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Estamos en Cargando..., Cargando... del año Cargando....
Situación actual: Tres meses después del examen de chuunin del año 218, la situación internacional sigue en tensión. El País de la Espiral y el de la Tormenta mantienen una fría relación, y el País del Bosque actúa con precaución con ambos. Los Señores Feudales ya han asumido que la situación no va a volver a la que algunos ya llaman Era de la Paz de Shiona, al considerar a la líder uzujin la responsable de la longeva estabilidad que reinó durante muchos años. Algunos intereses intersectan, otros divergen. La nueva era de los ninjas ha llegado.
(B) La penumbra de Lady Tākoizu
Por mucho que Soroku asegurase que estaban solos, el Uchiha miró a un lado y a otro para asegurarse.

No, en serio. Fue mala noche por cosas mías —dijo en voz baja, quitándole importancia—. Lo que sí he podido averiguar es que a Furune no le hace mucha gracia que Nahana te tenga tanto… aprecio. Vamos, que está celoso. Al parecer ni duerme aquí mientras tú vienes de visita. —Lo cual ahora le hacía preguntarse: ¿a dónde coño se iba? No había visto ninguna casa cercana en su camino. Tenía que acordarse de preguntarle a Urami—. Quiero que tengas cuidado mientras permanezcas con nosotros, Soroku. No voy a precipitarme todavía, pero quizá él sea el hilo del que deba tirar.
Grupo 2:
Datsue y Akame, (Ceniza, 218), Poder 60

Grupo 4:
Datsue, Nabi y Stuffy, (Despedida, 218), Poder 60

Grupo 5:
Datsue y Soroku, (Viento Gris, 218), Poder 60

Grupo 7:
Datsue y Juro, (Aliento Nevado, 218), Poder 60

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El temple de Soroku se cargó de dubitativa, así lo delataba su rostro. ¿Furune, celoso? ¿Datsue le había visto colarse en la recámara de su maestra, y amante?

—¿De dónde sacaste eso? —preguntó, entendiendo las insinuaciones de su pupilo—. Nahana es como una hija para Furune. O esa es la apreciación que me ha dado todos estos años. Aunque... —calló, en súbito, como si se hubiera percatado de algo en concreto—. ahora que lo mencionas, sí, siempre duerme fuera cuando vengo de visita, en una cabaña que está al paso de la montaña, no muy lejos de aquí. Lo entendía como que elegía descansar fuera del Templo para darse un respiro de sus responsabilidades, que no eran —ni son—. pocas, desde luego. Espera, ¿cómo lo sabes? lo de...

Le miró a los ojos y sonrió.

—Ni se te ocurra mencionárselo a nadie. Es un secreto a voces, pero Lady Tākoizu es bastante delicada con su privacidad. ¿Está claro?
Hablo - «Pienso» - Narro

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Datsue frunció el ceño, ofendido.

Por las barbas de Susano’o, me duele que tengas dudas siquiera de que voy a ir largando la lengua por ahí de lo tuyo con Nahana. Pareceré charlatán, pero de las cosas importantes soy una tumba, joder —se quejó, a sabiendas de que, en realidad, nunca había sido ninguna tumba hasta para las cosas más vitales—. Ah, Soroku. La pregunta no es cómo lo supe. La verdadera pregunta es: ¿y cómo no iba a saberlo? Soy un ninja. Para eso me pagas. Para saber —dijo, fanfarrón. Tanto tiempo haciéndose pasar por Gūzen le pasaba factura, pues su ego se comprimía tanto que luego, a la mínima que le dejase respirar, estallaba en su máximo esplendor—. Aunque la próxima vez me facilitarás las cosas si me las dices de antemano, Soroku. Incluso a mí se me pueden pasar cosas de vez en cuando.
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El herrero cruzó los brazos, meditabundo.

—Lo consideré como algo sin importancia para tu misión —se excusó—. de todas formas, si lo de Furune llega a ser cierto —que aún tengo mis reservas, porque conozco al hombre desde hace tanto que no contemplo que pueda ser capaz de causar algún daño a Nahana—. ¿Por qué actúa ahora, después de qué, siete años? ¿Es el amor no correspondido una fuerza tan poderosa como para querer matar a alguien? ¿y por qué no enviar a un mercenario a acabar conmigo, lejos de aquí, si fuera el caso?

Abalanzó una pierna con la otra, soportando su propio peso y torció el gesto hacia la colina. Pensó en Nahana y en su década de amorío, prohibido por la historia que les unió.

—Intento darle todas las vueltas posibles, pero simplemente; no lo veo.
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Soroku tenía razón, no encajaba que actuase ahora, después de tantos años. Pero conocía de primera mano que el amor podía llevarte a hacer grandes locuras, y que muchas veces no tenían lógica alguna. La lógica, de hecho, solía brillar por su ausencia.

Ya te dije, no voy a precipitarme pensando que es él. Pero es un posible hilo del que tirar —indicó, sin cerrarse ninguna puerta—. Después está Urami, que por lo que veo tiene unas ganas locas de fugarse ya mismo de aquí. En serio, esa chica está tan deprimida en este templo que la veo haciendo lo que sea para escaparse.

Esos eran los dos hilos con los que contaba por el momento. A falta de conocer a la segunda hija de Nahana, no estaba mal para empezar a trabajar.
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Datsue reveló entonces un par de detalles que, dichos por él, tenían un poco más de sentido mirándolo desde su perspectiva de detective. Soroku siempre fue consciente del descontento de Urami para con la voluntad de su madre, que vivieran en el Templo y la abandonaran, si querían, cuando tuvieran la mayoría de edad. No era siquiera por la negativa de su hija menor a inmiscuirse en el oficio ancestral de su familia. Era una cuestión de salvaguardar al Estandarte y a Urami en el proceso. No obstante, nunca lo entendió como un impedimento para que fuera feliz. ¿El por qué?

—Es una joven caprichosa que cree estar lista para devorarse al mundo. Pero la gula no es buena ahí abajo, y parece no entenderlo aún del todo —se sinceró—. es muy fácil añorar la libertad si no comprendes las responsabilidades que obtienes cuando la alcanzas. Pero en fin, así son los adolescentes. Salvo excepciones.

Se refería a un tal Uchiha Datsue.

—Ve, Nahana te espera. Prevalece a la primera prueba y ya podremos charlar más tendido antes de que vuelva a los Herreros.
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Estaba de acuerdo palabra por palabra con Soroku. Él se veía reflejado en la propia Urami, en realidad, cuando todavía era más pequeño y vivía en la Ribera del Norte. En aquellos tiempos, cuando le sucedió lo que le sucedió, montó en su velero y no miró atrás. En aquellas semanas, creía que iba a comerse el mundo. Que su negocio prosperaría en cuestión de meses. Que el dinero le caería del cielo. Que las oportunidades vendrían a él como gotas de lluvia.

Pero para él no llovió ni un maldito día. Y al final se había dado con la cruda realidad de bruces, en el momento en que se había graduado como ninja por dos grandes razones: la primera, y la que se decía a sí mismo que era la principal, para ganarse una cartera de clientes tan grande como para hacerse rico; la segunda, oculta y escondida en el chico inocente de grandes sueños que todavía le sobrevivía por entonces, para convertirse en el héroe que narraban las grandes epopeyas.

Años más tarde, todavía no había conseguido ninguna de las dos cosas. Ya había madurado lo suficiente como para ser realista y saber que era imposible.

Todos tuvimos nuestra época rebelde y soñadora, supongo —comentó, excusándola. Luego, le guiñó un ojo y asintió, continuando su marcha hasta la colina. Hasta su primera prueba.
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Soroku sonrió a su guiño y aguardó, con los brazos tras su espalda, para contemplar el ascenso —metafórico y literal—. de Uchiha Datsue. O de Gūzen. Una lástima que él nunca se hubiera preguntado qué significaba aquel nombre, y por qué Soroku lo había elegido. Será un misterio que, quizás, revelaremos más adelante.

La cima de la montaña del peregrino. Un enorme pedazo de tierra que se abría paso entre dos placas de roca maciza, tallada por el hombre; introduciéndose al corazón de la misma. Las paredes estaban reforzadas con grandes perfiles de hierro adheridos al suelo y que hacían la de torque para evitar que la inclemente fuerza de la naturaleza obligara a los muros a cerrarse nuevamente.

Tras un par de segundos claustrofóbicos, Datsue encontró finalmente lo que estaba buscando. La forja del Toro.

Era una habitación oval, rústica, aunque majestuosa. La forja había adquirido aquel nombre no sólo porque aquel animal fuera el símbolo de la familia Tākoizu, sino también porque la chimenea había sido construida en el interior de la silueta de un toro diseñada enteramente de metal, cuya boca, ojos y fosas nasales yacían prendidos en fuego. Dos largos cachos se vislumbraban en cada costado de su cabeza, y de sus puntas emergía el humo generado por las llamas.

Era el triple de grande que la forja de Soroku. El quíntuple de equipada. Un enorme mural daba vuelta a toda la sala, y de ellas colgaban cientos de armas de diferentes formas y tamaños. Hachas, mazos, lanzas. Escudos, y armaduras.

Nahana lucía imponente al frente de aquella forja. Porque era suya, y de nadie más.
Hablo - «Pienso» - Narro

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Datsue se adentró en la cámara del toro visiblemente impresionado, una sensación que, para nada, tuvo que fingir o exagerar. Nunca había visto cosa igual. Ni en tamaño, ni en espectacularidad, con esa forma de fantasía que tenía la forja, haciendo honor a su nombre.

Esto es… Esto es impresionante, Nahana-sama —tuvo que reconocerle, sin ningún atisbo de duda, mientras su mirada todavía se perdía en las innumerables armas que llenaban la estancia. Segundos después, caminó con pasos cortos pero rápidos hasta ella, y aguardó, callado. Mas no su mente, que en aquel momento era un enjambre de preguntas. ¿Qué prueba le depararía? ¿Tan solo dependería de su destreza con el martillo? ¿O de algo más?

Su corazón empezó a bombear con fuerza, nervioso. Como la cagase en aquella… la misión se le iba a echar al traste.
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—Acércate —pidió ella, sin voltearse. Mirando al imponente toro de acero delante suyo, escupiendo fuego y exteriorizando su ira a través de los cuernos—. ¿qué es lo que ves?

Datsue entendió que aquella no era una pregunta sencilla. Algo escondía en su motivo. Algo aguardaba en su significado.
Hablo - «Pienso» - Narro

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Complicada, la pregunta. El Uchiha intuía que debía responder de manera profunda, pero todavía recordaba cómo el día anterior Nahana se le había reído en su cara llamándole filósofo. No parecía gustarle que se fuese por las ramas o se pusiese demasiado poético.

Entonces, ¿qué? Tenía que ser algo directo, sin adornos innecesarios. ¿Qué veía?

Las entrañas del hierro —dijo, probando fortuna. Algo poético, sí, metafórico, pero al menos contundente y preciso.
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Lady Tākoizu se volteó, férrea, y miró a Gūzen.

—Más bien el corazón —comentó—. fueron cinco los Herreros que firmaron los tratados que crearon al Estandarte. Hay cinco Templos en todo Onindo, uno por cada País. Las cinco forjas llevan ardiendo desde entonces —Posó su mano sobre el hombro del aspirante y le llevó, cuál cordero, a través del salón oval—. Yo veo una responsabilidad. Una que cargo yo sola sobre mis hombros sin esperar nada a cambio. Y no puedo esperar menos de quienes vienen aquí, pidiendo vivir esta vida. Necesito saber que estas dispuesto.
Hablo - «Pienso» - Narro

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