22/09/2018, 14:48
Con la idea en mente de preguntar a los mercaderes de la aldea, Kazuma se encaminó hacia el Mercado Central de Kusagakure, ubicado en el mismo centro.
Se trataba de un edificio grande, aunque de un solo piso de altura, que estaba construido con el mismo estilo tradicional que los demás: paredes de madera y puertas de cañas de bambú. Una escalinata daba acceso al interior del lugar, y cuando el espadachín accediera a él se encontraría en un amplio espacio, prácticamente atestado de civiles que iban de aquí para allá ultimando las compras del día y otros shinobi que hacían guardia para evitar hurtos o altercados. El rumor de las voces era como el murmullo de un río, siempre constante, aunque de vez en cuando la voz de algún vendedor tratando de captar la atención de algún posible cliente con la promesa de productos frescos y de calidad sobresalía como el pico de una roca sobre la corriente. Los puestos se distribuían de manera uniforme y cada uno de ellos se especializaba en un tipo de venta diferente.
—¡Acérquense y vean, tengo las mejores frutas exóticas de los bosques del país!
—¡Pescado fresco de las Cascadas del Mar, señores! ¡No verán unas truchas tan frescas como estas!
—¡Chuletas de buey! ¡Prueben nuestras tiernas chuletas!
—¡Compren las mejores setas sacadas del Bosque de Hongos! ¡Vamos que me las quitan de las manos!
—¡Agua de lluvia de la misma Amegakure! ¡Milagrosa! ¡Comprobadlo por vosotros mismos!
—¡Amuletos contra la mala suerte bendecidos por la misma Madre Naga!
—¡Mantenga sus armas siempre afiladas con nuestro antioxidante especial! ¡Sus katanas lo agradecerán!
Se trataba de un edificio grande, aunque de un solo piso de altura, que estaba construido con el mismo estilo tradicional que los demás: paredes de madera y puertas de cañas de bambú. Una escalinata daba acceso al interior del lugar, y cuando el espadachín accediera a él se encontraría en un amplio espacio, prácticamente atestado de civiles que iban de aquí para allá ultimando las compras del día y otros shinobi que hacían guardia para evitar hurtos o altercados. El rumor de las voces era como el murmullo de un río, siempre constante, aunque de vez en cuando la voz de algún vendedor tratando de captar la atención de algún posible cliente con la promesa de productos frescos y de calidad sobresalía como el pico de una roca sobre la corriente. Los puestos se distribuían de manera uniforme y cada uno de ellos se especializaba en un tipo de venta diferente.
—¡Acérquense y vean, tengo las mejores frutas exóticas de los bosques del país!
—¡Pescado fresco de las Cascadas del Mar, señores! ¡No verán unas truchas tan frescas como estas!
—¡Chuletas de buey! ¡Prueben nuestras tiernas chuletas!
—¡Compren las mejores setas sacadas del Bosque de Hongos! ¡Vamos que me las quitan de las manos!
—¡Agua de lluvia de la misma Amegakure! ¡Milagrosa! ¡Comprobadlo por vosotros mismos!
—¡Amuletos contra la mala suerte bendecidos por la misma Madre Naga!
—¡Mantenga sus armas siempre afiladas con nuestro antioxidante especial! ¡Sus katanas lo agradecerán!
