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Una nueva generación (¡Final de temporada!) T1

Tras la muerte de la mayoría de Señores Feudales a manos de la banda de criminales Dragón Rojo en el Torneo de los Dojos, el mundo ha pegado un giro de 180 grados. Las sombras de un nuevo Daimyo en el País de la Espiral preocupan a Sarutobi Hanabi. En el País de la Tormenta, Amekoro Yui ha creado secretamente el cargo de Tormenta mientras hace creer al resto del mundo que es la nueva Señora. En el País del Bosque, el único Daimyo superviviente teme por su vida. Pero no sólo los Tres Grandes han visto el status quo totalmente quebrado.

En el País del Fuego se extendió el caos, y hace tiempo ya que el Jūchin del Valle de los Dojos lo conquistó, expulsando a unas mafias que todavía colean, buscadas por los sámurais. En el País del Viento hay una cruda guerra civil a varios bandos, y en el de la Tierra hay rumores de que una está a punto de llegar. El País del Agua, quizás, esté en el centro de todo. Y si no lo está, debería preocuparse por demostrarlo, pues las sospechas sobre Umigarasu crecen cada vez más. Las aldeas saben que algo planea, al principio con Dragón Rojo, ahora quizás al margen de Dragón Rojo, según las últimas informaciones.

Pero quizás estos asuntos no sean más que la punta del iceberg de las amenazas de los ninjas. Kurama, junto a sus Generales, asegura ser el próximo Emperador de Oonindo. Nadie lo dice abiertamente, pero todo el mundo sabe que algún día presentará la guerra a las puertas de cualquiera de nosotros.
#1
Daruu pulsó el botón del último piso. Las puertas del ascensor se cerraron, y el mecanismo comenzó a subir, lenta pero inexorablemente, hacia el pasillo que llevaba al despacho de la Arashikage... no. Ahora, temporalmente, era el despacho de la Segunda Tormenta.

Él tenía algo que decirle, y por eso reflexionaba. Por el camino había tenido dudas, pero ya las había despejado. Por eso no reflexionaba sobre qué decirle. Eso lo tenía claro. Reflexionaba cómo decírselo.

Se preguntó si acaso haría falta decírselo, siquiera. Tal vez la Tormenta había tomado ya una decisión. En ese caso, Daruu debía ser firme. No debía dejarse llevar. Debía plantar cara y defender sus motivos.

¿Los escucharía Shanise acaso?

Beep.

Las puertas del ascensor se abrieron. Y Daruu echó a caminar hacia las dos grandes puertas que separaban su pasado de su futuro. Se hizo de rogar y caminó observando la lluvia caer en las torres de la aldea a través de los ventanales. La mayoría de los edificios eran más bajos que aquél. Desde allí pudo ver el estadio donde había luchado con Kōri, y se preguntó si el Hielo lloraba cuando naide le veía y no tenía que vestir aquella máscara gélida. ¿Lo estaría haciendo?

Daruu sonrió. No importa lo que pasara dentro del despacho. Alguien iba a enfadarse con él. Pero un amejin está acostumbrado a correr bajo la tormenta.

Abrió las puertas.

Buenos días, Shanise-sama —dijo, exhibiendo una reverencia—. No hemos tenido la oportunidad de hablar hasta ahora. Yo... —titubeó—. Lo siento mucho. —Oh, y lo decía de corazón. Daruu no había hablado muchas veces con Yui, pero los pocos encuentros habían bastado para que la admirase. Como todos en aquella aldea, suponía. Pero no podía evitar sentirla como una familiar más. Una segunda madre, más exigente. Una figura a la que uno ve de espaldas y que le hincha el pecho de orgullo. Y sabía que Yui le tenía en gran estima. Eso sólo hacía que doliese más.

Daruu no se había recuperado. Nadie lo había hecho.
[Imagen: K02XwLh.png]
No hay marcas de sangre registradas.
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#2
Shanise estaba de espaldas, frente al ventanal que daba al balcón, con la mirada perdida en algún punto. Tardó unos segundos más que de costumbre en darse la vuelta para recibir al invitado. A su cuerpo le costaba obedecer, como si sus ojos no quisieran ver más rostros por hoy, como si sus oídos no quisiesen escuchar más pésames en lo que quedaba de día.

No iba a obtener ese consuelo. En el fondo, sospechaba que ya nunca lo tendría.

Se acercó a Daruu y posó una mano en su hombro, dándole un apretón cariñoso. En sus labios asomó un gracias, pero la palabra murió en el nudo que se le formó en la garganta. Le dio de nuevo la espalda y se restregó los párpados, como si se le hubiese metido algo en los ojos. Caminó hasta ponerse a un palmo de la cristalera y se quedó mirando la lluvia.

Todo parece haber perdido color, ¿verdad? El Distrito Comercial, las luces de neón, este despacho… Incluso la lluvia ya no se siente… —No se sentía igual. No desde que ella no estaba.
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