22/09/2018, 17:46
—Antes dije que deberías pasar más tiempo con Kaido... —le oyó decir, nuevamente en todas partes y a la vez en ninguna—. Pero quizás también debas pasar menos tiempo con Amedama. Esas palabras son suyas, como suyo fue el error. Ya lo comprobó cuando le estuve entrenando. Ahora lo comprobarás tú.
—No... —susurró, con una gota de sudor frío deslizándose por su sien.
Y entonces se hizo el silencio. Fue como si le hubiesen colocado unos tapones en los oídos, y Ayame se llevó las manos a las orejas, sorprendida. La lluvía caía pero no la escuchaba, las olas habían cesado en su susurro constante, ni siquiera el viento... Era un silencio vacío, que presionaba en su cabeza. Y entonces el vacío la alcanzó a ella, y enroscó sus anillos en torno a su garganta y su pecho. Boqueó, pero el aire no le llegaba. No podía respirar. Las nubes se apartaron del cielo y la luz del Sol cayó tan inclemente sobre ella como la tormenta anterior. Le quemaba. La cegaba. Todo comenzó a dar vueltas a su alrededor. Se estaba ahogando como un pez fuera del agua.
Y cuando se creía a punto de perder la consciencia, salió a la superficie. Ayame tomó una profunda bocanada de aire como si hubiera estado bajo el agua durante varios largos minutos. Respirando de forma entrecortada, miró a su alrededor. No había ni rastro de la plataforma, ni del agua del lago, ni de la lluvia, ni de los bosques, ni de la ciudad de Amegakure. Estaba en una llanura de hierba oscura y parcialmente encharcada. Le resultaba familiar, terriblemente familiar, y un mal sentimiento se apoderó de su cuerpo cuando atisbó el perfil de Uzushiogakure dibujado en el horizonte. Y entonces escuchó una voz a su espalda. Una voz conocida. Una voz que no debía estar allí y que aceleró su corazón al escucharla.
—¿Ayame-san? ¿Qué... haces aquí?
«No... no tú...»
Ayame se dio la vuelta con lentitud, rogando a todos los dioses habidos y por haber que no estuviera allí. Pero la inconfundible figura de Uzumaki Eri la contemplaba con sus grandes ojos cristalinos. Ayame retrocedió un par de pasos.
«No. Tú no.» Negó con la cabeza, temblorosa. «No es real, recuerda. Es un Genjutsu. No es real. No es real. No es real. No es...»
Uzumaki Eri, la única amiga de verdad que había hecho en Uzushiogakure. Eri, con la que había cantado en aquel festival en Tanzaku Gai. Eri, con la que había compartido momentos con un batido y una pizza. Eri... La que había esposado a Amedama Daruu por orden de su superior, Uchiha Akame.
«¡No es real!»
—No... —susurró, con una gota de sudor frío deslizándose por su sien.
Y entonces se hizo el silencio. Fue como si le hubiesen colocado unos tapones en los oídos, y Ayame se llevó las manos a las orejas, sorprendida. La lluvía caía pero no la escuchaba, las olas habían cesado en su susurro constante, ni siquiera el viento... Era un silencio vacío, que presionaba en su cabeza. Y entonces el vacío la alcanzó a ella, y enroscó sus anillos en torno a su garganta y su pecho. Boqueó, pero el aire no le llegaba. No podía respirar. Las nubes se apartaron del cielo y la luz del Sol cayó tan inclemente sobre ella como la tormenta anterior. Le quemaba. La cegaba. Todo comenzó a dar vueltas a su alrededor. Se estaba ahogando como un pez fuera del agua.
Y cuando se creía a punto de perder la consciencia, salió a la superficie. Ayame tomó una profunda bocanada de aire como si hubiera estado bajo el agua durante varios largos minutos. Respirando de forma entrecortada, miró a su alrededor. No había ni rastro de la plataforma, ni del agua del lago, ni de la lluvia, ni de los bosques, ni de la ciudad de Amegakure. Estaba en una llanura de hierba oscura y parcialmente encharcada. Le resultaba familiar, terriblemente familiar, y un mal sentimiento se apoderó de su cuerpo cuando atisbó el perfil de Uzushiogakure dibujado en el horizonte. Y entonces escuchó una voz a su espalda. Una voz conocida. Una voz que no debía estar allí y que aceleró su corazón al escucharla.
—¿Ayame-san? ¿Qué... haces aquí?
«No... no tú...»
Ayame se dio la vuelta con lentitud, rogando a todos los dioses habidos y por haber que no estuviera allí. Pero la inconfundible figura de Uzumaki Eri la contemplaba con sus grandes ojos cristalinos. Ayame retrocedió un par de pasos.
«No. Tú no.» Negó con la cabeza, temblorosa. «No es real, recuerda. Es un Genjutsu. No es real. No es real. No es real. No es...»
Uzumaki Eri, la única amiga de verdad que había hecho en Uzushiogakure. Eri, con la que había cantado en aquel festival en Tanzaku Gai. Eri, con la que había compartido momentos con un batido y una pizza. Eri... La que había esposado a Amedama Daruu por orden de su superior, Uchiha Akame.
«¡No es real!»