9/08/2017, 22:04
Koko, complacida; firmó la hoja y se dispuso a despedirse de la atareada dependiente. Ella caló el ojo fuera de sus documentos por un par de segundos más y le sonrió, a modo de despedida, a la rubia. Luego, se sumergió nuevamente en el mar de papeles que tenía frente a ella: bien dispuesta que estaba a concluir con la alta carga laboral antes del cambio de turno, era apenas su segunda semana en el puesto, después de todo.
Así pues, Kageyama Koko tomó rumbo al exterior, y ahí; le recibió el poderoso calor veraniego que habría traído consigo la nueva estación. Uzushiogakure, además, salvo por el País del fuego, era desde luego uno de los países más calientes, y de no ser por el plácido viento primaveral que se mantenía persistente durante todo el año, probablemente más de un ciudadano sufriría numerosos golpes de calor durante sus tareas diarias. Pero el viento azotaba, y arremolinaba, haciendo honor al nombre con el que se había bautizado a la aldea oculta del Remolino.
Bastó una caminata sin interrupciones de unos diez minutos —tiempo en el que Koko percibiría el corazón mañanero de su aldea, repleto de transeúntes, comerciantes, carruajes y familias enteras moviéndose de aquí a allá, y de allá a aquí, ocupándose de sus asuntos— para que la Kageyama diera por fin con el camino que le llevó finalmente hasta la vereda principal, ataviada a los extremos de la carretera por numerosas filas de árboles cerezo. Un colorido paseo con una única entrada, y una única salida; con un par de casillas de vigilancia a cada lado del portón.
En el interior, yacían dos Chunin. Conversaban entre ellos, cuchicheando, quizás, algún rumor gracioso, o eso parecía.
Daban las 11 de la mañana para ese momento. ¿Qué haría Koko durante la hora restante?
Así pues, Kageyama Koko tomó rumbo al exterior, y ahí; le recibió el poderoso calor veraniego que habría traído consigo la nueva estación. Uzushiogakure, además, salvo por el País del fuego, era desde luego uno de los países más calientes, y de no ser por el plácido viento primaveral que se mantenía persistente durante todo el año, probablemente más de un ciudadano sufriría numerosos golpes de calor durante sus tareas diarias. Pero el viento azotaba, y arremolinaba, haciendo honor al nombre con el que se había bautizado a la aldea oculta del Remolino.
Bastó una caminata sin interrupciones de unos diez minutos —tiempo en el que Koko percibiría el corazón mañanero de su aldea, repleto de transeúntes, comerciantes, carruajes y familias enteras moviéndose de aquí a allá, y de allá a aquí, ocupándose de sus asuntos— para que la Kageyama diera por fin con el camino que le llevó finalmente hasta la vereda principal, ataviada a los extremos de la carretera por numerosas filas de árboles cerezo. Un colorido paseo con una única entrada, y una única salida; con un par de casillas de vigilancia a cada lado del portón.
En el interior, yacían dos Chunin. Conversaban entre ellos, cuchicheando, quizás, algún rumor gracioso, o eso parecía.
Daban las 11 de la mañana para ese momento. ¿Qué haría Koko durante la hora restante?