16/12/2018, 16:10
A Kenzou ya le había desaparecido cualquier atisbo de sonrisa. Ni una disculpa, o tan siquiera una mínima excusa. No, Yota había tomado aquella decisión por sí mismo, y no se arrepentía ni pedía perdón por ello. Sin importar que la decisión fuese correcta o no, aquel tipo de individualidades era peligroso. Muy peligroso.
Especialmente cuando uno pensaba que era lo normal.
—Yota, Yota, Yota… Qué voy a hacer contigo —se preguntó, más para él mismo que para el propio genin.
Era tarde, muy tarde. Pasaban de las doce y el edificio debía estar ya cerrado. Conociendo a Nara Shikako, sin embargo, estaría al pie del cañón en recepción. Nunca se iba hasta que él dejaba su puesto. Y la pobre anciana no tenía la culpa de nada.
Se levantó. Devolvió varios pergaminos a una pila de ellos. Tomó un sobre que había sobre la mesa y lo introdujo en un bolsillo interior de su chaleco. ¿Qué se le olvidaba? Ah, sí…
¡Plas! Aquella colleja sonó en todo el edificio. Un sonido hueco, incluso placentero para ciertos oídos y, para Kenzou, doloroso. Los Dioses sabían que al Morikage no le gustaba dar collejas, pero en ocasiones sus shinobi se lo ponían difícil. Muy difícil.
—Vamos, Yota. Demos un paseo.
Descendieron por las escaleras hasta bajar al último piso, donde, efectivamente, la anciana seguía en su puesto. Kenzou la regañó afablemente por ello, recordándole que su horario terminaba a las doce. Se había vuelto olvidadiza con el paso de los años, pero eso era algo que recordaba muy bien. Sin embargo…
—Mi horario termina cuando acaba el suyo, Morikage-sama —aseguró ella, arrancándole una sonrisa al viejo.
Tras cerrar las puertas y despedirse, Morikage y genin se adentraron en las calles de la aldea. Hacía frío, y el viento susurraba entre las copas de los árboles. Kenzou estaba más callado de lo normal.
Especialmente cuando uno pensaba que era lo normal.
—Yota, Yota, Yota… Qué voy a hacer contigo —se preguntó, más para él mismo que para el propio genin.
Era tarde, muy tarde. Pasaban de las doce y el edificio debía estar ya cerrado. Conociendo a Nara Shikako, sin embargo, estaría al pie del cañón en recepción. Nunca se iba hasta que él dejaba su puesto. Y la pobre anciana no tenía la culpa de nada.
Se levantó. Devolvió varios pergaminos a una pila de ellos. Tomó un sobre que había sobre la mesa y lo introdujo en un bolsillo interior de su chaleco. ¿Qué se le olvidaba? Ah, sí…
¡Plas! Aquella colleja sonó en todo el edificio. Un sonido hueco, incluso placentero para ciertos oídos y, para Kenzou, doloroso. Los Dioses sabían que al Morikage no le gustaba dar collejas, pero en ocasiones sus shinobi se lo ponían difícil. Muy difícil.
—Vamos, Yota. Demos un paseo.
Descendieron por las escaleras hasta bajar al último piso, donde, efectivamente, la anciana seguía en su puesto. Kenzou la regañó afablemente por ello, recordándole que su horario terminaba a las doce. Se había vuelto olvidadiza con el paso de los años, pero eso era algo que recordaba muy bien. Sin embargo…
—Mi horario termina cuando acaba el suyo, Morikage-sama —aseguró ella, arrancándole una sonrisa al viejo.
Tras cerrar las puertas y despedirse, Morikage y genin se adentraron en las calles de la aldea. Hacía frío, y el viento susurraba entre las copas de los árboles. Kenzou estaba más callado de lo normal.
