26/09/2018, 13:37
En su resolución por descubrir algo más sobre la planta que le habían encomendado encontrar, Kazuma se dirigió sin demora al puesto de las frutas. Un gran catálogo se abría ante sus ojos: uvas verdes y oscuras, grandes y redondeadas; brillantes manzanas rojas, doradas y verdes; plátanos de un color dorado brillante como el sol, enormes sandías y melones que clamaban ser recogidos, granadas con el color de la sangre en sus granos, y otras muchas frutas que el shinobi ni siquiera fue capaz de reconocer. Allí una mujer regordeta, con cara redondeada y cabellos castaños recogidos en un apretado moño, gritaba a diestro y siniestro para captar la atención de los clientes. Los ojos de la mujer brillaron encandilados cuando se dio cuenta de la presencia del shinobi cerca de su puesto.
—¡Oh, acérquese, shinobi-san, tenemos las mejores frutas de todo el País de los Bosques! ¡Compruébelo por sí mismo! —exclamó, acercándole una bandeja de fresas tan rojas como la sangre. Sin embargo, las intenciones de Kazuma no eran esas, y la mirada de la mujer se apagó, decepcionada, cuando escuchó aquella pregunta—. ¿Camella simenti? ¿Acaso parezco uno de esos chiflados científicos? —preguntó, irritada—. El té se hace con hojas de té, ¡eso lo sabe todo el mundo!
—¡Oh, acérquese, shinobi-san, tenemos las mejores frutas de todo el País de los Bosques! ¡Compruébelo por sí mismo! —exclamó, acercándole una bandeja de fresas tan rojas como la sangre. Sin embargo, las intenciones de Kazuma no eran esas, y la mirada de la mujer se apagó, decepcionada, cuando escuchó aquella pregunta—. ¿Camella simenti? ¿Acaso parezco uno de esos chiflados científicos? —preguntó, irritada—. El té se hace con hojas de té, ¡eso lo sabe todo el mundo!
