25/03/2019, 20:02
De todas las cosas que Ashi y Ushi podrían haber esperado que sucediesen en aquel preciso momento, el ser atacado por una araña gigante —el primero— y por un ninja corpulento y musculoso de pelo verde —el segundo— era lo último, literalmente lo último, que habrían dicho. Ashi soltó la wakizashi nada más sentir el doloroso picotazo de Kumopansa, que haciendo alarde de su valentía, se había abalanzado sobre él sin pensarlo dos veces. Esto provocó que el larguilucho matón soltara la mano del bueno de Calabaza, que se limitó a retroceder arrastrándose por el suelo con una exclamación de sorpresa en los labios. Mientras, Ushi se había dado media vuelta para encarar a Daigo; que le exigía detener su actividad delictiva.
—[color=sienna¿Hmm? ¿Qué significa esto?[/color] —masticó las palabras como si no estuviese acojonado. Lo estaba, un poco—. ¿Ninjas de la Hierba, aquí? Escuchad, amigos, no tenemos nada en contra vuestra. Sólo estamos cobrándonos lo que es nuestro.
La calma sensata de Ushi se veía, para variar, eclipsada por la frenética furia de Ashi. El hombre-junco se revolvía en el sitio como un perro rabioso y sus ojos alternaban miradas asesinas entre Yota, Daigo y Kumopansa. Aun así, era consciente de que los ninjas solían ser asesinos expertos y muy peligrosos, por lo que no hacía intento de atacarles o de recuperar su arma, que había caído al suelo.
—¡Hijos de puta! —maldijo Ashi—. ¡Vuestro monstruito me ha picado! ¿Es venenoso? ¿Es venenoso, eh? ¿Lo es? ¿Qué queréis, ¡matarme!? ¿¡Es eso!?
El bajito corpulento se volvió hacia su compañero con una mueca de profunda irritación para reprenderle, cosa que no le hizo ni la más mínima gracia al mentado.
—Ashi, cierra la jodida boca. Déjame hablar con estos ninjas.
—¡Vete a tomar por culo, gordo cabrón! —replicó el alto—. ¡Aquí no hay nada que hablar, hostia! Somos del Dedo Amarillo, ¿me oís, ninjas de los cojones? ¡Esta ciudad es nuestra! ¿Os creéis que os vamos a tener miedo? —probablemente lo tenían, pero sabían bien que en el mundo del hampa mostrar temor era buen equivalente de darse por muerto—. ¿Y además, a vosotros qué mierda os importa este yonki?
Calabaza se había mantenido en silencio, en su humillante posición tirado en el suelo, sin atreverse siquiera a echar a correr. Y no porque estuviera asustado de aquellos dos matones... Sino porque había reconocido a Sasagani Yota y Tsukiyama Daigo como a sus salvadores. Eso sí que le daba miedo.
—[color=sienna¿Hmm? ¿Qué significa esto?[/color] —masticó las palabras como si no estuviese acojonado. Lo estaba, un poco—. ¿Ninjas de la Hierba, aquí? Escuchad, amigos, no tenemos nada en contra vuestra. Sólo estamos cobrándonos lo que es nuestro.
La calma sensata de Ushi se veía, para variar, eclipsada por la frenética furia de Ashi. El hombre-junco se revolvía en el sitio como un perro rabioso y sus ojos alternaban miradas asesinas entre Yota, Daigo y Kumopansa. Aun así, era consciente de que los ninjas solían ser asesinos expertos y muy peligrosos, por lo que no hacía intento de atacarles o de recuperar su arma, que había caído al suelo.
—¡Hijos de puta! —maldijo Ashi—. ¡Vuestro monstruito me ha picado! ¿Es venenoso? ¿Es venenoso, eh? ¿Lo es? ¿Qué queréis, ¡matarme!? ¿¡Es eso!?
El bajito corpulento se volvió hacia su compañero con una mueca de profunda irritación para reprenderle, cosa que no le hizo ni la más mínima gracia al mentado.
—Ashi, cierra la jodida boca. Déjame hablar con estos ninjas.
—¡Vete a tomar por culo, gordo cabrón! —replicó el alto—. ¡Aquí no hay nada que hablar, hostia! Somos del Dedo Amarillo, ¿me oís, ninjas de los cojones? ¡Esta ciudad es nuestra! ¿Os creéis que os vamos a tener miedo? —probablemente lo tenían, pero sabían bien que en el mundo del hampa mostrar temor era buen equivalente de darse por muerto—. ¿Y además, a vosotros qué mierda os importa este yonki?
Calabaza se había mantenido en silencio, en su humillante posición tirado en el suelo, sin atreverse siquiera a echar a correr. Y no porque estuviera asustado de aquellos dos matones... Sino porque había reconocido a Sasagani Yota y Tsukiyama Daigo como a sus salvadores. Eso sí que le daba miedo.