13/02/2018, 02:17
—Ah sí, Inoue-san, disculpa mi mala educación —Ralexion le dedicó una frugal reverencia, buscando resarcirle.
El shinobi suspiró largo y tendido, expulsando toda la ira que llevaba encima, transformándola en cansancio en el proceso. Asintió a Keisuke un par de veces, con los ojos cerrados y expresión descontenta.
—Meh, qué demonios, ahora mismo tengo tiempo de sobra —se encogió de hombros—. Sígueme, sé dónde podemos hablar.
El Uchiha se puso a caminar en dirección contraria a la que había llegado Keisuke. La vía los llevó hasta una explanada de grandes proporciones, utilizada primariamente por los ganaderos para hacer pastar a sus animales. A lo lejos se podía observar un rebaño de vacas campando a sus anchas, disfrutando de la hierba. Alejados unos cuantos metros de estas estaban un granjero y su perro, vigilándolas.
El kusajin continuó la marcha hasta aproximarse a una árbol de grandes proporciones enraizado a la derecha del camino. Se sentó, aprovechando su robusto tronco como respaldo. Suspiró de nuevo y comenzó a narrar su historia:
—Estos días han sido una mierda, la verdad... estoy siguiéndole el rastro a un grupo de bandidos, pero siempre que creo que estoy a un paso de dar con ellos, se desvanecen. Quizás es mentira que están por la zona, a estas alturas no descarto nada —se recostó—. Estaba pensando en volver a Kusagakure, le pagué a ese tipo para que me llevase en carro y ahorrarme la mayoría de la travesía, pero como te puedes imaginar, acordamos que la partida sería hoy y tras agarrar mi dinero ahora me insiste en que mañana... estoy atrapado aquí hasta entonces.
Chasqueó la lengua.
—¿Y tú qué tal?
El shinobi suspiró largo y tendido, expulsando toda la ira que llevaba encima, transformándola en cansancio en el proceso. Asintió a Keisuke un par de veces, con los ojos cerrados y expresión descontenta.
—Meh, qué demonios, ahora mismo tengo tiempo de sobra —se encogió de hombros—. Sígueme, sé dónde podemos hablar.
El Uchiha se puso a caminar en dirección contraria a la que había llegado Keisuke. La vía los llevó hasta una explanada de grandes proporciones, utilizada primariamente por los ganaderos para hacer pastar a sus animales. A lo lejos se podía observar un rebaño de vacas campando a sus anchas, disfrutando de la hierba. Alejados unos cuantos metros de estas estaban un granjero y su perro, vigilándolas.
El kusajin continuó la marcha hasta aproximarse a una árbol de grandes proporciones enraizado a la derecha del camino. Se sentó, aprovechando su robusto tronco como respaldo. Suspiró de nuevo y comenzó a narrar su historia:
—Estos días han sido una mierda, la verdad... estoy siguiéndole el rastro a un grupo de bandidos, pero siempre que creo que estoy a un paso de dar con ellos, se desvanecen. Quizás es mentira que están por la zona, a estas alturas no descarto nada —se recostó—. Estaba pensando en volver a Kusagakure, le pagué a ese tipo para que me llevase en carro y ahorrarme la mayoría de la travesía, pero como te puedes imaginar, acordamos que la partida sería hoy y tras agarrar mi dinero ahora me insiste en que mañana... estoy atrapado aquí hasta entonces.
Chasqueó la lengua.
—¿Y tú qué tal?