25/09/2018, 16:03
Como era habitual, el mercado de la villa bullía en actividad, con tal cantidad de personas hablando que las voces se fundían en un rumor profundo y permanente.
Por un lado y otro los vendedores alzaban sus voces de forma competitiva, tratando de elevarse por sobre el ruido ambiental: los había que ofrecían frutas misteriosas en formas y colores; otros vendían enormes pescados relucientes, como extraídos de un rio de plata; algunos negociaban con la siempre popular carne de cerdo en chuletas, deliciosas y tiernas. A Kazuma le gustaba esta carne, aunque consumirla pensando que tenía un cerdito en casa era un tanto extraño. Hubo quienes comerciaban con setas de aspectos surreales y quienes aseguraban tener un agua de lluvia con aspecto mundano, pero con propiedades milagrosas. Y no faltaban los habituales mercaderes de baratijas bendecidas por “semidioses” y místicos, y los que tenían miles de productos para la limpieza y el mantenimiento de los equipos ninjas.
Por momentos la información que le llegaba era demasiada como para pensar calmadamente. Se alejó hacia una parte no tan concurrida y se sentó, a reflexionar sobre cuál de aquellos vendedores podría ayudarle con su cometido.
—Creo que la gente de la frutería podría ayudarme, o quizás la del puesto de hongos —se dijo, mientras releía lo escrito en el pergamino—. Pero no sé cuál de ambos (fruta u hongos) es más cercano a una planta para hacer té.
Se mantuvo quieto durante un rato, tratando de dilucidar el camino correcto; y de pronto, una especie de respuesta le llego: por tratarse el té y la fruta de cosas que se consumen directamente, y porque muchas veces el primero estaba hecho a base de fruta, los de la frutería eran quienes mayores posibilidades tenían de saber algo sobre la planta que buscaba. Sin embargo, dejaría como segunda opción de información el puesto de hongos.
Se acercó hasta el sitio, tomándose un tiempo para maravillarse sobre la diversidad frutal de los bosques de su país. Cuando encontrara un espacio entre la gente, se dirigiría hacia quien estuviese atendiendo:
—Buenas tardes. Busco una planta llamada “Camellia sinensis” —dijo, con un tono que indicaba que no la conocía de nada—. Según se, sirve para hacer té.
Por un lado y otro los vendedores alzaban sus voces de forma competitiva, tratando de elevarse por sobre el ruido ambiental: los había que ofrecían frutas misteriosas en formas y colores; otros vendían enormes pescados relucientes, como extraídos de un rio de plata; algunos negociaban con la siempre popular carne de cerdo en chuletas, deliciosas y tiernas. A Kazuma le gustaba esta carne, aunque consumirla pensando que tenía un cerdito en casa era un tanto extraño. Hubo quienes comerciaban con setas de aspectos surreales y quienes aseguraban tener un agua de lluvia con aspecto mundano, pero con propiedades milagrosas. Y no faltaban los habituales mercaderes de baratijas bendecidas por “semidioses” y místicos, y los que tenían miles de productos para la limpieza y el mantenimiento de los equipos ninjas.
Por momentos la información que le llegaba era demasiada como para pensar calmadamente. Se alejó hacia una parte no tan concurrida y se sentó, a reflexionar sobre cuál de aquellos vendedores podría ayudarle con su cometido.
—Creo que la gente de la frutería podría ayudarme, o quizás la del puesto de hongos —se dijo, mientras releía lo escrito en el pergamino—. Pero no sé cuál de ambos (fruta u hongos) es más cercano a una planta para hacer té.
Se mantuvo quieto durante un rato, tratando de dilucidar el camino correcto; y de pronto, una especie de respuesta le llego: por tratarse el té y la fruta de cosas que se consumen directamente, y porque muchas veces el primero estaba hecho a base de fruta, los de la frutería eran quienes mayores posibilidades tenían de saber algo sobre la planta que buscaba. Sin embargo, dejaría como segunda opción de información el puesto de hongos.
Se acercó hasta el sitio, tomándose un tiempo para maravillarse sobre la diversidad frutal de los bosques de su país. Cuando encontrara un espacio entre la gente, se dirigiría hacia quien estuviese atendiendo:
—Buenas tardes. Busco una planta llamada “Camellia sinensis” —dijo, con un tono que indicaba que no la conocía de nada—. Según se, sirve para hacer té.
![[Imagen: aab687219fe81b12d60db220de0dd17c.gif]](https://i.pinimg.com/originals/aa/b6/87/aab687219fe81b12d60db220de0dd17c.gif)
