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Situación actual: Tras la reunión mantenida por los Kage en el Valle de los Dojos, se ha firmado una renovada Alianza de las Tres Grandes. Uzushiogakure, Kusagakure y Amegakure unen fuerzas contra la invisible amenaza de los Ocho Generales de Kurama. Así, sus ninjas prometen velar por la paz y colaborar compartiendo cualquier información que obtengan de estos, tanto como garantizar la seguridad de los tres Guardianes jinchuuriki, Uchiha Datsue, Eikyuu Juro y Aotsuki Ayame.

Se está construyendo un complejo circuito de vías de ferrocarril a lo largo y ancho de Oonindo. Se prevee que el servicio de trenes del continente se inaugure a principios de Viento Gris. Al mismo tiempo, en secreto, se está instalando una red de telefonía internacional para altos cargos. Este es un secreto que los shinobi han jurado guardar para sí mismos. El teléfono está disponible de forma local en cada una de las aldeas, y aunque en Amegakure ya existía, en Uzushiogakure y Kusagakure está suponiendo toda una revolución.




Adiós, Hermano
Datsue Sin conexión
Jōnin de Uzushio
Jounin de Uzushio
Nivel: 32
Exp: 13 puntos
Dinero: 350 ryōs
#1
Era un día gris, aquella tarde. De nubarrones oscuros que se negaban a llover. De calles vacías, sin niños inundándolas con sus chillidos y carcajadas. De cerezos cuyas flores se negaban a abrirse, sin una sola brizna de viento haciendo sonar sus ramas. Ni trayendo consigo el característico aroma salado del mar. Un día sin sol. Un día oscuro. Un día triste.

El Jardín de los Cerezos estaba plagado de siluetas vestidas de negro. Empezaba a ser tónica general, allí. Hacía algo más de un año, la tragedia había sacudido la Villa con la matanza hecha por Zoku. El Consejo de Sabios. Senju Nabi. Furukawa Eri. Otros tantos habían muerto.

Ahora, como si estuviesen maldecidos tras la muerte de Shiona, la historia se repetía. Uzumaki Goro. Varios Chunins. Y otros tantos. Entre ellos, un joven de facciones escuálidas, nariz torcida y con una cicatriz en los labios. Entre ellos, un chico que iba a cumplir los dieciséis en una semana. Entre ellos, alguien que de no haber sido por sus logros, y por sus acciones, no hubiese llamado la atención de nadie. Entre ellos, el mejor amigo que Datsue había tenido en su vida.

Entre ellos, su Hermano.

Datsue creía haber tocado fondo con la pérdida de Aiko, pero se equivocaba. Con Aiko, sentía que alguien le clavaba un puñal en el pecho y se lo retorcía cada vez que pensaba en ella. Con Akame, era un dolor distinto. Un dolor hueco. Sentía, que le habían cortado un trozo de su propio ser. Que le habían arrancado algo de su misma esencia. Que algo en él había cambiado para siempre. No a nivel emocional, no en cuanto a tristeza o rabia, sino de manera mucho más profunda. Como si ya nunca más pudiese volver a ser el mismo. A estar completo.

¡Tan…! ¡Tan…! ¡Tan…! Resonaban las campanadas por toda la Villa.

El sacerdote hablaba. De uno. De otros. A Datsue le costó escucharle cuando llegó el turno de Akame. Aquel hombre no le había conocido como él lo había hecho. No sabía de lo que hablaba. Se había quedado en la superficie de su grandeza, sin comprender verdaderamente su esencia. Y lo que le había hecho grande no era un mero título. No era haber sido campeón del mayor torneo de las últimas décadas. Ni ser Jinchūriki. Ni haber acabado con Zoku. Ni haber sacado a un Jinchūriki descontrolado del estadio.

No, lo que le había hecho grande, eran los pequeños detalles. Esos que el mundo no recordaría, salvo Datsue. Lo que le había hecho grande era que, tras perder a Haskoz, y a todos y cada uno de sus compañeros de promoción, se hubiese levantado. Hubiese seguido haciendo amigos, creando lazos. Lo que le había hecho grande era que, tras la muerte de Koko, siguiese dándole una oportunidad al amor. Volviendo a ilusionarse. Volviendo a dejar entrar la felicidad en su corazón. Lo que le había hecho grande, era haber protegido siempre a sus compañeros y amigos. Como mejor sabía. Por mucho que estos no siempre se lo pusiesen fácil. Por mucho que su imagen se viese deteriorada a veces.

El sacerdote terminó de cantar su Sutra. Una a una, las personas fueron acercándose a dejar sus rosas blancas. Una muchacha de cabellos blancos se fue visiblemente emocionada tras dejar la suya. Era a la que, un día, Akame había comprado flores junto a Akimichi Akane. Uzu jamás vería florecer aquel romance. Datsue tampoco.

Datsue se acercó el último, a pasos lentos, buscando con la mirada cierta foto.






[Imagen: 25aq14j.jpg]






Cuando la encontró, le lanzó su rosa, que desentonó ligeramente con las demás. La suya no era blanca. La suya era color caqui. Activó el sello de la Hermandad Intrépida que le unía con su Hermano.

¿Sabes? Ahora comprendo lo que me dijiste aquella vez. —Datsue hablaba de su reencuentro tras el torneo. ¿A qué se refería? Eso… Eso era algo que solo les pertenecía a ellos dos—. Yo… nunca supe lo que era ser ninja hasta que te conocí. Todavía me cuesta —tuvo que reconocerle, sabiendo que él era al único al que jamás había podido engañar—. Yo… D-diooss —se le escapó el aire por la boca mientras hacía una mueca parecida a una sonrisa de impotencia. Le costaba. Le estaba costando mucho—. No tengo palabras para describir lo que me duele perderte, Hermano —con la última palabra, su voz amagó con quebrársele con el llanto. Lo contuvo. Le picaban los ojos y sentía las pestañas húmedas al parpadear—. Teníamos tantas cosas por hacer. —Tantas cosas de las que hablar. Tantos sueños por cumplir—. ¡Se suponía que íbamos a comernos el mundo! ¿Por qué tuviste que abandonarme, hmm? ¡Te odio! —cerró los ojos con fuerza para contener las lágrimas. Le odiaba, le odiaba, ¡le odiaba! Aunque, en realidad…—. Odio tener que perderte.

Se le cortó la voz en el último momento, y tuvo que llevarse una mano al rostro. Su cuerpo se convulsionó, por así decirlo, en un llanto mudo. Estaba rodeado por su gente, pero, en aquel momento, se sintió más solo que nunca.

Lo siento, compadre —dijo, forzando una sonrisa que le salió triste, mientras se restregaba las lágrimas y se obligaba a serenarse—. Sé que un ninja nunca debe mostrar sus emociones. Lo sé.

»Solo quiero que sepas una cosa antes de irte, compadre. Yo… Yo sé que ninguno de los dos éramos muy buenos demostrando nuestros sentimientos. Pero tú… me demostraste con hechos que yo te importaba, más de lo que le importaba a nadie. Incluso si esas acciones me hacían ponerme en tu contra. Y yo en cambio —Apretó los dientes mientras negaba con la cabeza, aspirando con fuerza para sorberse los mocos. Apretó los ojos con todas sus fuerzas. Pero no podía, no podía, no podía... No podía evitar que las lágrimas le cayesen por las mejillas—. Yo en cambio no te supe v-valorar. Siempre te estaba echando cosas en cara últimamente. Pero tienes que saberlo, Hermano. —lloraba a lágrima viva y la voz había terminado por rompérsele por completo.

»Tienes que saber que yo siempre te he querido —¡Más que a nada ni nadie en este jodido mundo!

Hundido, tuvo que dar media vuelta. Por mucho que se había prometido ser fuerte, el llanto se había apoderado de él. Y llorar en público no era propio de un Jounin, menos de un verdadero profesional. Salió corriendo, llorando como un niño pequeño, y de sus labios tan solo asomó un último...







Adiós, Hermano.
¡Agradecimientos a Daruu por el dibujo de PJ y avatar tan OP!

Grupo 4:
Datsue, Nabi, Stuffy y Eri, (Despedida, 218), Poder 60

Grupo 5:
Datsue y Soroku, (Viento Gris, 218), Poder 60

Grupo 7:
Datsue y Juro, (Aliento Nevado, 218), Poder 60

Grupo 9:
Datsue, Daruu y Ayame, (Primera Flor, 219), Poder 60
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Datsue Sin conexión
Jōnin de Uzushio
Jounin de Uzushio
Nivel: 32
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Dinero: 350 ryōs
#2
Minutos más tarde, se produjo una procesión funeraria. Los ataúdes de Akame, Goro y el resto fueron llevados a hombro hasta el cementerio, en un silencio sepulcral. Se produjo un hecho curioso, cuando la última tumba fue sellada. Un hecho que Datsue no vio, pues se había ido, entre llantos, muy lejos de allí. Las nubes se abrieron lo suficiente como para que un rayo de sol las traspasase. Y aquel diminuto haz de luz dorado fue a posarse en un sitio muy concreto. En un cerezo, en una flor cerrada que de pronto se abrió…


… ante la sonrisa que alguien le regalaba desde el cielo.
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Eri Sin conexión
Jounin de Uzushio
Jounin de Uzushio
Nivel: 21
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Dinero: 2050 ryō
#3
Las nubes, oscuras y amenazantes, querían también hacerse un hueco en aquel día entristecido. Eri se encontraba entre el cúmulo de gente que vestía de aquel apagado color, oscuro, para que todas las miradas se posasen en los ataúdes que se encontraban a escasos metros de su posición. Ella estaba allí, oculta, vestida con una túnica oscura y el pelo recogido, sujeto por una diadema, porque ellos se merecían sus pensamientos, porque se merecían estar entre ellos, vestidos de negro y dedicándoles unos últimos momentos a aquellos caídos, pero no, su turno había llegado, más pronto que tarde, más injusto que ninguno, pero ahí estaban.

Y ya no podían volver.

El Jardín de los Cerezos no podía estar más mustio que aquel día, que, al igual que el cielo, parecía querer acompañar el ánimo y las lágrimas que allí caían. Eri recordaba aquello que le habían dicho un día, una vieja leyenda sobre aquel lugar: cuando alguien nacía, un cerezo florecía; pero nunca estuvo más en desacuerdo. ¿Y sí el dicho era al revés? ¿Y si todos aquellos caídos de Uzushiogakure dejaban su alma en uno de aquellos cerezos para estar siempre en su villa? Negó.

Delirios de una joven, pensó.

Pero en lo más hondo de su ser, deseó que Uchiha Akame, junto a Uzumaki Goro y el resto de Chuunin perdidos, tuviesen una segunda oportunidad allí, en aquel inmenso Jardín al que llamaban hogar.

La pelirroja levantó la mirada del suelo y la fijó en el ataúd donde estaba Akame, y no pudo evitar pensar que, a lo mejor, si él hubiera estado preparado, otro gallo cantaría. Él era el profesional, quien había realizado una misión con ella de forma satisfactoria, quien había calmado su miedo, quien había ayudado a sellar a Ayame de vuelta, y quien, pese a todo, ella había juzgado por su modo de pensar, y ahora, todo aquello que había pensado de él se había reducido a cenizas, ¿y qué si había esposado a Daruu? ¿Y qué si había pensado que no tenía razón? Pese a todo aquello que los diferenciaba, para Eri, Uchiha Akame era su compañero.

Y que él no estuviese... No cambiaba aquel aspecto.

Una lágrima traicionera se escapó de uno de sus ojos, ¿cuál? Daba igual, Goro, Akame, todos se merecían lágrimas, se merecían ser recordados. Y sollozó, limpiándose torpemente con sus manos.

¡Tan...! ¡Tan...! ¡Tan...!

No escuchó las palabras vacías del hombre encargado de darlas. No. Deberían hablar aquellos que conocían a los caídos, pero no vio a Datsue, o quizá no quiso verlo. Era una cobarde y no se merecía el título de amiga a sabiendas de que él lo estaría pasando fatal, pero no había podido hablar con él, y Datsue, seguramente, estaba destrozado, tanto por fuera como por dentro.

Pero aquel día no podía lamentarse de ello, no; aquel día solo podía lamentar no haber estado allí, como la mayoría de sus compañeros jounin, e intentar salvar a sus compatriotas. Aquel día serviría para honrar la memoria de Akame, de Goro, de aquellos caídos, y recordarles, poco a poco, con una sonrisa melancólica y buenas anécdotas que contar.

El sacerdote terminó, y poco a poco todos se fueron acercando a depositar su rosa blanca. Ella llevaba varias, para dejar una a cada compañero fallecido, parándose frente a la de Akame unos segundos, mirando detenidamente la foto que enmarcaría sus facciones de por vida: su nariz torcida, su labio cortado, sus cabellos azabaches.

Incluso terminó por pensar que tenía su encanto.

Ojalá todo hubiera sido diferente —murmuró, acercándose la rosa que iba a dedicarle—. Ojalá estuvieras aquí todavía, ojalá... Ojalá.

»Siento todo aquello que pensé, siento no haberte respetado, ni a ti ni a tus pensamientos; es más, ni si quiera coincidimos mucho para agradecerte lo que hiciste por mí, por Ayame y... Y por Datsue —se lamentó, cerrando los ojos y dejando que sus lágrimas cayesen sobre los blancos pétalos de su rosa—. Espero que ahora descanses, Uchiha Akame, te lo has ganado.

Contempló la pequeña rosa y el lazo que había enlazado a ella, de color carmesí, con un pétalo de cerezo atado a él, y lo depositó lentamente.

Junto con el montón de rosas que había bajo él.

Dándole una última despedida al chico que había demostrado tantas cosas y que ahora reposaba allí, inerte, sin vida.

Y él no se lo merecía, como ninguno.

Adiós, Uchiha Akame, Jounin de Uzushiogakure no Sato, compañero y amigo, espero que descanses en paz.
Hablo (Crimson)«Pienso»
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Reiji Sin conexión
Civil en Uzushio
Ninjas de Uzushio
Nivel: 7
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Dinero: 650 ryō
#4
El destino era un ente caprichoso. Quizás mas de los que se esperaba la gente. Cuando el destino tomaba una decisión, no había vuelta atrás. Y estaban los valientes que creían que se podía luchar contra el destino. Nadie, absolutamente nadie, puede derrotar al destino. Al menos ese era mi punto de vista.

Aquel día gris y oscuro las nubes amenazaban con derramar sus lagrimas por aquellos a los que el destino había decidido llevarse y por los cuales se celebraba un funeral en su honor. Aún así, el cielo parecía comprender que no era su momento de llorar, y dejaba que fueran los familiares y amigos quienes derramaran las lagrimas. Pero quizás, al final del día, el cielo no pudiera contener mas las suyas.

Yo no era especialmente amigo o conocido de ninguno. Es cierto que había coincidido con Akame alguna vez y que había escuchado su nombre ¿Quien no lo había hecho en Uzushiogakure? Pero nunca había mantenido una estrecha relación de amistad con ninguno. Fuí mas por cortesía y por educación, vestido de negro como todos los demás, aunque realmente no me gustaban nada esas cosas.

Aquella situación no hacía mas que revolver las dudas que cada vez sentía con mas fuerza en mi corazon. Quizás ya no eran solo dudas, quizás también había miedo. Si Akame, que tenia pocos años mas que yo y el nivel de un joinin, había muerto tan joven ¿Que le deperaba el futuro a alguien como yo? ¿Que tenia el destino preparado para un shinobi incapaz de ser un shinobi?

Que llegara mi turno de depositar la rosa blanca me sacó de mis pensamientos. La dejé allí y me aparté para dejar paso al siguiente.

Cuando aquello termino, seguí la procesión hasta el cementerio por cortesía, pero realmente no quería estar allí. No era por que no me importasen aquellas personas por el hecho de no conocerlas o de conocerlas poco, no por el hecho de que no tuviera lazos que me unieran a ellas, no. Lo que realmente me incomodaba era el hecho de que no paraba de imaginarme a mi mismo dentro de uno de esos ataúdes.

Ni siquiera cuando llegué a mi casa al finalizar la ceremonia sentí mas aliviado mi corazón.
"The thing is, when you save a person's life, it means that you won't be able to save someone else's."
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"People die if they are killed.Because you are correct it doesn't mean you are right."
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Heki Sin conexión
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Dinero: 850 ryōs
#5
El viento caprichoso mecía las ramas, y movía las contraventanas provocando un sonido chirriante. Heki abrió los ojos, aún pegados por su largo sueño. Y se percató de la tenue claridad que se colaba por la ventana.

“¿Ya es de día? El tío Hiru estará forjando…” contuvo la respiración un segundo, esperando escuchar el tintineo lejano de la forja, pero no lo logró. Intrigado se levantó de la cama y fue hacia la ventana de su dormitorio, que daba al patio y al taller. La puerta de la forja está cerrada y no se ve humo en la chimenea.
“Esto sí que es raro...” se froto los ojos y se vistió. El reloj marcaba más de las 12, algo pasaba. Al bajar por la escalera el aroma del incienso lo embriagó. Tosió un poco. Su tío estaba vestido completamente de negro, arrodillado frente a un pequeño altar con el símbolo de su clan, y el de la aldea, en el que quemaba incienso.

-Esto… ¿tío? - preguntó de manera suave, no sabía cómo reaccionar.
Su tío giró la cabeza y miró al joven, después suspiró. -Heki, cámbiate. Hoy no vamos a entrenar. Tenemos que despedir a los nuestros. –
-¿Despedir? ¿Te refieres a los ninjas que murieron? Yo no los conocía… –
-Yo sí. Pero eso no importa. Son personas, con amigos familia y compañeros. Personas que han dado su vida por la aldea, y lo mínimo que se merecen es que se les muestre Respeto por ello. –
-Lo entiendo tío, y siento su perdida, pero no creo que sea motivo suficiente para… - su tío lo interrumpió con un tono de voz autoritario pero suave, mostrando en parte cierto dolor.
-Algún día quizá comprendas que a veces no hacemos aquello que nos gustaría, de hecho, a veces no tenemos opción y si hoy estamos aquí es gracias al sacrificio de otros – continuó – Esas personas que dieron su vida por la aldea merecen que la aldea entera muestre su agradecimiento. El dolor de uno es el dolor de todos. Nadie debe morir por nada. Ahora vístete, debemos ir a por flores y no quiero llegar tarde. –
Heki se dio la vuelta y subió por las escaleras para cambiarse. Tras eso, salieron en dirección al Jardín de los Cerezos.



Al llegar encontró en el lugar algunas caras conocidas, y muchas personas a las que no había visto nunca. Algunos de sus maestros y compañeros estaban también allí. Todos con gesto triste.

El día acompañaba la ceremonia con un color gris. Cuando llegó el turno de Hiru y Heki, ambos se acercaron a dejar las flores. Primero fue su tío. Se acercó cojeando como era normal en él. Hizo una reverencia, dejo las flores y murmuró algo que Heki no llego a escuchar.
Cuando llegó su turno una sensación de calor y agobio recorría su cuerpo. Nunca había asistido a un funeral, al menos con consciencia y recuerdos. ¿Cómo debe comportarse una persona ante una situación así? Imitó a su tío y se acercó despacio, pero con paso firme.

Las fotografías de los difuntos estaban cerca de los ataúdes. Ver sus caras inmortalizadas como si nada hubiera ocurrido le dio un ligero escalofrío. No pudo evitar pensar en el funeral de sus padres, y si tuvieron una ceremonia parecida. Mientras dejaba las flores un pensamiento cruzo fugaz por su cabeza y lo susurró.
-Lo siento…-
Mientras volvía hacia su tío, este lo miró y asintió con la cabeza. Continuó en su sitio hasta que el cortejo inició su camino al cementerio.



Una vez en casa, Heki preguntó a su tío cómo era posible que conociera a esas personas. Su tío se había retirado hace años, pero a veces algunos amigos venían a verlo, y a hacerle encargos especiales.
Hiru se acercó a la chimenea, y sin hacer sello alguno sopló. La brisa caliente prendió al contacto con el carbón. Sentados junto a la chimenea contó las historias que había escuchado de los jóvenes, y en especial de uno de ellos. Un ninja que podía haberse hecho un nombre en la historia.


Esa noche no fue fácil para Heki conciliar el sueño. Le costaba dormir pensando en el día que había tenido. Quería conocer más detalles. Conocer sus historias y su vida, sus familias y compañeros.
Decidió que de ahora en adelante pasaría parte de su vida conociendo la de los demás. “No habrá día en que no aprenda sobre otros.” Se repetía el muchacho. Poco antes de dormirse una frase de su tío resonó en su cabeza. “El dolor de uno es el dolor de todos…” .
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