16/05/2018, 01:46
Convertido en una babosa, el hijo del océano se escabulló por las rendijas cercanas del edificio, calando bajo una enorme estantería que parecía repetirse una y otra vez, atizando el interior del galpón. Un olor profundo le palpó el olfato y tuvo que espabilar para no perder la concentración, resultado trágico en circunstancias tan comprometedores como aquella.
Comprometedora porque, a la par de ingenuo, realmente había pensado que aquello se trataba de una pequeña treta de jóvenes desencantados. Una venganza infantil por alguna mala comida, o quizás una mala paga. Un robo simplón, de un par de yonquis que sabían que Shenfu Kano tenía un poco de blanca en su estúpida caja fuerza.
Si hubiera tenido cabeza con la cuál negar —ahora sólo era una masa inmóvil y inverosímil de la que sólo se superponía parte de sus ojos y oídos—. lo habría hecho. Ahora que veía todo el panorama, podía sentirse como un ingenuo.
Porque Kila, y el otro imbécil eran sólo la punta del iceberg.
—Te dije que la trajeses de noche o no te lo dije —inquirió aquella nueva presencia, con su pie por sobre su lacayo, apretando peligrosamente su cuello. Demostrando superioridad, y luciendo tan pulcro como ningún otro. Su presencia irradiaba confianza desmedida, y su aspecto adornado con buenas perchas no hacían sino reforzar el mensaje.
Melena roja como el fuego más ardiente, y así también vestigios de llamas adornándole la barba. Un tatuaje de dragón envolviéndole el cuello, y un parche tapando su ojo malo. Katame, era su nombre.
—¿Qué te dije? No grites —demandó, muy a pesar de que no escatimó esfuerzos en ayudarle a guardar silencio. Aquel pie que le avergonzaba en el suelo ahora también le hacía daño, y pareció moverse apenas un poco para abandonar, aparentemente, su reprimenda—. ¿Así que la zorra de tu novia decidió por su cuenta venir a plena luz del día, eh? Pero yo te dije que este no era sitio para venir de día, ¿o no te lo dije?
Pero todo había sido un amago. Aquellos que no tenían reparo en quitar una vida y disfrutaban de ello por lo general preferían dar falsas esperanzas antes de dar el golpe final.
Fuerza, y más fuerza. El aire en algún punto de aquel apretón habría dejado de pasar, y el lacayo sentiría la impiadosa falta de oxígeno retumbándole en los pulmones. Se habría revolcado como un pez fuera del agua, y pediría clemencia a través de una mirada de resignación, de aquella que sólo nace en los ojos de un moribundo.
¿Y quién le iba a salvar? ¿Kaido? desde luego que no.
«Lo siento, pero no puedo poner en riesgo la misión por... »
Por un ladronzuelo al que no conocía, pero también, una persona. Pero así era el mundo ninja, lleno de sacrificios. Podía que fuese el primero, pero desde luego, que no el último.
Comprometedora porque, a la par de ingenuo, realmente había pensado que aquello se trataba de una pequeña treta de jóvenes desencantados. Una venganza infantil por alguna mala comida, o quizás una mala paga. Un robo simplón, de un par de yonquis que sabían que Shenfu Kano tenía un poco de blanca en su estúpida caja fuerza.
Si hubiera tenido cabeza con la cuál negar —ahora sólo era una masa inmóvil y inverosímil de la que sólo se superponía parte de sus ojos y oídos—. lo habría hecho. Ahora que veía todo el panorama, podía sentirse como un ingenuo.
Porque Kila, y el otro imbécil eran sólo la punta del iceberg.
—Te dije que la trajeses de noche o no te lo dije —inquirió aquella nueva presencia, con su pie por sobre su lacayo, apretando peligrosamente su cuello. Demostrando superioridad, y luciendo tan pulcro como ningún otro. Su presencia irradiaba confianza desmedida, y su aspecto adornado con buenas perchas no hacían sino reforzar el mensaje.
Melena roja como el fuego más ardiente, y así también vestigios de llamas adornándole la barba. Un tatuaje de dragón envolviéndole el cuello, y un parche tapando su ojo malo. Katame, era su nombre.
—¿Qué te dije? No grites —demandó, muy a pesar de que no escatimó esfuerzos en ayudarle a guardar silencio. Aquel pie que le avergonzaba en el suelo ahora también le hacía daño, y pareció moverse apenas un poco para abandonar, aparentemente, su reprimenda—. ¿Así que la zorra de tu novia decidió por su cuenta venir a plena luz del día, eh? Pero yo te dije que este no era sitio para venir de día, ¿o no te lo dije?
Pero todo había sido un amago. Aquellos que no tenían reparo en quitar una vida y disfrutaban de ello por lo general preferían dar falsas esperanzas antes de dar el golpe final.
Fuerza, y más fuerza. El aire en algún punto de aquel apretón habría dejado de pasar, y el lacayo sentiría la impiadosa falta de oxígeno retumbándole en los pulmones. Se habría revolcado como un pez fuera del agua, y pediría clemencia a través de una mirada de resignación, de aquella que sólo nace en los ojos de un moribundo.
¿Y quién le iba a salvar? ¿Kaido? desde luego que no.
«Lo siento, pero no puedo poner en riesgo la misión por... »
Por un ladronzuelo al que no conocía, pero también, una persona. Pero así era el mundo ninja, lleno de sacrificios. Podía que fuese el primero, pero desde luego, que no el último.
