a su rostro de forma abrupta, sonrojando sus mejillas hasta encenderlas como dos antorchas en la oscuridad. Se había acordado de repente de la presencia de Kiroe, que ahora los observaba desde una distancia prudencial entre risillas de expectación. Sólo le habrían faltado las palomitas para completar su confort.
Oh, sí, lo había oído. Una Alianza entre los tres países. Aunque hacía unos meses no le habría hecho ninguna gracia, lo cierto es que de un tiempo a esta parte nuestro Daruu sólo deseaba que el martirio de Ayame —y por relación directa, el suyo— acabase de una vez. Que Yui hubiera conseguido aliarse con Hanabi parecía, además, un milagro.

Quién me diría a mi hace unos meses que le estaría agradecido de por vida a un uzureño —rio en voz baja—. Espera, ¿qué te pasa? —Ayame se había puesto más tiesa que Kōri-sensei en una reunión con el Señor Feudal. Daruu volteó el torso y el cuello, malhumorado, buscando a su madre. Una sonrisa diabólica se le encendió.

¡Daruu, no! —exclamó Kiroe, alarmada.

¡DARUU ! —contestó él, y volvió a abrazar a Ayame. Sus manos se entrelazaron tras la espalda de la chica.

¡FSUSUM!







¡FSUSUM!

Daruu y Ayame se encontraban en una habitación muy distinta, a varios kilómetros de distancia. Se trataba de la habitación de Daruu en la cabaña de los Amedama, en Yachi.

Daruu se separó de Ayame y se sentó en el colchón, suspirando de alivio.

Muy bien, algo de privacidad —dijo—. No mucha, porque si no vuelves pronto Zetsuo va a matarme —añadió—. Así que, dime... ¿qué pasó con... Kokuō? ¿Cómo se lo tomó?Mal, por supuesto. ¿Como va a tomárselo?

Volvía a estar encerrada.
Quién me diría a mi hace unos meses que le estaría agradecido de por vida a un uzureño —Daruu soltó una risilla por lo bajo, pero enseguida se dio cuenta de que no todo estaba en orden—: Espera, ¿qué te pasa?

El chico sólo tuvo que seguir la dirección de la mirada de Ayame para reparar en la presencia de Kiroe, que seguía observándolos como si no fueran más que un delicioso espectáculo. Pero algo debió pasar en el momento en el que madre e hijo intercambiaron las miradas, porque la mujer exclamó:

¡Daruu, no!

¡DARUU SÍ! —respondió él, abrazándola con más fuerza.

¿Qué...? —quiso preguntar Ayame.

Pero ni siquiera tuvo tiempo de hacerlo. Su visión se vio súbitamente opacada por un destello rojizo y todo dio vueltas a su alrededor. De un momento a otro, no se encontraban en la habitación de Daruu, sino... en otra diferente. Ayame se giró hacia todas partes y hacia ninguna, alarmada. Y al cabo de varios segundos se dio cuenta de que era la habitación de Daruu en la cabaña de Yachi.

¿Pero qué...? ¿Cómo has...? ¡¿Estamos en Yachi?! ¡¡Papá me va a matar!! —exclamaba, hilando cada frase con la anterior sin ningún tipo de pausa.

Muy bien, algo de privacidad —suspiró Daruu, separándose de Ayame y sentándose en el colchón—. No mucha, porque si no vuelves pronto Zetsuo va a matarme.

Matarnos —le corrigió ella, con un hilo de voz.

Así que, dime... ¿qué pasó con... Kokuō? ¿Cómo se lo tomó?

Ayame se relajó al escuchar la pregunta.

Mal, claro. Pero... —Por primera vez en aquel día, la muchacha esbozó una radiante sonrisa—. En cuanto tuve la oportunidad cumplí la primera parte de mi promesa: he roto esa maldita jaula.
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