10/12/2015, 01:38
Kimura era un muchacho de vivaz mente, con una curiosidad y ansias de obtener conocimiento que no conocía limites. Y quizá en parte fuera por esto que tendía a aburrirse fácilmente de algunas cosas. Aquellos que no le servían para seguir recolectando y estimulando su conocimiento o recayeran en algo que no supusiera un interés eran fácilmente desechables. Así fue como la estatuilla del panda, a pesar de su bonito color y manufactura, fue rápidamente relajada al olvido por un libro exhibido en la vidriera del otro lado de la tienda.
“El por qué los pandas son la encarnación del Yin y el Yang, interesante…” Mientras leía el titulo de aquel libro, cuya sencilla portada mostraba un panda frente a un bosque entre dos símbolos del Yin y el Yang, no pudo evitar llevar su mano hacia su colgante del Yin y acariciarlo. Era ya una costumbre para él. Se preguntaba que estaría haciendo Akina en aquel momento. Mientras su mente discurría por un rio, su cuerpo seguía como una maquina otra corriente de pensamientos. Tras entrar en la tienda, se dirigió hacia el mostrador y pregunto por el libro que acababa de ver.
Ante la respuesta de la mujer que lo atendió en aquel momento, una señora anciana de rubios cabellos y ojos del color de la madera de un roble, Takayama solo dijo muchas gracias y dándose vuelta abandono el local, con las palabras de ella sintiéndose como un intento de puñalada a su bolsillo.
— Oh, ese es uno de nuestros mejores libros y muy barato. Solo te costara unos 1400 ryos querido… — Por la mente del muchacho la idea de preguntar si no existía un descuento para los shinobis del País del Rio no se asomo hasta que se encontraba de vuelta en las animadas calles. Y aun así, no tenía grandes esperanzas en cuanto a eso. “Mil quinientos ryos, esos son varios cientos más de la mitad de lo que tengo ahorrado… Y bastante más de lo que ganaría incluso haciendo una misión tras otra”.
Bueno, eso le certificaba a Kimura que Kuroshiro se habia vuelto un lugar turístico realmente popular y frecuentado en los últimos años. Por más vivaz que fuera su curiosidad, no era ningún tonto, y sabia de sobra que los lugareños de lugares así bien solían aprovecharse con lo que podrían vender en las tiendas de regalos, ya sea de tontos e incautos o de gente a la que le sobraba dinero y no tenía ningún reparo en gastarlo.
Una vez fuera, observo curioso que los pandas que había visto a su llegada ya no estaban a la vista. Supuso que los paseos de ese horario habían terminado así que no se volverían a ver por ahí hasta el siguiente horario. Aunque sus ánimos de montar en panda se habían reducido al pensar en el precio que podría llegar a tener, aun esperaba observarlos más de cerca. Mientras los copos de nieve seguían cayendo y a su alrededor el suelo empezaba a cubrirse de la primera y delgada capa de nieve se acerco a observar las estatuas que había cada poco a los costados de las calles.
Se detuvo frente a la estatua en la que menos gente concentrada frente a ella había, únicamente veía a una persona. Intuía que era una mujer, aunque tras un simple vistazo, le hubiese sido imposible decir si se traba de una chica o de una anciana. El que estuviera de espaldas y su largo cabello fuera de un color gris blanquecino complicaba la tarea.
Cruzo por su mente la idea de que ella podría saber donde observar con tranquilidad a las estrellas de aquel pueblo. Sin embargo, se encontraba en la incómoda situación de no saber cómo dirigirse a ella. Si era una anciana, hablarle sin el respeto adecuado podría hacerlo quedar como un irrespetuoso; mientras que si se trataba de una mujer joven, decirle señora podría caerle mal. Al final, tras unas cuantas angustias mentales más, se decidió por el modo que le parecía más neutral de todos.
Tosió ligeramente, como para llamar la atención de la otra persona, que hasta ese momento parecía estar abstraída en su propia mente por lo quieta que estaba y con su habitual tono de voz cortes pronuncio una escueta palabra.
— Disculpe… —
“El por qué los pandas son la encarnación del Yin y el Yang, interesante…” Mientras leía el titulo de aquel libro, cuya sencilla portada mostraba un panda frente a un bosque entre dos símbolos del Yin y el Yang, no pudo evitar llevar su mano hacia su colgante del Yin y acariciarlo. Era ya una costumbre para él. Se preguntaba que estaría haciendo Akina en aquel momento. Mientras su mente discurría por un rio, su cuerpo seguía como una maquina otra corriente de pensamientos. Tras entrar en la tienda, se dirigió hacia el mostrador y pregunto por el libro que acababa de ver.
Ante la respuesta de la mujer que lo atendió en aquel momento, una señora anciana de rubios cabellos y ojos del color de la madera de un roble, Takayama solo dijo muchas gracias y dándose vuelta abandono el local, con las palabras de ella sintiéndose como un intento de puñalada a su bolsillo.
— Oh, ese es uno de nuestros mejores libros y muy barato. Solo te costara unos 1400 ryos querido… — Por la mente del muchacho la idea de preguntar si no existía un descuento para los shinobis del País del Rio no se asomo hasta que se encontraba de vuelta en las animadas calles. Y aun así, no tenía grandes esperanzas en cuanto a eso. “Mil quinientos ryos, esos son varios cientos más de la mitad de lo que tengo ahorrado… Y bastante más de lo que ganaría incluso haciendo una misión tras otra”.
Bueno, eso le certificaba a Kimura que Kuroshiro se habia vuelto un lugar turístico realmente popular y frecuentado en los últimos años. Por más vivaz que fuera su curiosidad, no era ningún tonto, y sabia de sobra que los lugareños de lugares así bien solían aprovecharse con lo que podrían vender en las tiendas de regalos, ya sea de tontos e incautos o de gente a la que le sobraba dinero y no tenía ningún reparo en gastarlo.
Una vez fuera, observo curioso que los pandas que había visto a su llegada ya no estaban a la vista. Supuso que los paseos de ese horario habían terminado así que no se volverían a ver por ahí hasta el siguiente horario. Aunque sus ánimos de montar en panda se habían reducido al pensar en el precio que podría llegar a tener, aun esperaba observarlos más de cerca. Mientras los copos de nieve seguían cayendo y a su alrededor el suelo empezaba a cubrirse de la primera y delgada capa de nieve se acerco a observar las estatuas que había cada poco a los costados de las calles.
Se detuvo frente a la estatua en la que menos gente concentrada frente a ella había, únicamente veía a una persona. Intuía que era una mujer, aunque tras un simple vistazo, le hubiese sido imposible decir si se traba de una chica o de una anciana. El que estuviera de espaldas y su largo cabello fuera de un color gris blanquecino complicaba la tarea.
Cruzo por su mente la idea de que ella podría saber donde observar con tranquilidad a las estrellas de aquel pueblo. Sin embargo, se encontraba en la incómoda situación de no saber cómo dirigirse a ella. Si era una anciana, hablarle sin el respeto adecuado podría hacerlo quedar como un irrespetuoso; mientras que si se trataba de una mujer joven, decirle señora podría caerle mal. Al final, tras unas cuantas angustias mentales más, se decidió por el modo que le parecía más neutral de todos.
Tosió ligeramente, como para llamar la atención de la otra persona, que hasta ese momento parecía estar abstraída en su propia mente por lo quieta que estaba y con su habitual tono de voz cortes pronuncio una escueta palabra.
— Disculpe… —