11/07/2016, 00:25
Las andanzas de un nuevo negocio que se abría paso en un duro y realmente difícil mundo no eran fáciles de controlar, aunque tampoco nadie advirtió a Katomi de que fuese al contrario, si no mas bien le dieron un par de bofetadas a base de realidad. Aunque tenía una gran ayuda por parte de una amiga, había veces que no podía confiarlo todo en una única persona; después de todo, compartían las mismas responsabilidades ante el desafío.
El camino no la había llevado hasta demasiado lejos, aún andaba en dominios del país de la tormenta, lugar donde no cesaba la lluvia. Era su hogar, y conocía casi todos los antros, ciudades, aldeas, poblados, y pedanias. Al menos eso pensaba ella, pero tan solo por libros y planos, físicamente no había visitado todos. Por suerte o desgracia, hay ciudades con nombres muy sonoros, no siempre para bien. Shinogi-to no era para nada una de las ciudades mas animadas, pero sí que tenía una población deseada por negocios como los de la kunoichi. Toda una suerte que se encontrase tan cerca. Raro era que no la hubiese visitado antes...
Katomi se dispuso a hacer una parte del trabajo que normalmente no le correspondía, buscar nuevos clientes. Por una sola vez, iba a mojarse mas de lo que debía, y no literalmente, de eso ya tenía demasiada experiencia. Bajo la lluvia incesante, atravesaba el umbral de la entrada. Por un instante dejó de lado su caminar, tomándose un respiro para echar un vistazo a su alrededor.
—¿Por dónde debería empezar?— Pensó en voz alta, aunque en una frase casi insonora.
Sus ropas negras se mantenía firmemente fijadas a su piel a causa del agua, su cabellera blanca empapada no pasaba inadvertida ante la misma atacante. Aunque se encontraba calada hasta los huesos, eso parecía que ni tan siquiera la molestase, de hecho así era.
Tras el primer vistazo previo, la chica tomó la decisión. —Un cigarrillo es la mejor opción.— Con paso firme, la chica se acercó hasta un pequeño puesto de comida que se hallaba cerca a la entrada. Quizás no era el mejor de los sitios, pero seguro que alguien le podría ofrecer un cigarrillo. En la misma entrada había gente, entre esas personas una chica que compartía su mismo color de pelo. Si bien era raro eso, mas raros eran sus ojos... eran casi como los de aquel chico que se había topado en Kuroshiro.
«Curioso...»
La Sarutobi le dedicó una sutil sonrisa a la situación, nada en especial, pero curiosa. Continuó andando, y se metió directamente en el local. Se dirigió hacia el mostrador, el cuál tampoco es que estuviese demasiado lejos. —Disculpe, ¿tienen tabaco?— Preguntó sin remordimiento, aferrando unas cuantas monedas de mas en la mano.
El hombre que se encargaba de la tienda no dudó un solo segundo en lanzar una cajetilla al aire. La chica no dudó un solo segundo en atraparla en el mismo aire, así como en dejar las monedas sobre la mesa. Las palabras sobraban quizás.
Sin mas, la chica salió tal y como había entrado, y se dispuso de similar manera que la joven de ojos blancos en la otra mesa; la única mesa libre. Habiendo tomado una posición mas que similar, agarró un cigarro de la cajetilla, y guardó los restantes en el bolsillo de su short. Posó el cigarrillo en los labios, y se tomó su tiempo para tomar aire puro. Disfrutaba de un pequeño instante de tranquilidad.
Sin mas, cerró los ojos por un instante, y exhaló lentamente el aire que encerraba en los pulmones.
El camino no la había llevado hasta demasiado lejos, aún andaba en dominios del país de la tormenta, lugar donde no cesaba la lluvia. Era su hogar, y conocía casi todos los antros, ciudades, aldeas, poblados, y pedanias. Al menos eso pensaba ella, pero tan solo por libros y planos, físicamente no había visitado todos. Por suerte o desgracia, hay ciudades con nombres muy sonoros, no siempre para bien. Shinogi-to no era para nada una de las ciudades mas animadas, pero sí que tenía una población deseada por negocios como los de la kunoichi. Toda una suerte que se encontrase tan cerca. Raro era que no la hubiese visitado antes...
Katomi se dispuso a hacer una parte del trabajo que normalmente no le correspondía, buscar nuevos clientes. Por una sola vez, iba a mojarse mas de lo que debía, y no literalmente, de eso ya tenía demasiada experiencia. Bajo la lluvia incesante, atravesaba el umbral de la entrada. Por un instante dejó de lado su caminar, tomándose un respiro para echar un vistazo a su alrededor.
—¿Por dónde debería empezar?— Pensó en voz alta, aunque en una frase casi insonora.
Sus ropas negras se mantenía firmemente fijadas a su piel a causa del agua, su cabellera blanca empapada no pasaba inadvertida ante la misma atacante. Aunque se encontraba calada hasta los huesos, eso parecía que ni tan siquiera la molestase, de hecho así era.
Tras el primer vistazo previo, la chica tomó la decisión. —Un cigarrillo es la mejor opción.— Con paso firme, la chica se acercó hasta un pequeño puesto de comida que se hallaba cerca a la entrada. Quizás no era el mejor de los sitios, pero seguro que alguien le podría ofrecer un cigarrillo. En la misma entrada había gente, entre esas personas una chica que compartía su mismo color de pelo. Si bien era raro eso, mas raros eran sus ojos... eran casi como los de aquel chico que se había topado en Kuroshiro.
«Curioso...»
La Sarutobi le dedicó una sutil sonrisa a la situación, nada en especial, pero curiosa. Continuó andando, y se metió directamente en el local. Se dirigió hacia el mostrador, el cuál tampoco es que estuviese demasiado lejos. —Disculpe, ¿tienen tabaco?— Preguntó sin remordimiento, aferrando unas cuantas monedas de mas en la mano.
El hombre que se encargaba de la tienda no dudó un solo segundo en lanzar una cajetilla al aire. La chica no dudó un solo segundo en atraparla en el mismo aire, así como en dejar las monedas sobre la mesa. Las palabras sobraban quizás.
Sin mas, la chica salió tal y como había entrado, y se dispuso de similar manera que la joven de ojos blancos en la otra mesa; la única mesa libre. Habiendo tomado una posición mas que similar, agarró un cigarro de la cajetilla, y guardó los restantes en el bolsillo de su short. Posó el cigarrillo en los labios, y se tomó su tiempo para tomar aire puro. Disfrutaba de un pequeño instante de tranquilidad.
Sin mas, cerró los ojos por un instante, y exhaló lentamente el aire que encerraba en los pulmones.