18/06/2019, 18:36
Mientras los dos ninjas seguían debatiendo sobre si abandonar a aquel matón moribundo a la previsible muerte que le esperaba en su futuro próximo, el sonido de los pasos que se acercaban fue haciéndose cada vez más audible. En mitad de la noche, el repicar del acero y el retumbar de las pesadas grebas de la guardia de la ciudad se cernían sobre los dos kusajin como un mal presagio. Podían decidir quedarse en el callejón y tratar de explicar lo acontecido a los soldados del Daimyō, claro, aunque ninguno de los dos tenía garantías de que fuesen a escucharles, o a creerles. ¿Cuáles serían las posibles ramificaciones de intentarlo? No había manera de saberlo.
Lo que sí sabían era que el sicario había dejado de convulsionar y ahora yacía tirado en el suelo de la callejuela, inmóvil, derramado como un saco de papas. Sus ojos se mantenían abiertos, pero carentes de vida, fijos en el infinito. Parecía haber muerto, finalmente. Los otros cadáveres que poblaban la escena no ofrecían un panorama mucho más alentador.
Tic, tac.
A juzgar por el ruido de sus pasos, el contingente de guardias se acercaba por el Este. Yota y Daigo no eran oriundos de Tanzaku Gai ni conocían la ciudad demasiado bien, por lo que en caso de que no quisieran quedarse a explicarles la reyerta a los soldados del Daimyō, debían poner pies en polvorosa y buscar un médico. Uno que estuviera operativo a las tantas de la noche, y dispuesto a atender a unos shinobi extranjeros con las ropas manchadas de sangre. ¿Sería tan fácil como parecía? En cualquier caso, la única salida que les quedaba si querían evitar la conversación con los guardias era desandar sus propios pasos y volver por el callejón donde la noche había empezado a torcerse para ellos; tras la esquina, donde habían visto a Ashi y Ushi tratando de mutilar al mendigo.
Lo que sí sabían era que el sicario había dejado de convulsionar y ahora yacía tirado en el suelo de la callejuela, inmóvil, derramado como un saco de papas. Sus ojos se mantenían abiertos, pero carentes de vida, fijos en el infinito. Parecía haber muerto, finalmente. Los otros cadáveres que poblaban la escena no ofrecían un panorama mucho más alentador.
Tic, tac.
A juzgar por el ruido de sus pasos, el contingente de guardias se acercaba por el Este. Yota y Daigo no eran oriundos de Tanzaku Gai ni conocían la ciudad demasiado bien, por lo que en caso de que no quisieran quedarse a explicarles la reyerta a los soldados del Daimyō, debían poner pies en polvorosa y buscar un médico. Uno que estuviera operativo a las tantas de la noche, y dispuesto a atender a unos shinobi extranjeros con las ropas manchadas de sangre. ¿Sería tan fácil como parecía? En cualquier caso, la única salida que les quedaba si querían evitar la conversación con los guardias era desandar sus propios pasos y volver por el callejón donde la noche había empezado a torcerse para ellos; tras la esquina, donde habían visto a Ashi y Ushi tratando de mutilar al mendigo.