15/11/2017, 16:09
El viejo miró al chico de pies a cabeza, no estaba igual que la Kageyama, pero definitivamente tenía el aliento de un muerto, podía sentirlo por cada vez que él abría la boca.
—¿Siquiera piensas lavarte la boca? —cuestionó arqueando una ceja.
En cualquier caso, el médico no iba a drogarle a la de ya, iba a mandarle a hacerse la cama como mínimo pero la pecosa hizo acto de presencia con ropa que realmente no la favorecía si lo que pretendía era mostrar su cuerpo. La camisa le quedaba bastante grande y al haberse abrochado todos los botones parecía estar envuelta en una sábana que le llegaba hasta por debajo de la línea de la cadera, incluso las manos de la joven habían desaparecido dentro de las mangas. Y respecto del pantalón… la kunoichi no tenía pies, solo se podía ver la tela arrugada dando a entender que allí había algo que la mantenía parada.
Debajo del brazo izquierdo tenía toda su ropa, empapada pero ya algo escurrida para que no goteara y en la mano sostenía sus botas. Con la otra mano llevaba sus armas.
—Mañana a primera hora me iré —dijo cabizbaja la Kageyama mientras se dirigía a una de las camas vacías—. Disculpe las molestias.
No era la primera vez que pasaba la noche en aquella cabaña, y sabía también que no sería la última.
El anciano por su parte no pronunció palabra, simplemente asintió con la cabeza y devolvió la mirada a Datsue, a la espera de una respuesta clara por su parte. Después de todo, si le apestaba tanto la boca podría llegar a despertarse por ello, según qué tan ligero tenga el sueño, claro.
—¿Siquiera piensas lavarte la boca? —cuestionó arqueando una ceja.
En cualquier caso, el médico no iba a drogarle a la de ya, iba a mandarle a hacerse la cama como mínimo pero la pecosa hizo acto de presencia con ropa que realmente no la favorecía si lo que pretendía era mostrar su cuerpo. La camisa le quedaba bastante grande y al haberse abrochado todos los botones parecía estar envuelta en una sábana que le llegaba hasta por debajo de la línea de la cadera, incluso las manos de la joven habían desaparecido dentro de las mangas. Y respecto del pantalón… la kunoichi no tenía pies, solo se podía ver la tela arrugada dando a entender que allí había algo que la mantenía parada.
Debajo del brazo izquierdo tenía toda su ropa, empapada pero ya algo escurrida para que no goteara y en la mano sostenía sus botas. Con la otra mano llevaba sus armas.
—Mañana a primera hora me iré —dijo cabizbaja la Kageyama mientras se dirigía a una de las camas vacías—. Disculpe las molestias.
No era la primera vez que pasaba la noche en aquella cabaña, y sabía también que no sería la última.
El anciano por su parte no pronunció palabra, simplemente asintió con la cabeza y devolvió la mirada a Datsue, a la espera de una respuesta clara por su parte. Después de todo, si le apestaba tanto la boca podría llegar a despertarse por ello, según qué tan ligero tenga el sueño, claro.