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Una nueva era T5

Tras la muerte de la mayoría de Señores Feudales a manos de la banda de criminales Dragón Rojo en el Torneo de los Dojos, el mundo ha pegado un giro de 180 grados. Las sombras de un nuevo Daimyo en el País de la Espiral preocupan a Sarutobi Hanabi. En el País de la Tormenta, Amekoro Yui ha creado secretamente el cargo de Tormenta mientras hace creer al resto del mundo que es la nueva Señora. En el País del Bosque, el único Daimyo superviviente teme por su vida. Pero no sólo los Tres Grandes han visto el status quo totalmente quebrado.

En el País del Fuego se extendió el caos, y hace tiempo ya que el Jūchin del Valle de los Dojos lo conquistó, expulsando a unas mafias que todavía colean, buscadas por los sámurais. En el País del Viento hay una cruda guerra civil a varios bandos, y en el de la Tierra hay rumores de que una está a punto de llegar. El País del Agua, quizás, esté en el centro de todo. Y si no lo está, debería preocuparse por demostrarlo, pues las sospechas sobre Umigarasu crecen cada vez más. Las aldeas saben que algo planea, al principio con Dragón Rojo, ahora quizás al margen de Dragón Rojo, según las últimas informaciones.

Pero quizás estos asuntos no sean más que la punta del iceberg de las amenazas de los ninjas. Kurama, junto a sus Generales, asegura ser el próximo Emperador de Oonindo. Nadie lo dice abiertamente, pero todo el mundo sabe que algún día presentará la guerra a las puertas de cualquiera de nosotros.
#1
Kaminari no Kuni, en algún punto de las Costas de las Olas Rompientes.
Cinco minutos después del atentado.


«Zzzzzup.»

FLUOOOOOSH.

Una enorme ola rompió contra la orilla, empapando por completo a la figura delgada y jadeante que acababa de aparecer de rodillas sobre la arena, entre destellos carmesíes. Se trataba de un muchacho vestido con ropas sencillas, de pelo negro ralo y medio rostro deformado por una horrible quemadura, que agradeció aquel improvisado chapuzón.

Argh, argh... Lo... Lo conseguimos... —balbuceó, entrecortadamente, escupiendo las palabras, pugnando por hablar sobre la respiración agitada que hacía que su pecho se bamboleara arriba y abajo sin control—. Lo...

Otra ola rompió, furiosa, contra la arena y su propio cuerpo. La fuerza del mar le arrojó sobre un costado, como si el propio Susano'o le estuviera recriminando sus actos. ¿O tal vez era esa su forma de abrazar a su hijo, que volvía victorioso del campo de batalla? En aquel momento, Akame no habría sabido responder a esa pregunta ni aunque le ofrecieran un millón de ryōs como premio.

«Un millón de ryōs...»

Como activada por un resorte, su mente halló la razón por la que se encontraba allí. Habían tenido éxito en su atentado y ahora casi todos los daimyō de Ōnindo yacían muertos; carbonizados, hechos trizas o convertidos en poco menos que restos humeantes de carne humana. Sin embargo, Akame no se sentía ningún ganador; conmocionado, más bien parecía que él mismo hubiera sido víctima de la furia del Gran Dragón. Trató de levantarse y notó sendas punzadas de dolor en la cabeza: más concretamente allí donde estaban sus ojos. Ya de rodillas, se pasó una mano temblorosa por la cara y sus dedos pudieron sentir el incofundible tacto espeso y caliente de la sangre.

Mierda, joder —bufó. Sobreponiéndose al dolor, se retiró trastabillando para alejarse del rompeolas antes de recibir el siguiente impacto. «Cálmate, ¡cálmate, coño! ... Tengo un plan. Eso es, tengo un plan. Sólo tengo que seguir el plan», se dijo en su fuero interno mientras con manos temblorosas se lavaba la cara con la salada agua del mar, frotándose las mejillas y bajo los párpados para limpiarse la sangría que el uso de su Mangekyō había provocado.

El Uchiha se levantó a tientas, tratando de recuperar el aliento, mientras con mirada borrosa oteaba los alrededores en busca de algo, y rezando porque cierta mujer que le debía un favor —y de los gordos— hubiera cumplido su palabra.

Pero no lo hallaba.

Shikari, no me jodas eh... No me jodas, Shikari... —empezó a balbucear, dando vueltas sobre sí mismo como un náufrago desesperado en busca de un trozo de madera al que agarrarse en mitad del temporal—. Shik... ¡Sí! ¡Sí! ¡Sí! —exclamó de júbilo, de repente.

Echó a correr hacia la precaria banderola que adornaba el pináculo de un montículo de rocas junto a la orilla, a poco de su posición. Las piernas estuvieron a punto de fallarle a mitad de la carrera, fruto de los nervios y el estrés acumulado, pero consiguió mantener el equilibrio y llegar hasta la meta. Allí, una larga rama clavada sobre la arena y culminada por un pañuelo rojo en su extremo visible le saludó como un rayo de esperanza. El Uchiha se tiró sobre la arena, excavando con ambas manos con tanta desesperación que se hizo varias heridas en los dedos; no sintió dolor alguno, pues sólo quería confirmar que Shikari había cumplido, en efecto, su palabra...

Entonces notó el tacto de algo duro y áspero en la yema de los dedos, entre la arena, y un suspiró de auténtico alivio se escapó de sus labios, mientras desenterraba con ahínco una pequeña cajita de madera.
Diálogo - «Pensamiento» - Narración

Mangekyō utilizado por última vez: Flama, Verano de 219

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#2
Kaminari no Kuni, en algún punto de las Costas de las Olas Rompientes.
Una hora y diecisiete minutos después del atentado.

Tan sólo el rugido cercano de las olas rompiendo contra las rocas del farallón perturbaba sus pensamientos. Sentado sobre la sólida formación rocosa, horadada por el mar pero tan firme como se intuía por su aspecto, el joven Uchiha esperaba mientras sus ropajes pugnaban por secarse al calor de una tímida pero brillante esfera ígnea que flotaba a su alrededor como un satélite celeste. Sus ojos estaban fijos en el horizonte, allá donde la línea del mar se fundía con el azul de un cielo despejado de Verano que contrastaba con los acontecimientos que en aquel día habían sacudido Ōnindo entero. Y aun así, en la otra punta del continente ninja, todo parecía tan en calma que la Masacre de los Dojos podría ser tomada por un simple cuento para no dormir. En silencio, Akame aguardaba mientras el estruendo de las explosiones y los gritos de la gente atronaban sus oídos como tambores de guerra.

Una ola especialmente violenta rompió contra la roca averdinada, salpicándole los pies y aliviándole con su frescor. Akame había caminado durante un buen rato siguiendo la línea de la costa hacia el Norte, tal y como Shikari le había descrito en su nota, hasta divisar por fin el farallón donde había de producirse el encuentro pactado. Era una cala recóndita, oculta entre dos acantilados que parecían surgir de la arena como los dientes de un gigante, y a la que no se podía acceder sino por un frente. Eso le había dado cierta tranquilidad al Uchiha, aunque por otra parte no pudo evitar pensar que la geografía del lugar lo convertía en una perfecta ratonera. Si algo salía mal, estaría jodido.

«¿No estaría jodido de todos modos si no lo intento?», se dijo, resignado.

Volvió a repasar mentalmente las referencias, lugares y detalles de la lista que se había obligado a grabarse a fuego en la memoria; su seguro de vida —o eso creía él—. Había planeado todo aquello días antes de volar a los Dojos a lomos del águila de Zaide, aunque si tenía que ser sincero consigo mismo, una parte de él había creído que nunca tendría que usarlo. O quizás lo había deseado. Sea como fuere, Akame sabía que en el caso de que el atentado tuviera éxito, las tres Grandes pondrían Ōnindo patas arriba para buscarles. Para esconderse necesitaba varias cosas, pero la más apremiante de ellas era el dinero. Dinero, billetes, manteca, parné. Un prófugo sin blanca era como un ciego jugando al póquer: o estaba jodido, o lo iban a joder.

Un escalofrío le recorrió la espina dorsal cuando divisó un navío aproximándose por el horizonte. Parecía ligero, de dos palos y casco afilado que cortaba el agua como mantequilla. «La suerte está echada». Una mano inconsciente se rebujó entre los pliegues de su ropa, buscando un paquete de tabaco con mecánicos movimientos; y la decepción tiñó su rostro al hallarlo empapado, hecho una pelota de cartón y tabaco mojado buena para nada. Apretando los dientes lo arrojó lejos, sin importarle lo más mínimo las funestas consecuencias que el tirar basura al mar podía tener para el complejísimo ecosistema marino, tan dependiente de todos y cada uno de sus habitantes. Docto como era, había leído en más de una ocasión el altísimo porcentaje de muertes provocadas en la fauna marina por los deshechos vertidos al mar por el ser humano: que si una tortuga se ahogaba con las anillas de una lata, que si un delfín moría varado en la orilla, su estómago lleno de restos de comida rápida...

Eh, que te jodan —espetó a nadie, voz al viento, como si quisiera mandar a la mierda a todos los delfines de Kaminari no Kuni—. Ahora mismo necesitaba ese cigarro.

Y entonces levantó la vista, al velero que seguía aumentando de tamaño en la cada vez más recortada distancia, hasta que la enseña tejida en la vela maestra que colgaba del más alto mástil fue perfectamente visible: tres rayos amarillos entrecruzándose con un puño cerrado.
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