4/04/2017, 00:28
—¿Y ser un ninja significa ir por ahí con un vaso de agua como si fueras tonto? —intercedió Tanabe con tono mordaz.
—¡PAPÁ ES UN SHINOBI PORQUE HACE TÉCNICAS Y LUCHA CONTRA LOS MALOS, QUE NO TE ENTERAS! —remató Yuki, ya no llorando, si no iracundo.
—Bueno, bueno, chicos, ¿así es como pensáis comportaros con Karamaru-san hasta que vuelva de mi misión, ¿hmm? —Keiji acababa de volver.
Iba vestido con el chaleco militar oficial de la aldea, pantalones grises, guantes reforzados negros y unas sandalias oscuras. A su espalda cargaba con una mochila que debía de estar hasta arriba de armas, provisiones y otros enseres. Su travesía no iba a ser corta, a juzgar por su equipamiento.
Era la viva imagen de un jōnin de Amegakure.
El moreno devolvió su mirada a la televisión. El rubio se quedó callado de pronto, como si se hubiera quedado mudo. Por su parte, el bebé, demasiado joven como para ser consciente de lo que ocurría a su alrededor, continuó sollozando.
Keiji se aproximó a Karamaru y le puso la diestra sobre su hombro.
—Me temo que me tengo que ir ya, coleguilla. El deber llama y todo eso, ya sabes como es. Piensa que si eres capaz de lidiar con estos niños, luego no habrá enemigo que se te resista —el hombre se rió de su propio chiste—. Nos volveremos a ver. Explora un poco la casa y familiarízate con ella, tienes comida de sobra en la nevera, ¡y que no se acuesten tarde!
Acto seguido se despidió de sus pequeños, dedicándole a cada uno unas palabras que solo ellos pudieron escuchar, pues las susurró, para luego plantarles un beso en la mejilla a cada uno. El pequeño Mitsunari paró de llorar y rió cuando sintió a su padre cerca de él.
Antes de desaparecer por la puerta alzó la mano a modo de despedida y sonrió.
