18/11/2016, 11:25
—¡Amo Jin, Amo Jin! —interrumpió de pronto una mujer, menuda y morena—. disculpe mi atrevimiento, pero no pude evitar percatarme del itinerario de viaje que hará el señor Hisai. Vi que tienen planeado visitar el Lago del Recuerdo, ¿no es así?
Quien le hablaba era una sirvienta del hogar de Jin. Musaki había servido a la familia durante muchos años y para Jin y lo demás era una mujer que ya era parte de la familia. Quizás por eso se permitía hablarle con tanta confianza al heredero de los Hyūga.
Jin se sobrepuso ante la sorpresa y se detuvo en seco para mirar a su acompañante de numerosas aventuras.
—¡Y por los pelos! Tuve que rogarle durante semanas para que lo incluyese en el viaje, hasta que al final ha cedido. Claro que he tenido que recurrir a mamá y a sus irresistibles encantos, sabes que para padre es casi imposible decirle que no a ella. ¿Pero por qué lo preguntas?
—Bueno, verá... sé que es todo un atrevimiento de mi parte, joven amo; pero querría pedirle el favor de llevar consigo éste collar. Es para mi padre, él... él falleció durante ya sabe... —comentó solloza—. —nunca he podido ir a despedirlo. Y quisiera ofrendarle esto, en su honor.
El Hyūga tragó saliva intentando despejar el nudo de su garganta. Lo mejor que podía hacer era mostrarse fuerte ante quien yacía evidentemente afligida por el recuerdo de su pérdida. Jin extendió su mano y tomó el collar aunque Musaki aún no se lo hubiera ofrecido.
—No digas mas, será todo un placer llevarlo conmigo.
Frente a él y sus pregonados ojos blancos se alzaba majestuoso aquel gran monolito pedrusco sobre el cual fue grabado cada uno de los nombres de aquellos que habían fallecido luego de la estrepitosa aparición de la bestia con cola a la que todos llamaban Shukaku.
Mientras contemplaba el monumento erguido sobre el islote artificial, el joven Jin pudo sentir —a pesar de no haber perdido a ningún ser querido a diferencia de muchos—. el cómo le invadio de pronto una muy atípica nostalgia. No le resultó para nada agradable percatarse de que no era sólo un puñado de gente la que había perdido la vida, sino cientos y cientos de ellos.
El estómago se le revolvió de pronto y sintió la necesidad de mirar a otro lado.
«¿Por qué nosotros?» —no pudo evitar preguntarse.
Jin conocía el detalle más desconcertante de todos gracias a su tía Arumi, quien estuvo presente durante la catástrofe. Ella murió como todos, y revivió como pocos, gracias a la misericordia de lo que ella y muchos consideraban como un ser mayor. Pero para alguien que no estuvo allí todo aquello no era más que un discurso sin demasiado sentido que sólo generaba más y más preguntas, aunque nadie se había molestado en contestárselas, desde luego.
Su padre era uno de los tantos que prefería guardar silencio. Hisai sentía que lo mejor era dejar el pasado en las manos de aquellos que lo vivieron. La nueva generación no puede vivir con semejante carga, o eso creía él.
Pero ahora el joven Jin estaba sólo, frente al monumento que hacía honor a los caídos. Con tantas preguntas sin responder, y con tan poca compañía que pudiera ayudarle con ello.
Quien le hablaba era una sirvienta del hogar de Jin. Musaki había servido a la familia durante muchos años y para Jin y lo demás era una mujer que ya era parte de la familia. Quizás por eso se permitía hablarle con tanta confianza al heredero de los Hyūga.
Jin se sobrepuso ante la sorpresa y se detuvo en seco para mirar a su acompañante de numerosas aventuras.
—¡Y por los pelos! Tuve que rogarle durante semanas para que lo incluyese en el viaje, hasta que al final ha cedido. Claro que he tenido que recurrir a mamá y a sus irresistibles encantos, sabes que para padre es casi imposible decirle que no a ella. ¿Pero por qué lo preguntas?
—Bueno, verá... sé que es todo un atrevimiento de mi parte, joven amo; pero querría pedirle el favor de llevar consigo éste collar. Es para mi padre, él... él falleció durante ya sabe... —comentó solloza—. —nunca he podido ir a despedirlo. Y quisiera ofrendarle esto, en su honor.
El Hyūga tragó saliva intentando despejar el nudo de su garganta. Lo mejor que podía hacer era mostrarse fuerte ante quien yacía evidentemente afligida por el recuerdo de su pérdida. Jin extendió su mano y tomó el collar aunque Musaki aún no se lo hubiera ofrecido.
—No digas mas, será todo un placer llevarlo conmigo.
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Frente a él y sus pregonados ojos blancos se alzaba majestuoso aquel gran monolito pedrusco sobre el cual fue grabado cada uno de los nombres de aquellos que habían fallecido luego de la estrepitosa aparición de la bestia con cola a la que todos llamaban Shukaku.
Mientras contemplaba el monumento erguido sobre el islote artificial, el joven Jin pudo sentir —a pesar de no haber perdido a ningún ser querido a diferencia de muchos—. el cómo le invadio de pronto una muy atípica nostalgia. No le resultó para nada agradable percatarse de que no era sólo un puñado de gente la que había perdido la vida, sino cientos y cientos de ellos.
El estómago se le revolvió de pronto y sintió la necesidad de mirar a otro lado.
«¿Por qué nosotros?» —no pudo evitar preguntarse.
Jin conocía el detalle más desconcertante de todos gracias a su tía Arumi, quien estuvo presente durante la catástrofe. Ella murió como todos, y revivió como pocos, gracias a la misericordia de lo que ella y muchos consideraban como un ser mayor. Pero para alguien que no estuvo allí todo aquello no era más que un discurso sin demasiado sentido que sólo generaba más y más preguntas, aunque nadie se había molestado en contestárselas, desde luego.
Su padre era uno de los tantos que prefería guardar silencio. Hisai sentía que lo mejor era dejar el pasado en las manos de aquellos que lo vivieron. La nueva generación no puede vivir con semejante carga, o eso creía él.
Pero ahora el joven Jin estaba sólo, frente al monumento que hacía honor a los caídos. Con tantas preguntas sin responder, y con tan poca compañía que pudiera ayudarle con ello.
