29/06/2018, 23:25
Tan pronto el repulsivo olor que inundaba la habitación asaltó las fosas nasales de Karma, la muchacha se llevó la diestra a la cara, tapándose boca y nariz. Nunca había olido algo así. Una vez más tuvo que reprimir una arcada, por mucho que fuese una Iryō-Nin; la situación no era del agrado de su almuerzo tampoco, visto lo mucho que quería escapar de ella.
—¿Qué ha pasado aquí...? —murmuró según escaneaba el lugar, su voz amortiguada por la palma de su mano.
El capitán suspiró.
—Eso es lo que vamos a tener que averiguar, no podemos tener a un perturbado como este rondando por las calles —afirmó con hastío—. En cuanto a vosotros... bueno, cada vez resulta más difícil creer que hayáis tenido algo que ver, a no ser que sea un excelente montaje para cubriros las espaldas. Siendo ninjas, no lo descarto del todo... no es nada personal.
»Mis hombres van a hacer unas pesquisas. Nos aseguraremos completamente de que no tenéis nada que ver, entonces os dejaremos ir. Mientras tanto me temo que váis a tener que esperar aquí conmigo. Es desagradable, lo sé y lo siento. Os aconsejo que os quedéis cerca de la ventana, ahí no huele tanto.
Entraron por la puerta Akane y Mitsunari, llevando consigo al muerto. El soldado iba a la cabeza, y en cuanto percibió la fetidez del habitáculo así como el dantesco espectáculo marcado en él, soltó el cuerpo casi como si hubiera visto un fantasma.
—¡Por todos los putos platos de Bansho! ¡¿Que carajo ha pasado aquí?!
—¡Soldado, compórtese! ¡El cadáver al centro de la sala!
—¡Sí, Hidetaka-dono! ¡Mis más sinceras disculpas! —exclamó y agarró al fallecido a toda prisa, cargando con él en solitario hasta depositarlo donde le había dicho su capitán.
Ahora Akane podía volver con su amo y Mitsunari había finalizado aquella tarea, tan sucia y agotadora.
—Mitsunari-kun —le llamó Hidetaka, que se aproximó a él.
Habló con este durante unos instantes, en voz baja. Acto seguido, el subordinado asintió y se marchó de la sala a paso ligero, bajando las escaleras de vuelta a la calle, no sin antes lanzar una última mirada —plagada de asco— al apartamento.
—Poneos cómodos, jóvenes. Mis hombres no tardarán.
Karma se separó de Etsu y se aproximó a la ventana, tomando el consejo del capitán. La brisa que entraba hacía el trago más llevadero, desde luego.
Era un buen momento para echarle un vistazo a ese tobillo y tratar de remediar el daño sufrido. La joven se sentó en la silla de escritorio, se quitó la sandalia y comprobó el estado de la extremidad afectada: observó con atención su piel, tocó en un par de lugares, para finalmente acudir a su kit. Se la veía algo distraída, observando el kanji y las tripas bajo este de tanto en tanto, mostrando una expresión que rondaba entre la fascinación y el temor.
—¿Qué ha pasado aquí...? —murmuró según escaneaba el lugar, su voz amortiguada por la palma de su mano.
El capitán suspiró.
—Eso es lo que vamos a tener que averiguar, no podemos tener a un perturbado como este rondando por las calles —afirmó con hastío—. En cuanto a vosotros... bueno, cada vez resulta más difícil creer que hayáis tenido algo que ver, a no ser que sea un excelente montaje para cubriros las espaldas. Siendo ninjas, no lo descarto del todo... no es nada personal.
»Mis hombres van a hacer unas pesquisas. Nos aseguraremos completamente de que no tenéis nada que ver, entonces os dejaremos ir. Mientras tanto me temo que váis a tener que esperar aquí conmigo. Es desagradable, lo sé y lo siento. Os aconsejo que os quedéis cerca de la ventana, ahí no huele tanto.
Entraron por la puerta Akane y Mitsunari, llevando consigo al muerto. El soldado iba a la cabeza, y en cuanto percibió la fetidez del habitáculo así como el dantesco espectáculo marcado en él, soltó el cuerpo casi como si hubiera visto un fantasma.
—¡Por todos los putos platos de Bansho! ¡¿Que carajo ha pasado aquí?!
—¡Soldado, compórtese! ¡El cadáver al centro de la sala!
—¡Sí, Hidetaka-dono! ¡Mis más sinceras disculpas! —exclamó y agarró al fallecido a toda prisa, cargando con él en solitario hasta depositarlo donde le había dicho su capitán.
Ahora Akane podía volver con su amo y Mitsunari había finalizado aquella tarea, tan sucia y agotadora.
—Mitsunari-kun —le llamó Hidetaka, que se aproximó a él.
Habló con este durante unos instantes, en voz baja. Acto seguido, el subordinado asintió y se marchó de la sala a paso ligero, bajando las escaleras de vuelta a la calle, no sin antes lanzar una última mirada —plagada de asco— al apartamento.
—Poneos cómodos, jóvenes. Mis hombres no tardarán.
Karma se separó de Etsu y se aproximó a la ventana, tomando el consejo del capitán. La brisa que entraba hacía el trago más llevadero, desde luego.
Era un buen momento para echarle un vistazo a ese tobillo y tratar de remediar el daño sufrido. La joven se sentó en la silla de escritorio, se quitó la sandalia y comprobó el estado de la extremidad afectada: observó con atención su piel, tocó en un par de lugares, para finalmente acudir a su kit. Se la veía algo distraída, observando el kanji y las tripas bajo este de tanto en tanto, mostrando una expresión que rondaba entre la fascinación y el temor.