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Estamos en Cargando..., Cargando... del año Cargando....
Situación actual: Tras la reunión mantenida por los Kage en el Valle de los Dojos, se ha firmado una renovada Alianza de las Tres Grandes. Uzushiogakure, Kusagakure y Amegakure unen fuerzas contra la invisible amenaza de los Ocho Generales de Kurama. Así, sus ninjas prometen velar por la paz y colaborar compartiendo cualquier información que obtengan de estos, tanto como garantizar la seguridad de los tres Guardianes jinchuuriki, Uchiha Datsue, Eikyuu Juro y Aotsuki Ayame.

Se está construyendo un complejo circuito de vías de ferrocarril a lo largo y ancho de Oonindo. Se prevee que el servicio de trenes del continente se inaugure a principios de Viento Gris. Al mismo tiempo, en secreto, se está instalando una red de telefonía internacional para altos cargos. Este es un secreto que los shinobi han jurado guardar para sí mismos. El teléfono está disponible de forma local en cada una de las aldeas, y aunque en Amegakure ya existía, en Uzushiogakure y Kusagakure está suponiendo toda una revolución.
La serenidad del Hielo
#61
Yuki esperó unos segundos antes de intervenir, durante los cuales Daruu no le quitó la vista de encima. Por si acaso.

—Si no me acabaras de salvar de aquel nyabruto quizás jugaría un poco más contigo —admitió, sin ningún tipo de reparos, y durante un instante pareció sonreír—. ¡Nyan, como echo de menos jugar al pilla-pilla por las calles de Amegakure!


«Está bien, pues hazlo con otro compañero de juegos. Si no está esposado y no se llama Daruu, mejor.»

Finalmente, Yuki accedió a acompañarle y volvió a transformarse en aquél niño albino que tanto le recordaba a su propio maestro. Tomó la cesta y ambos comenzaron a caminar hacia el callejón donde moraba Nesobo. Daruu evitó los caminos principales y tras cada esquina comprobaba que no hubiera nadie, o al menos ningún shinobi, vigilando.

—Por cierto, no sé por qué te quejas, el olor de las sardinas es nyalicioso —exclamó, relamiéndose—. Y ya no hablemos del atún... nyan...

No nos vamos a pelear por el pescado, entonces —protestó Daruu, con asco—, porque yo lo odio. Todo para ti.

»Oye, ¿cómo es que puedes transformarte en humano? Quiero decir... aparte de hablar. No eres un gato cualquiera, ¿eh?
— En un poste de madera del embarcadero de las Costas del Remolino, en Uzushiogakure (Ceniza, año 218)
— En el pergamino de invocación, en casa de Daruu, Amegakure (Augurio, año 218)
— En la habitación de Daruu, Amegakure (Primavera, año 219)
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#62
—No nos vamos a pelear por el pescado, entonces —protestó Daruu, con asco—, porque yo lo odio. Todo para ti.

Y Yuki se volvió horrorizado hacia él, como si acabara de insultar a Nesobo y a toda su familia felina.

—¿Nya? ¡¿Pero cómo puedes decir algo así?! ¡Monstruo! —le espetó, con los ojos abiertos de par en par—. Nya... no está hecho el caviar para la boca del chucho —añadió, encogiéndose de hombros con una sonrisilla de suficiencia.

—Oye, ¿cómo es que puedes transformarte en humano? Quiero decir... aparte de hablar. No eres un gato cualquiera, ¿eh?

La sonrisa de Yuki se ensanchó aún más, mostrando un colmillo más afilado de lo normal en el niño que aparentaba ser.

—Vaya, qué perspicaz —señaló, con la boca llena de sarcasmo—. ¡Pues claro que no soy un minino cualquiera! ¡Soy el mejor ninneko que vas a encontrar! —exclamó con voz infantil y encaprichada, señalándose el pecho con el dedo pulgar. De repente volvió la vista al frente y su rostro se llenó de felicidad—. ¡Mira, ya llegamos!

Tras girar la última esquina llegaron al fin al callejón que Daruu había abandonado varios minutos atrás. Al fondo, entre las suaves penumbras que le proporcionaba su pequeño refugio, la anciana continuaba envuelta en aquella arrugada capa marrón, completamente inmóvil y rodeada de sus pequeños, que maullaban de forma más insistente de lo usual.
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#63
«¿Nin... neko?». Daruu no había oído la palabra en toda su vida. Aunque sí que había oído hablar de animales que hablaban y de animales ninja. No en vano su madre tenía firmado un pacto con los perros. «¿De modo que esta familia de gatos es una de esas, quizá...? Vaya vaya, Amegakure. Cuántas sorpresas escondes en tus callejones.»

El callejón de Nesobo estaba a la vuelta de la esquina. Daruu suspiró de forma exagerada, y se miró las esposas de hielo, que todavía le apresaban sin piedad alguna. «Mientras sepan quitarme estas cosas, me da igual qué sean o qué dejen de ser.»

Pero cuando llegaron, algo le llamó negativamente la atención. La anciana estaba envuelta en su capa arrugada y sucia, y no se movía. Los gatos armaban un buen escándalo, incluso desde la entrada del callejón. Daruu aceleró el paso, y el corazón comenzó a latirle con temor.

«No, por favor...»

¡Nesobo-san! Nesobo-san, ¿está usted bien?
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#64
—Eh... Abuela Nesobo... —murmuró Yuki, dejando la cesta en el suelo con cuidado e, inclinándose sobre la anciana, la tomó de un hombro para mirarla mejor.

Pero Nesobo no respondió ni a las exclamaciones de Daruu ni a la llamada de su Yuki. Como un pequeño muñeco, la anciana, encogida entre los pliegues de la capa que había utilizado para protegerse del frío y de la lluvia, se había quedado inmóvil, petrificada en el tiempo, con los ojos cerrados y una tenue sonrisa curvando sus labios. Amenokami seguía llorando inclemente sobre su maltrecho cuerpo, maltratado por el paso de los años, y a ese llanto le acompañaba el incansable maullido de los gatos que se negaban a abandonarla.

Yuki agachó la cabeza, y las lágrimas rodaron por sus mejillas.

Todos lloraban.

Porque la anciana se había marchado a un lugar donde ninguno de ellos podía alcanzarla. Y aquel era un viaje sólo de ida.

Y junto a ella había un pergamino tan grande y tan grueso como el propio Daruu.
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#65
Allí yacía, inerte junto a un enorme pegamino misterioso que al menos por el momento le importaba más bien poco. Al principio, Daruu se había enfadado con las circunstancias. ¿Quién le iba a quitar las esposas ahora? Pero al ver a todos aquellos gatos, los que la abuela consideraba su familia, maullando de pena; al ver la cara de terror de Yuki, supo que había algo mucho más grave de lo que preocuparse. Quizá no para él, que sólo había conocido a Nesobo unos minutos. Pero definitivamente sí para todos aquellos mininos que lloraban su muerte.

Yuki, yo... —comenzó Daruu—...lo siento, Yuki.
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#66
Yuki tardó algunos segundos en negar con la cabeza a las palabras de Daruu. Con delicadeza, el gato-chiquillo apoyó la mano sobre la cabeza de la anciana.

—Nyadiós... abuela Nesobo... —se despidió, solemne.

Los demás gatos se esparcieron por el callejón y desaparecieron entre las sombras. En cuestión de segundos, sólo quedaron allí Daruu, Yuki y el cuerpo inerte de la pobre anciana. El felino se limpió las lágrimas con el dorso de la mano, se agachó y cogió entre sus bracitos el enorme pergamino que reposaba junto a Nesobo. Tan grande era, que ocupaba prácticamente todo lo que era él de alto y de ancho. Yuki se volvió hacia Daruu y, con los ojos brillantes, habló:

—Ella ya sabía que se acercaba su nyhora. Nyo sé qué vio en ti... Pero si te ha enviado a buscarme, eso nyólo significa que le habías caído en gracia... Y que te había nyalegido —estiró los brazos, tendiéndole el pergamino sin apenas esfuerzo pese a que parecía pesar una tonelada para alguien de su tamaño—. Este es el contrato de nyanvocación de nuestra familia: la familia Neko. Tú serás el que lo porte ahora. Fírmalo y podrás invocarnos para el nyancombate.



¤ Gran Pergamino de invocación de la familia Neko
- Tipo: Herramienta
- Tamaño: Grande
- Requisitos: -
- Precio: -
- Uso: Permite firmar el pacto de invocación de los gatos
Nesobo, la anterior poseedora del Gran Pergamino, y en vista de que su tiempo de vida estaba llegando a su fin, escogió a Amedama Daruu para que fuera su sucesor tras su fallecimiento.

Este objeto es un pergamino de grandes dimensiones, tan alto y tan grueso como un niño pequeño, y se utiliza para firmar el pacto con la familia Neko. Por lo que cualquiera que desee firmar dicho pacto deberá recurrir a su poseedor.
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#67
Triste, pero manteniendo una compostura impropia de la personalidad de niño pequeño que había utilizado hasta ahora, Yuki se agachó para dar su última despedida a Nesobo. El gato-muchacho cogió el gran pergamino que había al lado de la abuela y se dirigió hacia Daruu, confesándole las que creía que eran las últimas intenciones de Nesobo y entregándoselo.

Daruu retrocedió un paso, entre dudoso e incrédulo.

Oye, oye. ¿No irás en serio? Una familia de animales ninja. ¿A mi? P-pero... ¿por qué? —Pese a sus palabras, Daruu agarró torpemente el rollo, que apenas le cabía en el hueco entre las dos palmas de sus dos manos esposadas—. Ay. Yuki-san... no sabrás por casualidad... esa técnica de fuego azul de la abuela Nesobo, ¿no? No sé cómo quitarme estos... Ugh, trastos.
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#68
Pero Daruu retrocedió un paso, entre incrédulo y receloso.

—Oye, oye. ¿No irás en serio? Una familia de animales ninja. ¿A mi? P-pero... ¿por qué?

—Nyo lo sé. Nya te lo he dicho: nyo sé qué vio en ti —respondió Yuki, con una sinceridad certera—. Pero si era la nyúltima voluntad de la abuela Nesobo, así debe hacerse.

Por la determinación que brillaba en sus ojos cristalinos anegados de lágrimas, cualquiera diría que, si Daruu se negaba, Yuki sería capaz de perseguirle hasta el fin del mundo con tal de cumplir con su tarea.

A Daruu no le faltó razón en sus cálculos. Con las muñecas esposadas de aquella manera, el chico tuvo que hacer verdaderos malabarismos para que el pergamino no terminara cayendo al suelo. De hecho, para poder sujetarlo, enseguida se daría cuenta de que debería apoyarlo de forma horizontal sobre sus antebrazos que intentar sostenerlo con sus manos.

—Ay. Yuki-san... no sabrás por casualidad... esa técnica de fuego azul de la abuela Nesobo, ¿no? No sé cómo quitarme estos... Ugh, trastos.

Yuki ladeó la cabeza y abrió los ojos de par en par al comprobar qué era lo que afligía al shinobi. Por la sonrisa nerviosa que esbozó, parecía que se había olvidado por completo de aquellas esposas.

—¡Oh! Es cierto —alzó la palma de su mano hacia las muñecas de Daruu, y una diminuta bola de fuego azul surgió de repente entre sus dedos.

Saltaba a la vista que la técnica de Yuki no era tan potente como la de Nesobo, pero las esposas de hielo comenzaron a sudar ante el contacto de su enemigo ancestral. Daruu incluso podría llegar a sentir el intenso calor acariciando la piel de sus muñecas, amenazando con quemarle a él en el proceso. Pero afortunadamente, y tras varios minutos de espera, las esposas de hielo terminaron por derretirse y caer al suelo como un charco más en el asfalto.

—¿Nyahora lo firmarás?
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#69
Ante los brillantes ojos ilusionados de Daruu, Yuki alzó las palmas de sus dos manitas hacia las esposas que le apresaban, y una esfera brillante de un fuego de un particular pero ya familiar color azul comenzó a consumir el hielo, muy poco a poco. El corazón de Daruu latió a buen ritmo mientras las esposas se derretían, ansiando la libertad. Cuando pudo mover las muñecas y estirar los brazos, la más grande de las sonrisas se exhibía en su rostro. Daruu dio un par de saltos agitando los brazos, disfrutando de poder moverse por completo de nuevo.

—¿Nyahora lo firmarás? —insistió Yuki.

Daruu asintió, y tomando el pergamino, se arrodilló en el suelo, se quitó la túnica para que el papel no se empapara con el húmedo suelo del callejón, y lo abrió, extendiéndolo. Allí habían varios nombres, el último, el propio de Nesobo. Bien, sólo tenía pues que firmar al final.

Extendió la mano hacia el chico-gato.

Bien, vamos allá. ¿Me prestas un boli o algo?
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#70
—Bien, vamos allá —asintió un Daruu mucho más feliz, ahora que se veía con las manos libres. En tal de no empapar el pergamino, el muchacho había extendido su propia túnica sobre el suelo y la había usado para apoyar el rollo extendido. Aunque enseguida comprobaría, por las gotas de lluvia que caían sobre el papel y que rodaban por él sin llegar a mojarlo, que parecía estar confeccionado con algún tipo de material impermeable al agua—. ¿Me prestas un boli o algo?

Yuki se quedó, literalmente, boquiabierto mientras contemplaba la mano extendida de Daruu. De un momento a otro, y con un quedo puff, Yuki regresó a su forma animal.

—¿Nyun... bolígrafo? —repitió, ladeando la cabeza—. Los pactos de nyanvocación no funcionan así. Un papel firmado con tinta no es más que papel mojado, sin nyembargo un papel firmado con sangre... con tu sangre, es nyotra cosa muy distinta. Debes firmar con tu sangre, y con nyesa misma sangre nos llamarás. ¡Nyasí es como acudiremos a ti!

»Debes nyhacerlo como los demás lo nyhicieron
—añadió, señalando con una zarpa las múltiples firmas que aparecían en el rollo. Casi todos ellos, a excepción de Nesobo, eran nombres completamente desconocidos para Daruu. El muchacho ni siquiera podría discernir si alguna de aquellas personas seguiría siquiera viva. Lo único que sabía era que, de una manera u otra, acababa de convertirse en el nuevo Poseedor del Gran Pergamino—. Debes nyescribir tu nombre completo y justo debajo marcar las huellas de los cinco dedos de tu mano.
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#71
Daruu conocía el funcionamiento de la técnica básica de invocación. Era el fundamento de su Chishio Kuchiyose. Pero claro, como hasta ahora sólo se había invocado a sí mismo, no había necesitado saber que el mecanismo por el que funcionan las invocaciones con otros animales con sangre era precisamente que se firmaba el pacto con ella. A Daruu le pareció lógica la explicación y la recibió con interés, asintiendo continuamente.

Así pues, el muchacho volvió la mirada al pergamino y se mordió el dedo pulgar, escribiendo con mucho cuidado su nombre completo, Amedama Daruu. Siguiendo las indicaciones de Yuki, además, dejó la marca de sus cinco dedos en el papel.

Cerró el papiro, y tras pensárselo un momento, también marcó el exterior con el ideograma de caramelo. Siempre estaría conectado al documento.

Ya está, supongo.
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#72
Daruu firmó el pacto de invocación tal y como le había indicado Yuki, y el gato esbozó una afilada sonrisa de satisfacción en respuesta.

—Pues con nyesto ya estaría —asintió, ondeando la cola detrás de su esbelto cuerpo—. Cuando nos necesites, nyutiliza un poco de sangre, realiza los sellos y nyapareceremos para nyayudarte. Nya nos veremos... Amedama Daruu.

Y, con aquellas últimas palabras, Yuki desapareció tal y como lo habían hecho sus congéneres. Daruu se quedó a solas con el cuerpo sin vida de la anciana Nesobo, y un escalofrío recorrió su espalda de abajo a arriba cuando una brisa gélida peinó sus cabellos.

—Bien hecho, Daruu-kun. —Escuchó la característica voz de su maestro tras su espalda. Le estaba felicitando, pero nadie que no lo conociera lo suficiente podría afirmarlo, a juzgar por la falta de emotividad en su voz.

Kōri se encontraba con la espalda apoyada en una de las paredes del callejón, con los brazos cruzados sobre el pecho y los ojos fijos en el cadáver.
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#73
Yuki afirmó que había completado la firma del pacto —«¿Ya está, con un gesto tan simple?»—, y se despidió sin demasiada dilación. Al final, pese a los llantos, los gatos habían abandonado el cuerpo sin vida de Nesobo sólo tras Daruu. Cuando se dio la vuelta para mirarlo de nuevo, el muchacho sintió una ligera y muy característica brisa helada. Instintivamente, vagabundeó su mirada púrpura por el callejón, buscando a la sombra blanca que sin duda la había producido.

La voz vino de atrás, como de costumbre. Daruu se dio la vuelta de nuevo. Allí estaba, apoyado en la pared, los brazos cruzados como si no acabara de pasar nada inusual. El chuunin entrecerró los ojos y frunció el ceño, apretando los puños con fuerza. El gesto duró apenas un par de segundos. Suspiró y sonrió.

Has tardado mucho, Kori-sensei —dijo—. Me ha dado tiempo a hacer algo de turismo. Conocer a los famosos gatos parlantes de Amegakure, ya sabes, nada del otro mundo. —Se encogió de hombros—. ¿Todo esto entraba dentro de tu plan o ha sido accidental? Porque si es lo primero, no sé por qué estás desperdiciando tu gran futuro como guionista de series de clase B siendo ninja. —Daruu asió el pergamio gigantesco y lo cargó con un brazo, pegado al torso.
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#74
Daruu apretó los puños, los ojos entrecerrados y el ceño fruncido. Parecía frustrado, irritado, y Kōri estuvo a punto de replantearse su felicitación. Pero antes de que eso ocurriera, el gesto enseguida desapareció y Daruu suspiró y sonrió.

—Has tardado mucho, Kōri-sensei —dijo—. Me ha dado tiempo a hacer algo de turismo. Conocer a los famosos gatos parlantes de Amegakure, ya sabes, nada del otro mundo —añadió, encogiéndose de hombros—. ¿Todo esto entraba dentro de tu plan o ha sido accidental? Porque si es lo primero, no sé por qué estás desperdiciando tu gran futuro como guionista de series de clase B siendo ninja.

Si la situación hubiese sido diferente, si él hubiese sido otra persona diferente, sin duda habría recibido aquel comentario con una sonora carcajada. Pero Kōri era El Hielo, y con el cuerpo inerte de Nesobo en el suelo, la situación no era para tomársela a risa.

—La verdad es que no. Todo esto ha sido una serie de situaciones imprevistas —confesó el Jōnin, mientras Daruu tomaba el pergamino debajo de un brazo—. Pero también se puede decir que te ha servido en esa búsqueda de calma. El anterior Daruu que conozco se habría tirado contra el pescador entre gritos y con los puños por delante, como te tiraste contra ese Jōnin de Uzushiogakure. Además... —Sus pasos resonaron entre los adoquines mientras se acercaba, y, tras dedicarle una larga mirada al cuerpo de Nesobo, Kōri inclinó la cabeza en una profunda muestra de respeto—. También te ha servido para adquirir algo más. ¿Me equivoco? —preguntó, señalando el enorme pergamino—. De todas formas, y como comprenderás, esto es algo que deberás ir puliendo con el tiempo.
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#75
Daruu se llevó una mano a la frente y se arrugó el entrecejo, apretándolo entre las yemas de los dedos. Podía llegarse a creer que estaba mejorando en autocontrol. Aunque cuando escuchó la referencia a Akame algo se agitó dentro de él, sediento de rabia. No lo alimentó.

Cuando ese gato apareció transformado en un niño con el pelo blanco y los ojos azules, te juro que llegué a pensar que eras tú quien estaba haciéndome una jugarreta —dijo—. Quien iba a decir que iba a acabar firmando un pacto con los gatos. ¡Yo! Cuando se entere mi madre, va a ser gracioso. Ya sabes, porque ella invoca perros.

»Y cuando se entere a Ayame, voy a tener que soportarla durante un rato. Seguro que se pica.

Daruu avanzó hasta su sensei le miró a los ojos.

»Bueno, ¿nos vamos a casa o qué?
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