17/12/2018, 04:19
Las calles, limpias y vacías, eran despertadas de su sueño nocturno por dos únicos shinobis. Caminaban en la penumbra, a paso lento y calmado. Tras un buen rato en silencio, Kenzou fue el primero en abrir la boca.
—Ojalá tuviésemos el poder de darle la vuelta al tiempo, ¿verdad? Como nuestro amigo en común, Yubiwa —Oh, el Jiringan, qué gran técnica ocular—. Aunque si retrocediésemos, pongamos, treinta años, no cerraríamos ninguna herida. Abriríamos viejas.
Por un momento, la mirada de Kenzou se perdió en la calle, desenfocada. Como si estuviese mirando más allá.
—¿Sabes qué nos encontraríamos, Yota-kun? —No, claro que no lo sabía. Se lo podían haber contado. Lo podía haber leído en los libros de Historia de Kusagakure. Pero no lo había vivido—. Hambruna, Yota. Entierros diarios. Nuestra Villa, sumida en la más absoluta depresión. Resulta difícil imaginárselo ahora, ¿verdad?
Kenzou esbozó una media sonrisa, y fue una sonrisa triste.
—Oh, pero así fue —continuó, mientras seguía andando—. Todo por ser manejados por un Consejo nefasto. Te contaré un secreto que nadie se atreve a pronunciar: algunos de ellos tenían buenas intenciones. —Oh, sí. Las tenían—. Como tú, Yota. Pero en ocasiones, hasta las mejores de las decisiones se convierten en malas si no se toman por la razón adecuada. Oh, sí, ellos estaban llenos de buenas intenciones. Se consideraban a sí mismos como el sistema más justo. Y desde cierta óptica, lo eran. Oh, sí, muy democrático todo. Y eso precisamente fue lo que nos llevó a la ruina.
»Verás, al no haber una cabeza al mando, las decisiones que se tomaban eran muy heterogéneas. Aceptábamos misiones de crítica importancia para cierta familia feudal, y más tarde cogíamos también las que perjudicaban a dicha familia. Un disparate y un sinsentido, pero claro, como todo era por voto, si en el momento lo consideraban beneficioso, se hacía. No había una dirección clara, el resto de Oonindo no sabía a lo que atenerse. Y eso generaba desconfianza. Tanto que los países preferían solicitar misiones a Ame o Uzu. ¿La formación ninja? Un desastre. Cada uno tiraba para su lado. El especialista en Taijutsu creía que el combate cuerpo a cuerpo era lo más importante. El que daba clases de Genjutsu le convenía que se diesen ilusiones. Al final, teníamos un sistema de enseñanza muy cambiante. Y a todo esto que te dije, súmale que cada diez años el Consejo cambiaba de miembros. Así que todo lo anterior lo cambiaban y lo enrevesaban todavía más. A veces por un buen motivo, oh, sí. Pero al final solo conseguían transmitir más y más inestabilidad de cara afuera.
Frenó su avance hasta detenerse completamente, y giró la cabeza para mirar a Yota a los ojos.
—Lo comprendes, ¿Yota? No importa que tu decisión haya sido la correcta o no. Si todo el mundo empieza a hacer lo que le da la gana con cosas tan serias como esa, volvemos a esos tiempos.
—Ojalá tuviésemos el poder de darle la vuelta al tiempo, ¿verdad? Como nuestro amigo en común, Yubiwa —Oh, el Jiringan, qué gran técnica ocular—. Aunque si retrocediésemos, pongamos, treinta años, no cerraríamos ninguna herida. Abriríamos viejas.
Por un momento, la mirada de Kenzou se perdió en la calle, desenfocada. Como si estuviese mirando más allá.
—¿Sabes qué nos encontraríamos, Yota-kun? —No, claro que no lo sabía. Se lo podían haber contado. Lo podía haber leído en los libros de Historia de Kusagakure. Pero no lo había vivido—. Hambruna, Yota. Entierros diarios. Nuestra Villa, sumida en la más absoluta depresión. Resulta difícil imaginárselo ahora, ¿verdad?
Kenzou esbozó una media sonrisa, y fue una sonrisa triste.
—Oh, pero así fue —continuó, mientras seguía andando—. Todo por ser manejados por un Consejo nefasto. Te contaré un secreto que nadie se atreve a pronunciar: algunos de ellos tenían buenas intenciones. —Oh, sí. Las tenían—. Como tú, Yota. Pero en ocasiones, hasta las mejores de las decisiones se convierten en malas si no se toman por la razón adecuada. Oh, sí, ellos estaban llenos de buenas intenciones. Se consideraban a sí mismos como el sistema más justo. Y desde cierta óptica, lo eran. Oh, sí, muy democrático todo. Y eso precisamente fue lo que nos llevó a la ruina.
»Verás, al no haber una cabeza al mando, las decisiones que se tomaban eran muy heterogéneas. Aceptábamos misiones de crítica importancia para cierta familia feudal, y más tarde cogíamos también las que perjudicaban a dicha familia. Un disparate y un sinsentido, pero claro, como todo era por voto, si en el momento lo consideraban beneficioso, se hacía. No había una dirección clara, el resto de Oonindo no sabía a lo que atenerse. Y eso generaba desconfianza. Tanto que los países preferían solicitar misiones a Ame o Uzu. ¿La formación ninja? Un desastre. Cada uno tiraba para su lado. El especialista en Taijutsu creía que el combate cuerpo a cuerpo era lo más importante. El que daba clases de Genjutsu le convenía que se diesen ilusiones. Al final, teníamos un sistema de enseñanza muy cambiante. Y a todo esto que te dije, súmale que cada diez años el Consejo cambiaba de miembros. Así que todo lo anterior lo cambiaban y lo enrevesaban todavía más. A veces por un buen motivo, oh, sí. Pero al final solo conseguían transmitir más y más inestabilidad de cara afuera.
Frenó su avance hasta detenerse completamente, y giró la cabeza para mirar a Yota a los ojos.
—Lo comprendes, ¿Yota? No importa que tu decisión haya sido la correcta o no. Si todo el mundo empieza a hacer lo que le da la gana con cosas tan serias como esa, volvemos a esos tiempos.
