13/01/2018, 22:10
La velada se vio abandonada en el abismo del silencio.
Ralexion no estuvo seguro de cuánto tiempo discurrió desde la última vez que se dirigió la palabra con Ritsuko, pero se le hizo largo. Optó por abstraerse en su psique, dejar que el tiempo pasase sin forzarse a decir algo que quizás empeoraría las cosas aún más.
Retornó al mundo real cuando fue consciente de unos pasos sobre el suelo del pasillo. Entró al cubículo el cocinero, un muchacho de una edad similar al dúo de genins. Sus ojos eran azules como el mar y sus cabellos rubios hacían una perfecta pareja con ellos. Vestía con una camiseta de manga corta de color blanco, unos pantalones también cortos de color marrón y sobre ellos llevaba un delantal mucho más reducido que el de la camarera. Iba descalzo.
Sostenía con sus manos un artefacto de madera. Era redondo y tenía sendas asas a ambos lados —las cuales estaba usando el mozo—. En su centro había una plataforma más alzada que el resto del objeto, la cual llevaba una barbacoa en miniatura sobre esta, fabricada en metal y alimentada por carbón. El cocinero se había tomado la molestia de encenderla. Así mismo, a lo largo de la circunferencia del curioso artilugio que no se veía ocupada por la tribuna de la barbacoa habían sido dispuestos de forma ordenada y visualmente satisfactoria trozos y más trozos de carne de ternera cruda. También habían dos platos de pequeño tamaño en cada extremo, uno para cada uno de los comensales.
—¡Yakiniku para dos! —exclamó, jovial, tras dejar el trasto sobre la mesa— ¿Les gustaría algo de beber para acompañar la comida?
—Gracias —respondió el Uchiha, lacónico—. A mí me gustaría una botella de sake, por favor.
Entonces el rubio le dirigió la mirada a Ritsuko, esperando su contestación.
Ralexion no estuvo seguro de cuánto tiempo discurrió desde la última vez que se dirigió la palabra con Ritsuko, pero se le hizo largo. Optó por abstraerse en su psique, dejar que el tiempo pasase sin forzarse a decir algo que quizás empeoraría las cosas aún más.
Retornó al mundo real cuando fue consciente de unos pasos sobre el suelo del pasillo. Entró al cubículo el cocinero, un muchacho de una edad similar al dúo de genins. Sus ojos eran azules como el mar y sus cabellos rubios hacían una perfecta pareja con ellos. Vestía con una camiseta de manga corta de color blanco, unos pantalones también cortos de color marrón y sobre ellos llevaba un delantal mucho más reducido que el de la camarera. Iba descalzo.
Sostenía con sus manos un artefacto de madera. Era redondo y tenía sendas asas a ambos lados —las cuales estaba usando el mozo—. En su centro había una plataforma más alzada que el resto del objeto, la cual llevaba una barbacoa en miniatura sobre esta, fabricada en metal y alimentada por carbón. El cocinero se había tomado la molestia de encenderla. Así mismo, a lo largo de la circunferencia del curioso artilugio que no se veía ocupada por la tribuna de la barbacoa habían sido dispuestos de forma ordenada y visualmente satisfactoria trozos y más trozos de carne de ternera cruda. También habían dos platos de pequeño tamaño en cada extremo, uno para cada uno de los comensales.
—¡Yakiniku para dos! —exclamó, jovial, tras dejar el trasto sobre la mesa— ¿Les gustaría algo de beber para acompañar la comida?
—Gracias —respondió el Uchiha, lacónico—. A mí me gustaría una botella de sake, por favor.
Entonces el rubio le dirigió la mirada a Ritsuko, esperando su contestación.