29/10/2018, 14:32
Con el firme propósito de refrescarse, Kazuma se aproximó al riachuelo y sumergió los pies en el agua. Tenía calor, pero enseguida se dio cuenta de que ese calor era fruto de la actividad de su propio cuerpo, pues las aguas bajaban con el frío de un otoño que comenzaba a perecer bajo el yugo del invierno. La larga caminata a través del bosque y la humedad del ambiente le había dejado sudoroso y cansado. Y no era para menos.
Se echó agua en el rostro y se remojó el cabello y, mientras miraba a su alrededor fue cuando se dio cuenta de algo. Allí, un poco más allá de la otra ribera del río y en mitad de un pequeño claro, un extraño árbol se alzaba con sus ramas extendidas hacia el cielo, buscando con ansia la luz del sol. A ojo debía de medir unos diez metros de alto, y lo extraño de aquel árbol no era su posición ni su disposición, sino sus hojas, doradas en lugar de verdes, acompañadas de unas florecillas blancas que lucían entre ellas.
Se echó agua en el rostro y se remojó el cabello y, mientras miraba a su alrededor fue cuando se dio cuenta de algo. Allí, un poco más allá de la otra ribera del río y en mitad de un pequeño claro, un extraño árbol se alzaba con sus ramas extendidas hacia el cielo, buscando con ansia la luz del sol. A ojo debía de medir unos diez metros de alto, y lo extraño de aquel árbol no era su posición ni su disposición, sino sus hojas, doradas en lugar de verdes, acompañadas de unas florecillas blancas que lucían entre ellas.
