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Otoño-Invierno de 221

Fecha fijada indefinidamente con la siguiente ambientación: Los ninjas de las Tres Grandes siguen luchando contra el ejército de Kurama allá donde encuentran un bastión sin conquistar. Debido a las recientes provocaciones del Nueve Colas, los shinobi y kunoichi atacan con fiereza en nombre de la victoria. Kurama y sus generales se encuentran acorralados en las Tierras Nevadas del Norte, en el País de la Tormenta. Pero el invierno está cerca e impide que cualquiera de los dos bandos avance, dejando Oonindo en una situación de guerra fría, con pequeñas operaciones aquí y allá. Las villas requieren de financiación tras la pérdida de efectivos en la guerra, y los criminales siguen actuando sobre terreno salpicado por la sangre de aliados y enemigos, por lo que los ninjas también son enviados a misiones de todo tipo por el resto del mundo, especialmente aquellos que no están preparados para enfrentarse a las terribles fuerzas del Kyuubi.
#1

Tomo esta trama con mi segundo hueco de narrador.

Dado que ya tengo otras misiones en curso con mis huecos de rol, no cobraría esta.

El verano finalmente había llegado al País del Bosque, con todas sus implicaciones. Para sus habitantes, la temperatura era aceptable, pero un extranjero que quisiese pasearse por sus bosques seguramente lo iba a pasar mal con los insectos y la calurosa humedad del ambiente. Ya dejando de lado el clima, ahora tocaba centrarnos en las calles Kusagakure, donde un recadero se encaminaba con cierto nerviosismo a lo que era el famoso dojo de Inuzuka Konotetsu. Nuestro versado cartero era un hombre que se cargaba unas cuatro décadas en sus ayeres, pero que desarrolló unas prematuras canas que provocaban que luciera unos diez años más viejo de lo que realmente era.

No iba en búsqueda del anciano, sino de su nieto. Un joven genin que si bien ya tenía su tiempo de estar oficialmente al servicio de la aldea, no tenía un expediente de misiones demasiado destacable. Era sabido que en aquel dojo entrenaban diligentemente a muchos buenos shinobi, pero quizás era hora de sacar de su rutina al más joven de los Inuzuka para que demostrase sus habilidades en combate real. Que si bien existían genin o incluso chūnin con más experiencia, se llegó a la conclusión de que el jovencito tenía aptitudes mucho más adecuadas para el trabajo a realizar. Era hora de poner a prueba sus capacidades.

El mensajero no tenía ganas de quedarse mucho tiempo en aquel sitio. Se trataba de un sujeto ágil, especialista en entregar a tiempo la correspondencia, pero con unos brazos de palillo que parecían que iban a romperse si le soplabas. Eso sí, tenía una muy buena memoria y podrías catalogarlo cómo una brújula humana. Las pesas o el combate directo nunca fueron su fuerte, pero por suerte logró emplearse en el ámbito dónde más destacaba. Sólo con ver a alguien entrenar parecía desmotivarse. Fue así que simplemente llegó pergamino en mano, entregándolo diligentemente y desapareciendo del lugar con una velocidad envidiable.

La convocatoria estaba hecha y sólo quedaba que el joven Etsu y su inseparable compañero se alistase para el encargo.



(C) Los cuatro de Ibaraki


Publicada en: Kusa
Rango recomendado: Genin/Chūnin
Nivel recomendado: ~15
Solicitante: Kusakabe Rao
Lugar: Puente Tenchi

Con los recientes inconvenientes que se han sucedido en relación a las reparaciones del Puente Tenchi, una banda de contrabandistas conocidos cómo los Cuatro de Ibaraki han empezado a causar problemas en el sector con distintas actividades ilegales. Se sabe que han asaltado a comerciantes que transitan en solitario el puente durante las horas de la madrugada para luego revender las mercancías, además de extorsionar a otros tantos para que lleven armamento escondido dentro de sus productos.

Kusakabe Rao ha sido una de las víctimas de este grupo, negándose a seguir siendo cómplice de ellos y obteniendo como resultado el robo de sus productos además de una golpiza que le ha dejado tuerto. El señor Rao a decidido colocar una denuncia formal y solicita el apoyo de un shinobi de Kusagakure para que localice la base de operaciones de los Cuatro de Ibaraki y ponga freno a sus actividades delictivas.

Rao se ha comprometido a brindar la poca información que tiene al respecto para ayudar en las primeras fases de la investigación. Deberán de encontrarse en la salida de Kusagakure, dónde luego han de partir hasta el Puente Tenchi. Rao ha solicitado que se le declare un testigo protegido, por lo que deberá resguardarse su integridad. Se recomienda realizar la misión de incógnito para evitar represalias en contra del informante y aumentar así también las probabilidades de éxito de esta misma.
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#2
El genin tomó del cartero el pergamino, una correspondencia que bien no podía rechazar. Estaba claro, tanto por su sello como por su forma y color, que el mensaje no era una mera carta de promoción mensual por parte de algún supermercado. No, no señor. Etsu agradeció la eficaz entrega al hombre con una cortés reverencia, y tras ello se dispuso a leer con atención el contenido del pergamino. Al joven no le tomó demasiado tiempo el hacerlo, aunque aún intentaba recuperar el aliento. Si, como cabía de esperar, el de rastas se había llevado toda la mañana entrenando.

Los cuatro de Ibaraki... —leyó en alto sin darse cuenta siquiera.

A su vera, Akane no pudo evitar torcer el gesto —¿ababaur? —el can no entendía cómo le solicitaban algo como éste tipo de misiones a un tipo tan bruto como era Etsu. Pasar desapercibido, hacer como que no era un shinobi para que no hubiesen repercusiones...

¿¡Cómo que se han equivocado!?

Baubarauuu... ba.

¡La madre que te trajo! ¡y me lo dice el shinobi que si no hay comida de por medio no se esfuerza! —respondió al can, y casi como de costumbre, cada uno resopló hacia un lado.

Pero, el cabreo no podía durar demasiado, tenían una misión entre manos, y eso era toda prioridad. Siempre lo había sido así, a pesar de que el 90% del tiempo se lo pasaba entrenando. Recogió el pergamino, enrollándolo sobre sí mismo, y lo guardó en su portaobjetos. Tomó aire, y volvió la mirada hacia Akane. Una sonrisa bastó para aclarar sus intenciones, aunque de igual manera... los enfados entre hermanos, aunque frecuentes, nunca solían durar demasiado.

Bueno, es hora de ponerse a trabajar.

Sin demora, tomó su capa de viaje y se la puso sobre los hombros. No tardó en ir a por su preciada hacha, su arma favorita. Bueno, y ya puestos, también se agenció a su hermana pequeña. Sin más tiempo que perder, se dirigió a la salida del dojo. Pero antes de llegar a cruzar siquiera el umbral de la puerta de su sala de entrenamiento, el chico cayó en cuenta de un detalle muy importante. No debían darse cuenta de que era un shinobi.

Casi con una lágrima cayendo por su mejilla, el genin se dirigió al baño antes de abandonar el dojo. Abrió el grifo, y cargó sus manos con agua —es... creo que es la primera vez... que salgo de casa... —y arrastró la carga de sus manos contra sus mejillas, borrando parte de esas marcas rojas tan características —sin ellas... se siente... —y volvió a repetir el proceso, terminando de borrarlas en ésta ocasión —se siente... raro...

Y no era para menos. Pero la misión así lo requería, y no hay nada más identificable en un Inuzuka que esas marcas faciales. Akane, dentro de lo que cabe, podía tomar forma humana.

Un poco inseguro, pues se sentía desnudo sin sus marcas familiares, Etsu salió del dojo. Tomó camino hacia la salida de la aldea, con paso rápido y estable. No quería tardar demasiado, pues de seguro el hombre que había solicitado la misión ya llevaba un rato esperando. Caminó junto a Akane, hasta asomar por la puerta. Allí, alzó la mano para tapar un poco el destelleante sofoco del astro rey, en busca del tipo que había solicitado el encargo.

Habían pocas personas que no encajasen con el lugar, molestas con los incontables bichos o sofocadas por el tremendo calor de esos lares. No, no tardaría demasiado en darse cuenta de que el hombre mas irritado del lugar, y que esperaba a las puertas de la aldea era el susodicho...

Buenas, ¿es usted Kusakabe Rao? —lanzó la pregunta, sin titubear.
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#3
Se trataba de un hombre que media el metro con setenta y ocho, con una cabellera azabache que se desbordaba a manera de puntas en diagonal, dándole un aspecto desaliñado. Sus cejas eran gruesas, y su ojo restante era igual de oscuro que sus pelos. Portaba vendajes aún alrededor de la cabeza, cubriendo su orbe faltante. Poseía una nariz alargada y su mentón era puntiagudo y pronunciado. Era de tes morena y vestía una simple camisa holgada en color café y manga corta con unas bermudas igual de abombados en color celeste pálido en la parte inferior. Para rematar calzaba zōri un tanto desgastadas, dándole un aspecto de hombre sencillo.

—Huh, me mandaron uno avispado. Eso es bueno—. Escupió al suelo.

Se encontraba cerca de un carromato, el cuál era halado por percherón de gran envergadura. Sin embargo, el animal parecía estar bastante incómodo, sacudiéndose las patas a cada rato por los insectos que le rondaban. Ah, y el caballo también.

—¡Joder! Que si me pongo ropa fresca me comen vivo los mosquitos, y si me cubro me horneo como papas rellenas. ¡No hay por donde agarrar este clima!— Se limpió el sudor de la frente. —Si, soy yo. Aunque puedes llamarme sólo Rao, que no me gustan los manerismos— Finalmente se dignó a dirigirle la palabra.

Le observó de arriba a abajo. Si bien no era alguien muy agraciado ni agradable a la vista, sí que tenía bastante músculo. Menos mal no le había decepcionado en ese aspecto. Respecto a su falta de carisma, bueno, él era la persona menos indicada para criticarle.

—¿No le pones correa al perro?— No se sentía en posición de alegar, pues aunque el fuese el cliente y por ende tenía la razón, le parecía tedioso el siquiera abrir la boca para pelear. —No sé para que lo traes, pero espero que limpies si se caga ahí encima— señaló el carromato. —Sube, que quiero salir de este nido de invertebrados mutantes antes de que me piquen y me contagien de alguna enfermedad rara—. sacó una botella con un poco de licor y se echó un corto trago.

Rao no parecía un tipo de fiar, pero al menos podías decir que tenía carácter. Era posible divisar por donde la camisa dejaba visible las cicatrices de tortura en su pecho y brazos, recordando estas a las de un fierro candente con las que marcan al ganado. En su caso, podías imaginarte cómo lo habían golpeado con una sola vara en el torso. Pero estaba ahí, de pie, cómo un árbol.

—¡Ah! ¡Casi se me olvida! ¿Cómo te llamas chico?— preguntaría mientras tomaba las riendas de su caballo.

Parte de los motivos por los cuales eligieron al de las rastas para aquella misión, se basaban en dos de sus principales cualidades. La primera, la habilidad innata para el rastreo de los Inuzuka. La segunda, un repertorio de combate cuerpo a cuerpo que le permitirían lidiar con la amenaza sin recurrir a armamentos demasiado vistosos. El único problema, es que aparentemente el propio Etsu aún no estaba consciente de su propia situación.
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#4
El de cabellera desaliñada pareció sorprenderse de la capacidad deductiva del Inuzuka, una capacidad que en realidad tampoco había sido para tanto. Pero bueno, quizás no todo el mundo tiene la misma idea acerca de los shinobis. De igual manera, pareció agradarle al hombre que no le hubiesen mandado uno un poco menos avispado. El hombre no hacía mas que dar manotazos y patadas al viento, intentando matar sin demasiado éxito al centenar de bichejos que querían ser su amigo. El hombre no tardó en aclarar que sí, se trataba del solicitante, pero que no quería demasiado formalismo en el trato. El pelopincho prefería ser tratado de Rao.

Un placer Rao, mi nombre es Inuzuka Etsu, y éste es Inuzuka Akane. Puedes tratarnos también por nuestro nombre, tampoco somos muy dados a los formalismos...

Rao preguntó si no le ponía correa al can. Como si fuese algo tedioso para él, cuestionó el motivo por el que lo había traído, pues en su cabeza solo veía una maquina de fabricar heces y pis. No tardó en inquirir que subiesen, mas debía hacerse cargo de cualquier catástrofe que el animal pudiese ocasionar dentro del carro. Etsu miró a Akane, y casi rió... pero no pudo hacerlo, no pudo mas que nada por respeto a una persona que no sabía nada de los perros ninja.

Con las mismas, sacó una botella de licor y le pegó un sorbo. Obviamente, hacía tiempo hasta que el chico y el can se animasen a subir. Pero por otro lado, era un poco disparatado, ¿no? es decir, que el hombre iba a estar llevando el carro... ¿no sobraba ese licor?

«¡La reputa... me va a tocar estar atento a éste hombre manipulando el carro...»

De un salto, tanto el chico como el huskie se subieron al carro. Ya tendrían tiempo por el camino de explicarle un poco acerca de porqué Akane también viajaba con ellos. No podía tomárselo mal... cuando hay carencia de información, hay abundancia de ignorancia. No en el mal sentido, todo sea dicho.

Puedes estar tranquilo por Akane, está perfectamente adiestrado. Es casi tan humano que a veces da miedo... —comenzó a dar conversación en lo que se hacía el inicio del viaje —no hay que preocuparse por el can, puedes relajarte en ese sentido.

»Por cierto, para cuando lleguemos, dejaré el pergamino, la bandana, y todas las cosas que puedan hacerme parecer un shinobi contigo. Es una de las condiciones que imponía la misión, espero que no te moleste.

El huskie se mantuvo en silencio y sentado todo el tiempo, si de algo podía presumir, era de inteligencia. Había entendido la hostilidad del hombre hacia su presencia, y tenía claro que cuanto menos molestase, menos problemas habrían. No le agradaba la situación, pero tenían que amoldarse a todo, como buenos shinobis que eran.

«Esos desgraciados... los cuatro de Ibaraki... maldita sea, ¿cómo se puede ser tan hijo d puta?»

Las marcas que Rao llevaba consigo por todo su cuerpo, así como esa venda tapando el ojo, decían demasiado sobre esos maleantes del puente Tenchi. Sin lugar a dudas, eran unos sinvergüenzas, y no titubeaban en absoluto haciendo daño a la gente. El Inuzuka estaba deseando poder actuar, y más aún... poder hacer justicia en tan perturbadora situación.

Esos tipos... ¿podrías contarme mas acerca de ellos? Sé que no debe ser agradable, pero cualquier cosa que puedas decirme, por poca cosa que pueda parecer... quizás me ayuda a encontrarlos con mayor rapidez, y hacerles escarmentar.
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#5
Rao se mostraba ligeramente incómodo con el Inuzuka y su perro. Habló de dejar su indumentaria y su equipamiento, ¿pero qué había del canino? Más, algo mucho peor le estaba carcomiendo los nervios, mucho más que los mosquitos.

{color=darkkhaki]—No, no tienes de que preocuparte chico—[/color]sonrió triste mientras su caballo poco a poco se iba alejando de las puertas de la aldea. —El asunto, quizás es más delicado de lo que parece— le volteó a ver mientras se mordía el labio inferior y luego regresaba la vista al frente. —Es mucho mejor que no sepan que vienes conmigo, porque ni siquiera mi esposa sabe que vine a Kusagakure a pedir ayuda— con nerviosismo, sacó la botella y se dio otro pequeño trago. —Algunos de mis colegas también están involucrados, pero el miedo les puede más que el corazón y me dejaron vendido— sus ojos se pusieron vidriosos.

»Fui el único que se rebeló, y por eso me hicieron esto. Para usarme de ejemplo vivo ante los demás.

Las lágrimas brotaron de sus ojos mientras se agarraba el pecho con la mano diestra. Inhaló y exhaló fuerte, tratando de mantener la compostura.

—Suelen buscar a aquellos que tenemos problemas para transitar por el puente, ya que es mucho más fácil ahora acorralar a alguien en la pasarela cuando no hay trabajadores cerca...— suspiró. —Muchos comerciantes menores del País de la Tierra tenemos pocos medios para sobrevivir más allá de las granjas y de vender productos en el extranjero. Tenemos un pequeño criadero de gusanos de seda. Mi esposa teje dos o tres telas y yo las vengo a ofrecer al País del Bosque. ¿Está embarazada sabes? Aún no sé si será niño o niña— aquellas palabras evocaban una ilusión casi muerta. —No podemos competir con productores grandes, pero por los menos al vender una nos alcanza para subsistir y no morir de hambre. Sin embargo, aún con el miedo de no poder mantener una tercera boca, no quise rendirme ante las demandas de los Cuatro de Ibaraki— apretó las riendas. —Me contactó uno de ellos, al cuál llaman Búho Es delgado, castaño y de ojos azulados. Me estaba extorsionando, diciendo que yo debía pasar cajas con armas a través de la frontera para que luego su comprador recibiese la carga de este lado. Obviamente le dije que no, y ocurrió lo que ocurrió. Hizo que unos cinco de sus secuaces me, me...— Contuvo la respiración.

»Perdón si le doy muchas vueltas, no sé explicarme muy bien. Pero por favor, agradecería que no dijeras nada para que no se enteren. Muchos de mis conocidos guardan silencio porque reciben un poco de comisión por parte los maleantes, aunque no los culpo, que la pobreza que vivimos llega a ser asfixiante; la miseria derrumba hasta el corazón más bondadoso. Sería mentira si te dijera que no me vi tentado a seguirles su juego.

Las puertas de la villa hace mucho tiempo que habían dejado de ser visibles.

—¿Podrías decir que eres mi nuevo ayudante? Con esos brazos será difícil que no te crean, además así por lo menos podré justificar ante mi mujer el hecho de que tomé el dinero que ahorramos para cuando naciera nuestro bebé. Si se entera que gasté nuestro poco dinero en un shinobi, me echará la bronca encima—. Giró lentamente su cuello para pode observar al genin. —¿Saldrá bien, verdad?— nuevamente se mordió el labio.
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#6
En lo que transcurría el camino, Rao informó al Inuzuka de que el asunto era realmente delicado. Tan delicado, que nadie debía saber que iba con él, pues ni tan siquiera su esposa sabía de que había recurrido a buscar ayuda en Kusagakure. El hombre, con los ojos tan brillantes que parecía que se fuese a poner a llorar en cualquier momento, confesó que muchos de sus conocidos estaban en la misma situación, pero que le habían traicionado por puro miedo. Rao había sido el único que se había revelado contra Los Cuatro, y no había terminado bien parado...

Etsu sintió una presión en su pecho equivalente a la que el hombre sentía en ese instante. Pero el hombre sufría por impotencia, por no poder hacer nada con sus propias manos, quizás hasta por el hecho de que le hubiesen traicionado sus supuestos amigos. Pero en contra, el rastas sufría por el hecho de no haber podido ayudarle antes. El chico tenía los puños cerrados con tanta fuerza, que casi sangraban. Era jodido encontrarse en una situación como se encontraba el hombre, y más aún con colegas que le daban la espalda.

Tranquilo Rao, estamos aquí para ayudarte —le puso la mano en el hombro, en un gesto que intentaba ser cercano y de confianza, que buscaba darle apoyo moral en conjunto con sus palabras.

Al parecer, se aprovechaban de las personas que tenían dificultades para pasar el puente, cercándolos y cazándolos por la pasarela cuando no habían trabajadores. Comentó que la situación comercial no era de lo más optima, y que su mujer tejía telas del criadero de gusanos de seda que tenían. Ésto desembocó en una triste ilusión desamparada, según dijo, su mujer estaba embarazada. Lo malo del asunto no era el futuro retoño, si no mas bien todo lo que ello acontecería; una boca más que alimentar, en una situación que para nada era cómoda económicamente. Eso fue uno de los principales motivos para que el hombre se negase a pasar por el aro de los maleantes, seguramente fue el detonante que hizo que se revelase contra ellos.

Entiendo...

Rao dijo que fue entonces, cuando se reveló, que un tal Búho contactó con él. Al parecer ya no solo quería una comisión por cruzar el puente, si no que además quería que hiciese de transportista para sus negocios de armas. Nada mas y nada menos que una extorsión mas, el colmo de los colmos. El hombre se negó, y así fue que terminó la historia...

El pelopincho contuvo el aliento, y terminó por confesar que realmente parte de esos supuestos colegas también habían estado en una situación parecida. Algunos de éstos extorsionados sacaban tajada del contrabando de armas, y eso ayudaba en parte a que no quisieran revelarse, pues la pobreza también les golpeaba duro. Rao en contra, aunque admitió haberse visto seducido por la idea de ese "dinero fácil", no había sucumbido. La pobreza y la miseria hacía que hasta los corazones mas puros se viesen corrompidos... o eso decía haber visto.

Por suerte, no todos caen en el mal camino, Rao. Es difícil afrontar una situación así, me imagino que debe serlo... pero aunque ese dinero fácil pueda ser una ayuda interesante a simple vista, si miras un poco más allá... es un gran problema a largo plazo. Esas armas van a parar a algún sitio, y si las están comerciando de esa manera, de seguro que no van a un buen lugar, o bajo unas buenas manos... —contestó el Inuzuka a esas palabras de Rao. —De verdad que somos afortunados por que haya gente como tú.

El viaje ya llevaba su tiempo, y hacía mucho que habían dejado atrás Kusagakure. Akane seguía con las mismas, sin dar demasiado sobre lo que quejarse. Etsu por su parte, seguía atento a todo lo que el hombre decía. Rao preguntó si podía decir que era un nuevo ayudante, que sería difícil no creerse esa historia nada mas contemplarlo. Además, eso justificaría el gasto de dinero que había hecho, uno demasiado grande y que estaba contemplado para el nacimiento de su bebé. Así, al menos se libraría del reproche por parte de su mujer. La verdad, esas palabras le rompieron el corazón al Inuzuka, saber de dónde había salido ese dinero para pagar la misión había sido un golpe realmente duro. El hombre preguntó si la misión saldría bien, realmente nervioso.

S-si... sí... —contestó el chico, que andaba pensando aún en lo del dinero —por eso no tienes que preocuparte, Rao. Has contratado a un shinobi experto en artes marciales, y que encima está motivado en ésta misión. No me gusta ver una injusticia. No me gusta nada, de veras. Casi tengo ganas de bajarme e ir corriendo hacia el puente y esperarlos para darle una paliza a cada uno... ¡me arde la sangre!

Pero sabía que hacerlo así a lo loco, para nada iba a yudar. Era algo obvio, debía escarmentarlos, pero con cabeza.

Pero bueno, tranquilo que los pondré en su sitio a su debido momento. Por ahora, diremos que soy tu ayudante, y esconderemos las cosas que me pueden identificar. Te aseguro que tus problemas se van a acabar desde hoy.

«Además de verdad... aun tengo que pensar cómo hacerlo, pero no va a quedar esto en una simple paliza a los maleantes... voy a buscar la manera de ayudarte también a tí.»

Ante todo, esa sonrisa que siempre le había caracterizado.
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#7
Etsu sentiría a Rao estremecerse un poco cuando puso su mano en su hombro. No estaba para nada acostumbrado a que se mostrasen piadoso con él, pues la vida misma pareció darle la espalda cuando le dejó aquel destino de pobreza y trabajo. Él no era el único caso, pues casi todo el País de la Tierra estaba sumido en la miseria. Nunca se esperó palabras de aliento por parte de lo que él llamaba "mercenarios con derechos", ya que al menos desde su posición de civil extranjero, le era muy lejana la realidad de las aldeas ninja.

—Se me hace raro recibir consuelo del tipo al que le voy a pagar... ¡no lo digo con mala intención!— se permitió sonreír levemente. —Gracias, gracias...— Y entonces rompió a llorar, liberando de una vez por todas lo que llevaba en el pecho. Hizo amago de aguantarse, por aquello de que él conducía el carromato.

El resto del viaje hasta la frontera transcurrió con normalidad, siendo que de vez en cuando se cruzaban con otros que regresaban en dirección contraria. Sin embargo, aún antes de llegar al puente tomaron una desviación.

—Debemos ir a casa de un amigo para dejar el carromato, que no puedo cruzar al otro lado con todo y caballo— suspiró pesadamente. —Qué fastidio— agachó la cabeza.

Seguirían un camino de terracería, introduciéndose en un bosque cercano para luego encontrar una pequeña caseta pintada de rojo. Rao se acercaría al sitio y sería el primero en bajarse tras frenar, yendo a tocar la puerta con tres golpecitos.

—¡Wagu! ¡Soy Rao!— Anunciaría su llegada.
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#8
El hombre pareció realmente extrañado de la actitud del Inuzuka. No solo se extrañó de que el chico le diese consuelo, si no que confesó que se le hacía raro recibir un intento de consuelo por parte del tipo al que iba a pagar. Intentó menguar la tensión que posiblemente pudiera causar su comentario con una leve sonrisa. Agradeció el gesto de igual manera, pero entonces, estalló a llorar.

«Ostia puta... tío... ¿q-qué...?»

El Inuzuka no cesó el gesto, no pretendía hacerle llorar, pero quizás el hombre realmente lo que necesitaba era desahogarse. No habría tenido nadie con quien soltar todo lo que había dicho al rastas, y seguramente no era mas que tensión acumulada a saber durante cuanto tiempo...

Rao, no a todos nos mueve el dinero... aunque por desgracia, los jefes no suelen moverse demasiado cuando no hay algo en juego. Pero creo, y espero no equivocarme demasiado, que cualquier shinobi con un poco de decencia lo haría sin tener en cuenta el salario.

Ante todo, el Inuzuka no podía permitirse el lujo de dejar de lado esa sonrisa que siempre iluminaba hasta la peor de las situaciones. Entre tanto, seguían avanzando en el carro, hasta el punto que llegaron a una zona donde el hombre pareció decidir dejar de lado el carro. El tuerto comentó que se acercaría a casa de un amigo, donde lo dejaría para poder cruzar. Era un auténtico fastidio, agachó la cabeza en un gesto de desdén.

Bueno, piensa que ya será la última vez que tendrás ese problema... —hizo hincapié en que terminaría zanjando el asunto.

Terminaron tomando una delgada senda de tierra, por la cuál se adentraron en un bosque cercano al puente. En mitad de la nada, se toparon con una caseta roja frente a la cuál se detuvieron. El genin se quitó la capa de viaje, y envolvió en ella sus hachas, la bandana y su portaobjetos. Con todo envuelto por la oscura capa formando un solo bulto, lo dejó acoplado en el costado del interior del carro.

Rao bajó del carro, y tomó camino a la susodicha caseta, donde tras dar tres golpes secos en la puerta, alzó la voz llamando a un tal Wagu. El Inuzuka bajaría también del carro, dejando de vigilante de sus pertenencias a Akane. Con las mismas, se dirigiría hacia donde estaba Rao. Total, era su nuevo ayudante... no iba a quedarse plantado ahí sin mas, debían tenerlo en cuenta los supuestos amigos, debía actuar como uno más.
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#9
—¡Voy, voy!— Inmediatamente se asomó tras la puerta un hombre castaño, regordete. Es más, era tanta su grasa, que la panza sobresalía por debajo de su estiradísima camisa amarilla. Poseía ojos azules y la sonrisa de un tipo que jamás iba a matar a una mosca. Ah pero claro, parecía que con otros animales más carnosos si echaba machete sin remordimientos en la conciencia. —¡Rao viejo amigo! Así que al fin vuelves a las andadas, ¿eh? Joder macho, que creí que te daba por perdido— Le colocó la mano al hombro. —Me alegra ver que te has recuperado, fue... duro lo que ocurrió— de afable pasó a deprimido. —No quisiera estar en tus zapatos, teniendo a tu mujer embarazada. Yo por eso no me caso— bromeó para desviar la atención.

—Justamente por ello debo regresar a casa— se rascó la nuca.

—¿Oye y quién es el nuevo? Joder, pareces un leñador. Te daría la mano pero creo que me la rompes si te la estrecho— el bonachón echó a reír mientras se sujetaba la lonja.

—Él es mi nuevo ayudante, es...— Se giró para ver a Etsu y sonrió nervioso, cómo si quisiese que continuase él con la presentación.

—¿¡Hombre ya se van!? Que recién logro verte de nuevo y te vas de inmediato. ¡Ni de broma! Aunque sea les invito un cafecito antes de irse, que si van a transitar el resto del camino a pie necesitarán energías. ¿Qué dicen?— Se llevó las manos a la lonja donde supuestamente debería estar su cintura.
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#10
Una voz grave y tosca atendió a la llamada de Rao. Al salir, pudo reconocerse fácilmente de quien era tan profunda voz, un hombre que bien podía ser carnicero, o por lo menos la carne no le faltaba. Si bien la camiseta era grande, más grande aún era su barriga, pues ésta sobresalía por todo recoveco que la camiseta dejaba antes de llegar a topar con el pantalón. Si, se podría decir que el hombre podía ser capaz de arruinar un buffet en tan solo unas horas.

El hombre pareció alegrarse de ver a Rao, insinuando que creía que ya no volvería a intentar mantener su negocio tras la paliza. Aclaró, por si no estaba bien resuelto ya, que la paliza había sido una barbaridad. Pero aun así, hizo hincapié en que sobretodo teniendo una mujer embarazada, no habría arriesgado tanto. Incluso se permitió el lujo de bromear con respecto a ello...

Rao se rascó la nuca, algo incómodo, y dio a entender que por eso mismo era que debía regresar a casa. Pero en ese instante, los ojos del regordete estaban fijos en el Inuzuka, analizándolo e inquiriendo tras ello saber quién era. Wagu confesó que no tenía confianza de darle la mano al nuevo, pues por su pinta podría estrujarle la mano en el apretón hasta rompérsela. Quizás razón no le faltaba, pero bueno... Etsu no era de esos. Fue en ese mismo instante, justo antes de que el rastas hablase, que Rao contestó que se trataba de su nuevo ayudante.

Etsu afirmó con un gesto claro de cabeza en vertical, confirmando lo dicho —mi nombre es Onome Kito, encantado.

Para cuando la presentación terminaba, el hombre cayó en cuenta de algo, lo último que había dicho Rao. Wagu apresuró a intentar convencer a su amigo de que se quedase, que no podía irse tan pronto tras tanto tiempo sin verse. No pecó en falta de hospitalidad, y ofertó un café para retomar energías para antes de proseguir el viaje. Etsu miró a Rao, dudando de cuál sería su postura con respecto al tema. Tenían que continuar el viaje, eso estaba claro... pero, ¿sería buena idea dejar a su colega con dudas acerca de su regreso o de su supuesto nuevo ayudante?

Cualquiera podría dudar.

En realidad, si solo es tomar un café... por mi estaría bien. Pero, el jefe es el que manda.... jajaja.

Ante todo, debía asumir su rol en ésta misión. Si era ayudante, no debía ceñirse a dar ordenes o contradecir a Rao.
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#11
—Pues yo...— No iba a terminar la frase.

—¡Anda Rao no te cohíbas que estamos en confianza!— Se acercó para darle una palmada en la espalda que por poco y lo tumba de cara. —Además así puedo conocer mejor al muchacho, que si va a trabajar contigo mejor que se vaya familiarizando con el entorno— el gordinflón le guiñó el ojo al Inuzuka

—Bueno, supongo que si que Kito no tiene pegas yo tampoco— se irguió con una sonrisa nerviosa.

—¡Adelante pasen!— Anunció mientras se adentraba de nuevo a la caseta, esforzándose para que su cuerpo no se quedase atascado en el marco de la puerta.

Rao observaría a Etsu y suspiraría encogiéndose de hombros. Luego de que Wagu entrase, el tuerto se adentraría a la caseta.

Era un sitio pequeño, o al menos así lucía considerando que el panzón ocupaba buena parte del espacio del mismo. Las ventanas no tenían cristal, sino que simplemente era un armazón de madera para abrir y cerrar. Había una pequeña hornilla de aceite sobre la cual Wagu puso a calentar una jarrilla con agua mientras un viejo fonógrafo emitía una alegre y antigua melodía. Había una rústica mesa de metal, rodeada de unos cuatros bancos de madera un tanto viejos también. El gordo les ofreció un banco a cada uno, mientras el ocupaba los otros dos, colocando una nalga en cada uno porque de otra manera no iban a soportar todo su volumen.

—Dime Kito, ¿de dónde eres? ¿Cuantos años tienes? ¿En qué trabajabas antes para tener semejante brazo? ¿Quieres una o dos cucharaditas de azúcar con el café? ¿Tienes alguna hermana o prima para presentarme?— No parecía que fuese a parar.

—¡Joder hombre! ¿Qué es esto, un interrogatorio?— Rao observó a Etsu y le dedicó una reverencia improvisada en señal de disculpa. —Perdónalo, que Wagu es muy efusivo— se estiró el pelo desde la frente hacia atrás, aunque las puntas rebeldes regresaron rápidamente a su despeinada forma, negándose a obedecer. —¡Al menos dale espacio para responder joder!— se dirigió de nuevo al gordo.
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#12
El pelopincho no llegó a terminar lo que quería, o no, decir para cuando el llamado Wagu le asestó un confortable y destructivo guantazo en la espalda. Tal fue la fuerza del hombre que casi desmonta al pobre tuerto, de no ser porque reaccionó a tiempo, también habría quedado sin dientes además de lesionado de la vista. Animó a Rao a que entrase, a que no se cortase, por no hablar de que inquirió que así conocería mejor al nuevo y podría ir palpando el terreno. No se cortó un pelo en guiñarle el ojo, con la incertidumbre que eso provocaría realmente en el Inuzuka... ¿lo diría por el acostumbrarse a que los matones lo determinaban todo, o lo decía por el ir tomando contacto con el resto de comerciantes?

Rao terminó aceptando a regañadientes, con una sonrisa nerviosa. Pero su compañero insistió, abriendo paso por el umbral de la puerta con la apertura de la misma. Wagu fue el primero en entrar, tras ello Rao, que se encogía de hombros y suspiraba. Quizás él no había entendido el propósito de Etsu, pero fuere como fuere, debía seguir recopilando información. Todo lo que pudiese averiguar de ese hombre, bueno sería.

La residencia del hombre lucía realmente rústica, más campestre que una cabra. Las ventanas eran solo de madera, no había cristal; la mesa y los asientos parecían estar elaborados a mano, por no hablar de los años que podían tener de vida; y los hornillos de la cocina podían tener la misma edad que su abuelo, así como el mismo óxido. Lo único alegre que se podía sacar de la instancia, era ese sonido tan alegre y rítmico que emitía el destartalado fonógrafo. Antes de tomar asiento, el panzudo puso a calentar un poco de agua, y ofreció a los invitados unas banquetas. Tras ello, ahora sí que tomó un par de asientos, uno para cada nalga.

Un inciso en la efímera tranquilidad, el gordinflón llamó la atención de Kito. Tras ello, una batería de preguntas. De donde era, cuantos años tenía, en qué trabajaba antes, cuánto azúcar quería en el café, e incluso si tenía alguna chica que presentarle. Al Inuzuka eso lo tomó un poco por sorpresa, el que no le dejase ni tiempo para contestar...

Rao cortó el cuestionario, poniéndose autoritario por primera vez. Resignó ante la efusividad de su conocido, pero al menos inquirió que dejase al chico contestar al menos. Etsu no pudo evitar reír, realmente era graciosa la situación.

Jajajajaja... no pasa nada, jefe —intentó disminuir la posible tensión —pues verás, soy de un pueblo a unas decenas de kilómetros al sur de Tane-shigai, que se llama Urumuku. La verdad es que el pueblo está casi en las últimas, es muy difícil sobrevivir por allí... así que cuando mis padres decidieron irse a la capital, yo les dije que era mejor opción ir a otro pueblo. En las capitales no trabajan el campo, no saben lo que es... y nosotros siempre hemos vivido de lo que hemos cultivado y vendido. En fin... terminamos peleados, y yo terminé deambulando hasta que topé con éste hombre —hizo un inciso, para señalar a Rao —Rao. Siempre lo he pensado, el destino es realmente caprichoso... para bien o para mal. Aunque, esperemos que sea para bien... jajajaja.

Se llevó la mano al mentón, intentando recordar el resto de preguntas, entonces chasqueó los dedos —ah, si. Tengo diecisiete años recién cumplidos. Antes me dedicaba a cultivar el campo, y hacía y hago bastante deporte cuando no estoy trabajando. No considero que tenga los brazos demasiado grandes, pero tampoco me quejo... jajaja.

»Lo de presentarte a una prima... la verdad es que lo tengo difícil, no tengo ningún contacto con mi familia desde hace varios meses, y hermana no tengo. Soy hijo único, para bien o para mal.

«Bueno, creo que ya lo respondí todo... ¿no?»

Para ese entonces, pudo observar el agua, que comenzaba a hervir y sonaba su burbujeo. El Inuzuka alzó su indice, en un gesto de rememorar la pregunta que sin saberlo aún no había respondido —¡ah! es cierto, dos cucharadas de azúcar para el café, por favor.
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#13
Wagu se sintió alegre al ver que Kito era un tipo amigable y condescendiente con el cuál se podía ser coloquial. Lo que no sabía, era que Kito no era Kito, sino Inuzuka Etsu. Por suerte, la coartada que el genin de la hierba estaba montando resultaba natural y creíble. Aquello era más que suficiente para no levantar sospechas, al menos no de manera inmediata. Lo que el joven genin no sabía, es que se había adentrado en la boca del lobo mucho antes de siquiera darse cuenta. Si recordaba las palabras de Rao, debería sospechar que la mayoría de los trabajaban para los Cuatro de Ibaraki estaban más que comprados. Muchos de ellos, amigos del propio tuerto.

Wagu no era la excepción.

—¿Urumuku? Joder, no recuerdo haberlo oído nunca. Tan pequeño e insignificante ha de ser para que tú seas el primero que conozco de ahí. Más parece el nombre de un bicho raro que un lugar habitable— Se llevó ambas manos al estómago y carcajeó, dando el efecto de que sus llantas también estaban sonriendo. —Con que campesino, ¿eh? Muchas veces he escuchado historias similares a la tuya, sinceramente es algo con lo que muchos cargan... Fue valiente de tu parte buscar tus propias oportunidades aún sin la aprobación de tus padres, pero a veces todos tenemos que tropezar para aprender un poco— Le dedicó una para nada discreta mirada a Rao.

—Yo también espero que sea para bien— Quiso alejar su atención de Wagu para dirigirse a Etsu con una suave sonrisa.

—¿Y qué deportes practicas? Que mira que estás mucho más fornido que la mayoría de labradores del campo que conozco, que no son pocos— Se cruzó de brazos y alzó la ceja, sin perder su afable sonrisa. —¡Lo de la parienta era broma hombre! JAJAJA. Aunque me desilusiona un poco escuchar eso también— continuó riendo.

—Joder, nunca aprendes— Se restregó la cara con la mano.

El gordo se levantó para revisar la jarrilla de agua, tomando tres tazas de peltre antiguo para preparar el café. Echó cinco curachadas en una, dos en la otra, y media en la última.

—¿Oye Wagu qué crees que haces? Sabes que me gusta sin azúcar— frunció el ceño y puso pico de pato.

—¡Tonterías! Necesitas aunque sea un poco de dulzura en tu vida, a ver si se te quita el carácter amargado— bromeó mientras iba sirviendo las respectivas tazas de una en una. —Somos una gran familia aquí, Kito. Creo que te amoldarás muy bien— y de pronto, Wagu bajó las cejas y la sonrisa se desdibujó, triste. —¿Rao ya te contó...?

—¡Wagu!— Rao se puso nervioso, aunque no sabía si debería estarlo. Simplemente no esperaba ese tipo de actitud, por lo que al no saber cómo manejarlo el estrés salió a flote de nuevo.
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#14
Wagu quedó extrañado ante el nombre que recién se había inventado el Inuzuka de un pueblo. La verdad, no era para menos, el nombre era quizás un poco disparatado. Pero, por suerte el gordinflón no hizo demasiado hincapié en ello, tan solo comentó lo extraño que era, y que mas bien parecía el nombre de algún bichejo antes que de un pueblo.

Y tanto...jajajaja —le dio la razón al hombre.

Poco después, el gran hombre —en el sentido mas literal de las palabras— fue bastante receptivo con la historia que Etsu se estaba sacando de la manga. No era el único campesino al que le había pasado eso, de hecho... gran parte de su historia se basaba en la de Rao. Quizás por eso, podía soltarla con mas libertad, porque recién la había escuchado y la tenía bien cercana. Aunque las palabras del gordo no llegaron a buen puerto, poco después de ser receptivo, terminó con que todos terminaban aprendiendo a base de tropezar. Su mirada descarada a Rao fue... de lo más hiriente.

Rao sin embargo, no quiso meterse en el tema, no quiso ni contestar al hombre. En vez de eso, el pelopincho aclaró que también esperaba que lo caprichoso que era el destino fuese para bien, respondiendo a Etsu. El Inzukuka sonrió, y afianzó las palabras del Rao con un gesto afirmativo de cabeza.

El gordo preguntó de nuevo a Kito, en ésta ocasión por el deporte que hacía. Insistía en que se le veía mucho mas fornido que al resto de campesinos que conocía, y que no conocía a pocos. Además, hizo un inciso para dejar claro que con lo de la chica tan solo bromeaba, que no lo decía en serio. Rao se llevó la mano a la cara, y se quejó de la actitud del gordo con desdén. Al parecer, siempre solía hacer las mismas bromas, o a saber por qué lo decía...

Pues la verdad, en mi pueblo se puso bastante de moda eso que llaman peso muerto. Consiste en hacer ejercicios de repetición con tu propio peso, usando solo el cuerpo para ejercitarte, pero con muchas repeticiones. Los amigos lo hacían una vez al día; unas tandas de 20 flexiones, 20 abdominales, levantarse 10 veces por encima de una barra, y correr casi 5 kilómetros. Yo sin embargo, me lo tomé un poco mas en serio... si haces eso una vez al día, te puedes poner fuerte. Si lo haces dos veces al día, te pones el doble de fuerte... pero si lo haces cinco veces al día, seguro que te pones fuerte. Y, creo que se me fue un poco de las manos... pero oye —se flexionó un poco hacia delante, recortando distancias con Wagu —se liga un montón así. El esfuerzo merece la pena... jajaja.

Poco después, Wagu discutió un poco con Rao. El hombre le añadió un montón de azúcar al café, y al parecer a Rao le gustaba el café sin azúcar, lo cuál llevó a que tenía que endulzar un poco su vida, y dejar de lado esa cara de amargado. Inquirió que eran una gran familia, y afirmó que Kito se integraría muy bien en ella. A cada palabra que el hombre decía quedaba mas claro su posición con respecto al tema, Rao no exageraba cuando le contó la situación. El gordo, de manera descarada, preguntó si ya le había contado el jefe sobre ello. Obviamente, Rao se sobresaltó, no esperaba esa actitud, y los nervios le llevaban de cabeza.

Pues, la verdad es que el jefe me ha contado muy poco sobre eso. No suele tener buena letra cuando habla de ello... —miró a Rao, y le guiñó el ojo que justamente por la posición del rostro el gordo no vería —pero, bueno. Supongo que es normal no tener muchas palabras cuando empiezas con mal pie.

»La verdad, me gustaría saber qué opinas tu del tema. E incluso que me lo expliques, siempre y cuando al jefe no le importe... ya que no le gusta hablar del tema, sería una buena ocasión para tener otro punto de vista. Total, si vamos a formar parte de la familia, todos son hermanos... ¿no?
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#15
Wagu se mantenía relajado, tomando de su propio café.

—Eres listo— se permitió estirar el dedo aún sujetando la taza de café alzándola y señalándolo al mismo tiempo. Quizás se estaba pasando de listo. —Realmente, si me lo pones así, no sé por dónde empezar— arqueó el brazo con esfuerzo intentando rascarse la espalda.

Rao se llevó la mano a la cara y agachó la cabeza, negando varias veces. No se fiaba del todo de que tan bien podía salir aquello. ¿Qué tanto podía confiar en Wagu? ¿Podía realmente dejar que Etsu llevase el ritmo de la conversación? Hasta ahora, había fingido que no pasaba nada, pero sin duda tenía resquemor por que fue uno de los que le abandonó a su suerte. Sacar el tema a relucir le generaba bastante malestar.

—Rao. No es por nada, pero debiste informar mejor al chico, que lo estás metiendo a terreno peligroso— suspiró. —Has de estar molesto pero... ¿Qué podíamos hacer nosotros?— Le miró, pero el tuerto no le correspondió. —De todas formas, si volviste es porque esta vez harás lo correcto y acatarás al pie de la letra. ¿O acaso esperabas regresar sin que los Cuatro de Ibaraki quisieran pedir explicaciones? Tarde o temprano van a venir a hablar contigo, además de que has arrastrado a Kito contigo ahora.

Se levantó de su asiento y fue a por una canasta con servilletas de tela envolviendo algo. No sería sino hasta que la colocara en la mesa y la descubriera que verían que se trataba de unos pocos panes de manteca.

—¿Algo dulce?— sonrió triste. —Creo que ahora si te puedo explicar mejor, ¿crees en el gris de la moral?— le miró con duda. —Antes, una familia ricachona y poderosa que se decía era oriunda de la Ribera Norte solía ofrecer apoyo a algunos de los comerciantes pobres tanto del País del Bosque como el de la Tierra. Se les llamaba Takanashi, pero tenían un aire de misterio que les rodeaba. Eran extraños, pues mantenían a raya a las organizaciones criminales que intentaban cercar las rutas de comercio. Se podría decir que los controlaban hasta cierto punto, encargándose del trabajo que debería ser más de las autoridades en realidad. Sin embargo, por alguna razón, de la noche a la mañana dejaron de prestar ayuda a la gente. Así de simple, nos dejaron tirados y desparecieron. Nadie supo localizarlos luego de eso, pues siempre trataban de mantener su existencia lo más secreta posible.

»Varios traficantes y asaltacaminos empezaron a hacer de las suyas cuando tuvieron la carta libre. Pero entonces los Cuatro de Ibaraki aparecieron y empezaron a ganar fuerza en la frontera... Nos dijeron que si cooperábamos con ellos, eliminarían a la competencia. Y así lo hicieron.

—Que bonito suena si lo adornas así— interrumpió Rao. —Una extorsión, eso es lo que es.

—¡Por favor Rao! Sólo nos quedan los Cuatro de Ibaraki para suplirlos. Nos dan protección, nos ofrecen incluso sustento monetario a diferencia de los imbéciles Takanashi. Si de todas formas íbamos a caer en las garras de rufianes, mejor que sea en los que al menos son condescendientes con nosotros.

—¿Aún siendo cómplice de sus crímenes?

—Sabes bien que la situación de Tsuchi no Kuni es deprimente. ¡Somos la nación más pobre del continente! Yo antes creía que viniendo de este lado del puente las cosas iban a ser diferentes, pero al final no había otra salida.

De pronto, Etsu se había convertido en un espectador forzado de aquella discusión.
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