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Una nueva generación (¡Final de temporada!) T1

Tras la muerte de la mayoría de Señores Feudales a manos de la banda de criminales Dragón Rojo en el Torneo de los Dojos, el mundo ha pegado un giro de 180 grados. Las sombras de un nuevo Daimyo en el País de la Espiral preocupan a Sarutobi Hanabi. En el País de la Tormenta, Amekoro Yui ha creado secretamente el cargo de Tormenta mientras hace creer al resto del mundo que es la nueva Señora. En el País del Bosque, el único Daimyo superviviente teme por su vida. Pero no sólo los Tres Grandes han visto el status quo totalmente quebrado.

En el País del Fuego se extendió el caos, y hace tiempo ya que el Jūchin del Valle de los Dojos lo conquistó, expulsando a unas mafias que todavía colean, buscadas por los sámurais. En el País del Viento hay una cruda guerra civil a varios bandos, y en el de la Tierra hay rumores de que una está a punto de llegar. El País del Agua, quizás, esté en el centro de todo. Y si no lo está, debería preocuparse por demostrarlo, pues las sospechas sobre Umigarasu crecen cada vez más. Las aldeas saben que algo planea, al principio con Dragón Rojo, ahora quizás al margen de Dragón Rojo, según las últimas informaciones.

Pero quizás estos asuntos no sean más que la punta del iceberg de las amenazas de los ninjas. Kurama, junto a sus Generales, asegura ser el próximo Emperador de Oonindo. Nadie lo dice abiertamente, pero todo el mundo sabe que algún día presentará la guerra a las puertas de cualquiera de nosotros.
#61
Kumokichi, ya te puedes ir, estaré bien —dijo Yota de repente, y el arácnido, tras refunfuñar por lo bajo, estalló en una súbita nube de humo y desapareció sin dejar rastro.

No fue algo que alarmara a Ayame, sin embargo. Después de todo, y aunque ella no contaba aún con ningún contrato animal, había visto el proceso de invocación en centenares de ocasiones.

¡Oh! ¿quieres saber lo que ha pasado? —esgrimió Yota, acuchillándola con sus ojos dorados y sendos puños apretados junto a sus piernas.

Ayame desvió la mirada, con un amargo dolor en su pecho.

Yo... yo... —balbuceó, incapaz de responder algo coherente. ¿Que si quería saber lo que había pasado? ¡Pues claro que quería! Aunque una parte de ella sabía muy bien qué era lo que había sucedido después de verse sumergida en aquella nube de humo. La verdadera pregunta era si después sería capaz de soportarlo...
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—Habitación de Ayame: Link

No respondo dudas por MP.
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#62
No hubo respuesta. Tan solo una actitud que se antojaba ciertamente algo nerviosa. En lugar de decir algo, soltó un par de balbuceos. Claro, sabía perfectamente lo que había pasado y por qué estaba teniendo una actitud dura con ella.

— Vale, vale, si no quieres saberlo... te acompañaré hasta la frontera

Prometería mi palabra y, aunque no la llevaría hasta Amegakure, si que me iba a asegurar de que llegaba hasta la frontera del País de los Bosques sana y salva.

Aquel día había aprendido una valiosa lección. De hecho, qué narices... todo aquel año estaba siendo un sensei de lujo que me hacía ver y entender que el ser humano es despreciable y que todos y cada uno de nosotros nos movíamos por unas ambiciones y unos objetivos y que todo lo demás era secundario. Lo único que no entendía era por qué no me mató y se frenó en el último momento...
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#63
No hubo una respuesta tras los balbuceos de Ayame. Yota se mantuvo sumido en un silencio que cargó el ambiente de una tensión que, como electricidad estática, hizo que la kunoichi se estremeciera.

«Habla. Di algo. Grítame, ódiame o perdóname. Pero no me dejes así...» Rogaba para sus adentros, conteniendo la respiración.

Vale, vale, si no quieres saberlo... te acompañaré hasta la frontera.

Vale... —Ayame hundió los hombros, sintiendo que algo dentro de ella se resquebrajaba un poco más.

Pero no añadió nada más. Ni suplicó su perdón, ni trató de excusarse, ni dio más explicaciones. Simplemente se limitó a seguir los pasos de Yota, arrastrando los pies hacia la frontera del País de los Bosques. Muda, en completo silencio, Ayame mantuvo los ojos fijos en el suelo. No levantó la mirada en ningún momento. Las hierbas resecas del verano y alguna que otra florecilla fue todo lo que vio en todo aquel trayecto.

«La Señorita sabe perfectamente lo que ha pasado. ¿Por qué no dice nada al respecto?»

Silencio. Ayame ni siquiera respondió a la voz de Kokuō.

Y así terminaron llegando a su destino. Ayame se despidió de Yota con una profunda reverencia, un agradecimiento por haberla acompañado hasta allí y una repetida disculpa. Y sus caminos se separaron. Quizás, para siempre.

«Porque si le hablo de ti, de que te liberé de tu sello y de que ahora compartimos cuerpo, es muy probable que acabe llegando a oídos de Yui-sama. Y sabes perfectamente lo que ocurrirá si eso llegara a pasar.» Respondió al fin, una vez en soledad. «¿Por qué decidiste salvarle? No lo creía propio de ti, salvar a un humano...» Se atrevió a preguntar, tras varios segundos.

Y Kokuō tardó varios más en responder.

«Por no tener que escuchar los lamentos de la Señorita si llegaba a matarlo.»

Ayame suspiró, con un profundo pesar, y alzó la mirada hacia el cielo. El sol se estaba poniendo.

Y lejos, muy lejos de allí, entre las ruinas de los Templos Abandonados del País de los Bosques, un agónico chillido hizo temblar los cimientos de aquellas ancestrales construcciones.
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Sprite por Karvistico.

—Habitación de Ayame: Link

No respondo dudas por MP.
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#64
Aquel día todo había cambiado. La Ayame que conocí en el pasado había marchitado en su lugar había aparecido una kunoichi feroz que ni siquiera era consciente de sus propios actos. Sentí miedo, mucho miedo. Vi mi vida pasar pero sucedió algo que escapó de mi alcance y de mi conocimiento que un par de segundos antes de que me arrebatasen la vida, me la devolvieron. No supe si estar agradecido o aliviado. Pero así fueron las cosas.

Cumplí mi palabra y la acompañé hasta la frontera. No cruzamos palabra alguna. Había demasiada tensión como para romper el hielo
Y yo estaba furioso, sentía como si me hubiesen arrebatado a mi amiga. En su momento, el conflicto de Uzushiogakure me robó a mi amigo y ahora una fuerza mayor me robaba a mi amiga.


— Ya nos veremos, cuidate

Fueron palabras sinceras, aunque cargadas de pena. Deseaba con todas mis fuerzas que me devolviesen lo que fue mío en su momento. Quizás aquello era lo que llamaban madurar, no lo sé. Pero aprendí la lección y cada vez me fiaba menos de nada ni de nadie.

«El ser humano da puto asco»
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