12/05/2018, 16:51
La táctica de Kaido pareció dar resultado. Bien era cierto que había hecho sol todo el día, y que el barco era demasiado grande como para que con el mar en calma el oleaje llegase siquiera a salpicar la cubierta, pero el pequeño charco en el que se había convertido pasó inadvertido tanto para la sobrina de Shenfu Kano —definitivamente inconsciente— y Kila, todavía de espaldas.
Nada ocurrió durante unos largos segundos, en los que Kila se limitaba a lanzar miradas fugaces a la abertura de la cubierta por la que había subido Kaido. También, por un instante, al charco en el que se había convertido el amejin. Pasó lo que pareció un minuto eterno. Y entonces…
… unos pasos. Unos pasos que provenían del muelle, que ahora subían por las escaleras del barco, y que finalmente llegaban a la cubierta.
—Se suponía que esperaríamos a la noche —murmuró, con voz tensa y nerviosa. Kaido le reconoció en seguida: era el chico de la cicatriz que le había acusado de tener las pruebas amañadas. Sus ojos, saltones, lanzaban miradas nerviosas al muelle y al cuerpo inerte de Koe.
—Cambio de planes, monada —rebatió Kila, quien pese a también lucir nerviosa, lo disimulaba mejor—. Hay algo en el otro que me huele a chamusquina. Mejor aprovechar el momento.
—Pero a plena luz del día…
—¡Shhh! —le mandó rechistar, mientras miraba nuevamente atrás—. Vamos, coño, no me seas nenaza ahora. Sabes que el riesgo merece la pena. —Sin siquiera esperar a su beneplácito, le arrancó de las manos una enorme tela enrome que se había traído consigo. Con un brusco movimiento, la lanzó hacia Koe, desenrollándola en el acto y haciendo que se envolviese en el cuerpo de la chica.
A todas luces, la estaban sellando con una tela y etiqueta de sellado. ¿Qué haría, mientras tanto, el Tiburón de Amegakure? ¿Se limitaría a seguir observando, a permanecer como espectador para esclarecer mejor de qué iba todo aquel asunto? ¿O se decidiría a actuar?
Nada ocurrió durante unos largos segundos, en los que Kila se limitaba a lanzar miradas fugaces a la abertura de la cubierta por la que había subido Kaido. También, por un instante, al charco en el que se había convertido el amejin. Pasó lo que pareció un minuto eterno. Y entonces…
… unos pasos. Unos pasos que provenían del muelle, que ahora subían por las escaleras del barco, y que finalmente llegaban a la cubierta.
—Se suponía que esperaríamos a la noche —murmuró, con voz tensa y nerviosa. Kaido le reconoció en seguida: era el chico de la cicatriz que le había acusado de tener las pruebas amañadas. Sus ojos, saltones, lanzaban miradas nerviosas al muelle y al cuerpo inerte de Koe.
—Cambio de planes, monada —rebatió Kila, quien pese a también lucir nerviosa, lo disimulaba mejor—. Hay algo en el otro que me huele a chamusquina. Mejor aprovechar el momento.
—Pero a plena luz del día…
—¡Shhh! —le mandó rechistar, mientras miraba nuevamente atrás—. Vamos, coño, no me seas nenaza ahora. Sabes que el riesgo merece la pena. —Sin siquiera esperar a su beneplácito, le arrancó de las manos una enorme tela enrome que se había traído consigo. Con un brusco movimiento, la lanzó hacia Koe, desenrollándola en el acto y haciendo que se envolviese en el cuerpo de la chica.
A todas luces, la estaban sellando con una tela y etiqueta de sellado. ¿Qué haría, mientras tanto, el Tiburón de Amegakure? ¿Se limitaría a seguir observando, a permanecer como espectador para esclarecer mejor de qué iba todo aquel asunto? ¿O se decidiría a actuar?
