4/11/2018, 16:27
Intento escalar aquel árbol de oro y blanco, pero al poco de comenzar un doblez y un leve crujido le persuadieron de no seguir en aquello.
Curioso, dio varias vueltas alrededor del árbol. Le sorprendía que con el invierno tan próximo aquella planta rebelde se atreviese a florecer tan bellamente. Recogió una de sus hojas para examinarla: le resultaba bonita, con su color dorado y forma extraña…
—¿Podría ser qué? —Se detuvo y extrajo del interior de su túnica el trozo de papel en donde había esbozado la forma de la planta que buscaba.
Superpuso la hoja que tenía en la mano y el dibujo que había hecho. El suyo resultaba cutre, pero sin duda era la misma planta que necesitaba, la esquiva Camellia sinensis.
—¡Al fin! —se dijo, sintiendo una serena alegría.
Sin perder ni un segundo, se dedicó a recoger todas las hojas caídas que yacían en los alrededores. Sin embargo, la cantidad recolectada resulto ser poca. Necesitaba obtener más, pero debía de proceder con mesura y responsabilidad: podía cortar una rama y deshojarla, pero no se sentía capaz de mutilar la planta que había salvado el objetivo de su misión; también podía intentar subir y sacudir las ramas, pero igual podría terminar rompiéndola o desprendiendo las preciadas flores. Se arrodillo por unos segundos y respiro profundamente, en busca de alguna respuesta, hasta que finalmente dio con algo:
—Necesito un palo —se dijo, para luego alzarse y buscar una rama caída que fuese delgada y larga.
Decidió que improvisaría una especie de tijeras de jardinero, de aquellas largas que se usaban cuando se necesitaba bajar la fruta sin subirse al árbol. En cuanto encontrara aquel palo, utilizaría un poco de hilo shinobi para amarrar el kunai a un extremo, imitando una especie de primitiva y tosca lanza. Una vez que tuviera listo aquello, se acercaría al árbol y estiraría el brazo para para cortar lenta y metódicamente las hojas que estaban a su alcance y que mejor color lucían.
Curioso, dio varias vueltas alrededor del árbol. Le sorprendía que con el invierno tan próximo aquella planta rebelde se atreviese a florecer tan bellamente. Recogió una de sus hojas para examinarla: le resultaba bonita, con su color dorado y forma extraña…
—¿Podría ser qué? —Se detuvo y extrajo del interior de su túnica el trozo de papel en donde había esbozado la forma de la planta que buscaba.
Superpuso la hoja que tenía en la mano y el dibujo que había hecho. El suyo resultaba cutre, pero sin duda era la misma planta que necesitaba, la esquiva Camellia sinensis.
—¡Al fin! —se dijo, sintiendo una serena alegría.
Sin perder ni un segundo, se dedicó a recoger todas las hojas caídas que yacían en los alrededores. Sin embargo, la cantidad recolectada resulto ser poca. Necesitaba obtener más, pero debía de proceder con mesura y responsabilidad: podía cortar una rama y deshojarla, pero no se sentía capaz de mutilar la planta que había salvado el objetivo de su misión; también podía intentar subir y sacudir las ramas, pero igual podría terminar rompiéndola o desprendiendo las preciadas flores. Se arrodillo por unos segundos y respiro profundamente, en busca de alguna respuesta, hasta que finalmente dio con algo:
—Necesito un palo —se dijo, para luego alzarse y buscar una rama caída que fuese delgada y larga.
Decidió que improvisaría una especie de tijeras de jardinero, de aquellas largas que se usaban cuando se necesitaba bajar la fruta sin subirse al árbol. En cuanto encontrara aquel palo, utilizaría un poco de hilo shinobi para amarrar el kunai a un extremo, imitando una especie de primitiva y tosca lanza. Una vez que tuviera listo aquello, se acercaría al árbol y estiraría el brazo para para cortar lenta y metódicamente las hojas que estaban a su alcance y que mejor color lucían.
![[Imagen: aab687219fe81b12d60db220de0dd17c.gif]](https://i.pinimg.com/originals/aa/b6/87/aab687219fe81b12d60db220de0dd17c.gif)
