2/08/2018, 12:01
(Última modificación: 2/08/2018, 12:02 por Aotsuki Ayame.)
Sus últimas palabras se perdieron en el vacío de la habitación como un eco muy lejano.
Ayame supo que se había quedado demasiado corta en su respuesta en cuanto calló, pero la presión del momento y el terror que sentía por lo que acababa de vivir se había aferrado a sus nervios y ya no había vuelta atrás. Por eso respiró hondo y, aún temblorosa, alzó la mirada, preparada para enfrentarse a la siguiente ilusión. Pero nada ocurrió. Las palabras de la pared seguían en su incesante goteo, el nivel de la sangre en el suelo seguía aumentando a cada segundo que pasaba, y la muchacha seguía sin recibir ninguna respuesta ni ninguna instrucción más.
—Ho... ¿Hola...? —alzó la voz, tratando de hacerse oír. ¿Acaso se habían olvidado de ella?
Miró a su alrededor, acongojada, pero todo lo que la rodeaba era aquel espacio blanco sin ningún tipo de salida ni escape. Y, de repente, escuchó el escandaloso chapoteo. Y su corazón dejó de latir durante un instante. Ya no era un mero hilo de sangre lo que colgaba de las únicas palabras dibujadas en la pared; como si hubieran abierto algún grifo, ahora el líquido brotaba a toda velocidad de la integridad de cada letra, haciéndolas imposibles de leer. Y la sala comenzó a llenarse aún más rápido. Ayame contrajo el gesto, entre asqueada y horrorizada. Todo lo que la rodeaba era sangre. Sangre cálida y viscosa que manchaba todo su cuerpo y amenazaba ahora con ahogarla.
Aunque ella era una Hozuki. Ella no podía ahogarse, porque ella era el agua...
—¡Ayuda! —exclamó, sin embargo, cuando el nivel alcanzó su barbilla y se vio obligada a ponerse de puntillas para seguir respirando aire limpio. Juntó las manos, terriblemente tentada de intentar disipar la ilusión, pero entonces recordó que eso supondría su suspenso inmediato...
Y entonces algo la agarró por el tobillo, y Ayame apenas tuvo tiempo de tomar aire en una exclamación ahogada antes de que tiraran de ella bruscamente hacia abajo. Braceó, pataleó y se revolvió con todas sus fuerzas para intentar volver a la superficie, pero todo fue inútil. Sentía calor, un calor que, extrañamente, se ele antojó agradable pese a lo angustioso del momento.
Y, de repente, todo pasó.
Volvía a estar sentada en aquella aula sumida en aquella suave penumbra, enfrente de aquel hombre o mujer que aún despedía cierto olor a tabaco que le hizo volver a arrugar la nariz. No había sangre. Volvía a tener sus ropas. Ayame jadeó, profundamente aturdida y aún afectada por lo que acababa de sufrir.
—Bienvenida de nuevo, Aotsuki Ayame —habló su examinador y la muchacha se esforzó en respirar hondo varias veces para calmar los alocados latidos de su corazón—. Ahora es la hora de tu pregunta. Recuerda que puedes preguntar lo que quieras, yo te contestaré y entonces se acabará el examen.
«Una... pregunta.» Repitió para sus adentros, aún con la cabeza embotada como si acabara de despertar de una larga siesta. «Entonces con esto termina la prueba... ¿Pero qué pregunta debería hacer? ¿Esta pregunta va a contar para la evaluación?»
Y lo peor era que, la única pregunta que estaba rondando su cabeza se le antojaba tan sumamente estúpida que le daba vergüenza formularla en voz alta.
—Esto... —No pudo evitar sonrojarse, pero alzó la mirada de sus ojos castaños y la cruzó con la de su examinador—. ¿Tú y yo... nos conocemos? Porque me eres familiar, pero...
Ayame supo que se había quedado demasiado corta en su respuesta en cuanto calló, pero la presión del momento y el terror que sentía por lo que acababa de vivir se había aferrado a sus nervios y ya no había vuelta atrás. Por eso respiró hondo y, aún temblorosa, alzó la mirada, preparada para enfrentarse a la siguiente ilusión. Pero nada ocurrió. Las palabras de la pared seguían en su incesante goteo, el nivel de la sangre en el suelo seguía aumentando a cada segundo que pasaba, y la muchacha seguía sin recibir ninguna respuesta ni ninguna instrucción más.
—Ho... ¿Hola...? —alzó la voz, tratando de hacerse oír. ¿Acaso se habían olvidado de ella?
Miró a su alrededor, acongojada, pero todo lo que la rodeaba era aquel espacio blanco sin ningún tipo de salida ni escape. Y, de repente, escuchó el escandaloso chapoteo. Y su corazón dejó de latir durante un instante. Ya no era un mero hilo de sangre lo que colgaba de las únicas palabras dibujadas en la pared; como si hubieran abierto algún grifo, ahora el líquido brotaba a toda velocidad de la integridad de cada letra, haciéndolas imposibles de leer. Y la sala comenzó a llenarse aún más rápido. Ayame contrajo el gesto, entre asqueada y horrorizada. Todo lo que la rodeaba era sangre. Sangre cálida y viscosa que manchaba todo su cuerpo y amenazaba ahora con ahogarla.
Aunque ella era una Hozuki. Ella no podía ahogarse, porque ella era el agua...
—¡Ayuda! —exclamó, sin embargo, cuando el nivel alcanzó su barbilla y se vio obligada a ponerse de puntillas para seguir respirando aire limpio. Juntó las manos, terriblemente tentada de intentar disipar la ilusión, pero entonces recordó que eso supondría su suspenso inmediato...
Y entonces algo la agarró por el tobillo, y Ayame apenas tuvo tiempo de tomar aire en una exclamación ahogada antes de que tiraran de ella bruscamente hacia abajo. Braceó, pataleó y se revolvió con todas sus fuerzas para intentar volver a la superficie, pero todo fue inútil. Sentía calor, un calor que, extrañamente, se ele antojó agradable pese a lo angustioso del momento.
Y, de repente, todo pasó.
Volvía a estar sentada en aquella aula sumida en aquella suave penumbra, enfrente de aquel hombre o mujer que aún despedía cierto olor a tabaco que le hizo volver a arrugar la nariz. No había sangre. Volvía a tener sus ropas. Ayame jadeó, profundamente aturdida y aún afectada por lo que acababa de sufrir.
—Bienvenida de nuevo, Aotsuki Ayame —habló su examinador y la muchacha se esforzó en respirar hondo varias veces para calmar los alocados latidos de su corazón—. Ahora es la hora de tu pregunta. Recuerda que puedes preguntar lo que quieras, yo te contestaré y entonces se acabará el examen.
«Una... pregunta.» Repitió para sus adentros, aún con la cabeza embotada como si acabara de despertar de una larga siesta. «Entonces con esto termina la prueba... ¿Pero qué pregunta debería hacer? ¿Esta pregunta va a contar para la evaluación?»
Y lo peor era que, la única pregunta que estaba rondando su cabeza se le antojaba tan sumamente estúpida que le daba vergüenza formularla en voz alta.
—Esto... —No pudo evitar sonrojarse, pero alzó la mirada de sus ojos castaños y la cruzó con la de su examinador—. ¿Tú y yo... nos conocemos? Porque me eres familiar, pero...

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