18/10/2017, 15:37
(Última modificación: 18/10/2017, 15:38 por Uchiha Akame.)
Akame caminaba a toda la velocidad que le permitían sus piernas, ya doloridas, y su maltrecho estado físico. Apenas hacía unos minutos que la ceremonia de toma de posesión del nuevo Uzukage, Sarutobi Hanabi, había tenido lugar. Una ceremonia —la tercera de este tipo que se celebraba en la Aldea Oculta del Remolino en el último año— que había puesto en el punto de mira de toda la Villa a los Hermanos del Desierto, entre otros. Una nueva era comenzaba en Uzushiogakure y ellos dos, como responsables directos, estaban en el ojo del huracán.
Nada más salir del Edificio del Uzukage, aquel gennin de pelo negro y largo y ojos cansados ya empezó a notar —y maldecir— los efectos de su fama. Todo el mundo le reconocía por la calle, y las miradas que le dirigían variaban tanto que iban de la admiración hasta el miedo, pasando por el agradecimiento, el desprecio y otros tantos. Akame, que siempre había perseguido la gloria para él y para su linaje —los Uchiha—, tenía ahora una percepción bien distinta de lo que suponía ser famoso.
Sea como fuere, nada de eso importaba más al joven shinobi que una cosa. O, más bien, una persona. «Por favor, que no le haya pasado nada... Por favor, Amaterasu...» El motivo por el que, al final, todo había acabado yéndose al diablo y Zoku volando por los aires convertido en una bola de fuego.
Su joven amada, Kageyama Koko.
Cuando Akame divisó a lo lejos la opulenta e inconfundible residencia de los Sakamoto, notó que el corazón se le aceleraba. Pese a haberse enfrentado a un Kage y llevar un bijuu dentro suya, el Uchiha todavía no tenía los arrestos necesarios para preguntar por Koko en la puerta principal. De modo que decidió dar un rodeo hacia la parte trasera, donde se encontraba la ventana de su amada. Tomó una piedra lo bastante pequeña como para no romper nada, pero lo suficientemente grande como para ser arrojada, y la lanzó contra el cristal de la ventana de Koko.
—¡Koko-chan! —exclamó, cauto, mirando de vez en cuando a izquierda y derecha.
Nada más salir del Edificio del Uzukage, aquel gennin de pelo negro y largo y ojos cansados ya empezó a notar —y maldecir— los efectos de su fama. Todo el mundo le reconocía por la calle, y las miradas que le dirigían variaban tanto que iban de la admiración hasta el miedo, pasando por el agradecimiento, el desprecio y otros tantos. Akame, que siempre había perseguido la gloria para él y para su linaje —los Uchiha—, tenía ahora una percepción bien distinta de lo que suponía ser famoso.
Sea como fuere, nada de eso importaba más al joven shinobi que una cosa. O, más bien, una persona. «Por favor, que no le haya pasado nada... Por favor, Amaterasu...» El motivo por el que, al final, todo había acabado yéndose al diablo y Zoku volando por los aires convertido en una bola de fuego.
Su joven amada, Kageyama Koko.
Cuando Akame divisó a lo lejos la opulenta e inconfundible residencia de los Sakamoto, notó que el corazón se le aceleraba. Pese a haberse enfrentado a un Kage y llevar un bijuu dentro suya, el Uchiha todavía no tenía los arrestos necesarios para preguntar por Koko en la puerta principal. De modo que decidió dar un rodeo hacia la parte trasera, donde se encontraba la ventana de su amada. Tomó una piedra lo bastante pequeña como para no romper nada, pero lo suficientemente grande como para ser arrojada, y la lanzó contra el cristal de la ventana de Koko.
—¡Koko-chan! —exclamó, cauto, mirando de vez en cuando a izquierda y derecha.