1/07/2018, 19:19
El ancla finalmente pudo ser liberada al él activar su mecanismo. Los grandes anillos de acero fueron precipitándose uno a uno, unidos entre sí, y la punta inferior de la misma terminó por tocar después de unos cuantos segundos el ansiado fondo marino. Las toneladas de peso de aquella traba en forma de cadena atizó al barco en un choque inconfundible de fuerzas, que obligaron tanto al tiburón como al dragón a buscar no caer tras los trompicones que dio el barco.
El escualo se levantó en cuanto pudo, y en el precio instante en el que alzó la mirada, comprobó en dónde estaba su enemigo. Allá, al ras de la vela principal, descendiendo paulatinamente. Era Katame, con los ojos inyectados de ira y apuntalando a Kaido como si de su presa se tratase. Los ojos de Kaido, en silencio, también hacían lo mismo. Después se limitó a observar detenidamente el estado de su enemigo, quien a pesar de todo parecía estar en forma para continuar la batalla que hubo quedado pendiente allá en los almacenes. Parecía haberse ocupado de la herida en su inexistente oreja.
Aún así, Kaido estaba en total desventaja todavía. Contra él siempre lo iba a estar. Así que tenía que actuar con cabeza, y actuando en consecuencia. Por ahí pasaban sus chances de ganar. Y de vivir.
—¿A dónde crees que vas? —preguntó, socarrón; con una sonrisa entre diente y diente.
El escualo se levantó en cuanto pudo, y en el precio instante en el que alzó la mirada, comprobó en dónde estaba su enemigo. Allá, al ras de la vela principal, descendiendo paulatinamente. Era Katame, con los ojos inyectados de ira y apuntalando a Kaido como si de su presa se tratase. Los ojos de Kaido, en silencio, también hacían lo mismo. Después se limitó a observar detenidamente el estado de su enemigo, quien a pesar de todo parecía estar en forma para continuar la batalla que hubo quedado pendiente allá en los almacenes. Parecía haberse ocupado de la herida en su inexistente oreja.
Aún así, Kaido estaba en total desventaja todavía. Contra él siempre lo iba a estar. Así que tenía que actuar con cabeza, y actuando en consecuencia. Por ahí pasaban sus chances de ganar. Y de vivir.
—¿A dónde crees que vas? —preguntó, socarrón; con una sonrisa entre diente y diente.
