8/10/2018, 21:01
Muchas eran las lecciones que tendría que aprender el joven Hanamura Kazuma para su vida como shinobi, y algunas de aquellas lecciones, sin duda alguna, acabaría aprendiéndolas a las malas. Quizás, durante aquella misma misión.
Con su curiosidad satisfecha, el espadachín debería dirigirse a las afueras de la aldea, donde el bosque del País de los Bosques clamaba el terreno como suyo. Tras dar las pertinentes explicaciones a la pareja de Chuunin que vigilaba la entrada y salida de la aldea y atravesar el puente que cruzaba la enorme zanja que les servía de muro, enseguida comprobaría que, al contrario de lo que creía, no existía ninguna zona delimitada para la caza, la de tala o la de recolección de hierbas y flores. Todo a su alrededor era un laberinto de senderos que pasaban junto a árboles, altos como montañas, y plantas, una gran diversidad de plantas, a cada cual más exótica y extraña que la anterior. No vio animales por el momento, aunque el trino de los pájaros ocultos entre las ramas y el zumbido de los insectos entre las flores era la prueba irrefutable de que aquel sitio estaba repleto de vida. Sin embargo, algo llamaría la atención de Kazuma: un poco más lejos, al sureste de allí, una columna de humo se elevaba entre la vegetación.
Con su curiosidad satisfecha, el espadachín debería dirigirse a las afueras de la aldea, donde el bosque del País de los Bosques clamaba el terreno como suyo. Tras dar las pertinentes explicaciones a la pareja de Chuunin que vigilaba la entrada y salida de la aldea y atravesar el puente que cruzaba la enorme zanja que les servía de muro, enseguida comprobaría que, al contrario de lo que creía, no existía ninguna zona delimitada para la caza, la de tala o la de recolección de hierbas y flores. Todo a su alrededor era un laberinto de senderos que pasaban junto a árboles, altos como montañas, y plantas, una gran diversidad de plantas, a cada cual más exótica y extraña que la anterior. No vio animales por el momento, aunque el trino de los pájaros ocultos entre las ramas y el zumbido de los insectos entre las flores era la prueba irrefutable de que aquel sitio estaba repleto de vida. Sin embargo, algo llamaría la atención de Kazuma: un poco más lejos, al sureste de allí, una columna de humo se elevaba entre la vegetación.
