2/11/2018, 16:01
Absorto en lo que parecían ser fantásticas ensoñaciones surgidas de cuentos de hadas, el genin de Kusagakure cruzó el riachuelo y se acercó al esplendoroso árbol de hojas doradas. Muerto de curiosidad, y con un objetivo en mente que sólo él debía saber, lo primero que se le ocurrió fue intentar escalarlo sin pararse demasiado a examinarlo.
Sin embargo, pronto se daría cuenta de varios detalles: se trataba de un árbol muy frondoso (el frío del invierno incipiente no parecía estar haciendo mella en él, y apenas había unas pocas hojas esparcidas por el suelo), y el tronco se bifurcaba casi en la misma base para dar lugar a las ramas, mucho más delgadas y frágiles. Era bastante posible que si Kazuma no cejaba en su empeño por subirlo, terminara rompiendo alguna de aquellas ramas y cayendo al suelo en el proceso. Además, aunque consiguiera llegar a la copa, los árboles que crecían a su alrededor eran mucho más altos que él por lo que las vistas no serían muy diferentes que a nivel del suelo. Las hojas del árbol, aparte de aquel inusual color dorado (más intenso en las hojas más viejas y más claro en las nuevas), tenían la típica forma de hoja, con el borde ligeramente serrado y debían medir más o menos diez centímetros de largo y unos cinco de ancho. Las flores, blancas como copos de nieve, se agrupaban de tres en tres y presentaban seis pétalos cada una.
Sin embargo, pronto se daría cuenta de varios detalles: se trataba de un árbol muy frondoso (el frío del invierno incipiente no parecía estar haciendo mella en él, y apenas había unas pocas hojas esparcidas por el suelo), y el tronco se bifurcaba casi en la misma base para dar lugar a las ramas, mucho más delgadas y frágiles. Era bastante posible que si Kazuma no cejaba en su empeño por subirlo, terminara rompiendo alguna de aquellas ramas y cayendo al suelo en el proceso. Además, aunque consiguiera llegar a la copa, los árboles que crecían a su alrededor eran mucho más altos que él por lo que las vistas no serían muy diferentes que a nivel del suelo. Las hojas del árbol, aparte de aquel inusual color dorado (más intenso en las hojas más viejas y más claro en las nuevas), tenían la típica forma de hoja, con el borde ligeramente serrado y debían medir más o menos diez centímetros de largo y unos cinco de ancho. Las flores, blancas como copos de nieve, se agrupaban de tres en tres y presentaban seis pétalos cada una.
