6/02/2018, 19:41
(Última modificación: 6/02/2018, 20:04 por Uchiha Akame.)
Primera Flor, Primavera del año 218.
Akame miraba el vaso de sake que reposaba en la barra de madera frente a él, y el vaso le devolvía la mirada. Eran distintas; la del Uchiha, curiosamente indecisa. La del vaso de licor, tan pálida y serena como podría esperarse. No se inmutaba ante la tesitura que parecía carcomer a su dueño. El Uchiha se frotó las manos con aire nervioso y desvió la mirada a su alrededor, esperando no encontrarse a ningún parroquiano versado en las lides que a él se le escapaban, con ganas de reírse.
Los motivos que le habían llevado a Tanzaku eran bien simples. Les habían encargado una misión conjunta con Kusagakure no Sato —a él y a Datsue, claro— en una región menor de Hi no Kuni, por lo que los Hermanos del Desierto habían tenido que poner rumbo hacia el caluroso país interior. Por suerte el mal tiempo del Invierno iba quedando atrás, y durante el viaje sólo el cálido abrazo del Sol les hizo compañía. Ese día habían decidido parar en la capital, Tanzaku Gai, para comprar provisiones y descansar antes de empezar la misión.
Aquella mañana Akame había decidido escabullirse a escondidas de su compadre para intentar afrontar una asignatura pendiente que llevaba incomodándole desde hacía un tiempo. Y es que claro, con todo el lío del Examen de ascenso a chuunin y demás, el Uchiha se había esforzado por meter cabeza en los ambientes de los veteranos de Uzushio; eso incluía, fundamentalmente, bares y chiringuitos de la Aldea.
Y allí había aprendido que no había muchos chuunin o jōnin que no supieran beber como mujeres y hombres hechos y derechos —o tal vez fuese su sesgada percepción de adolescente—. Pero, de cualquier modo, aquella habilidad parecía importante y Akame era un condenado novato en ese terreno.
De modo que allí estaba, frente a un vaso de sake que el tabernero le había servido pese a su corta edad y a que no debían ser ni las doce del mediodía.