23/11/2018, 12:17
Juro repitió su comanda una vez más, algo más relajado que en su anterior intromisión, y Nara Shikako le escuchó con atención. Durante un instante entrecerró los ojos, como si, de nuevo, no le hubiera entendido bien, pero al cabo de varios segundos habló:
—¡Oh, hablar con Kenzou-sama! Sí, sí —La encargada asintió varias veces antes de señalar a las escaleras de madera que se encontraban al final de la recepción—. Kenzou-sama se encuentra ahora mismo en la azotea entrenando, puedes subir y hablar con él.
Y antes de que Juro terminara de desaparecer entre los escalones, podría escuchar a sus espaldas una última frase lanzada por Shikako:
—Esta es la tercera "máxima urgencia" en este mes. Estos shinobi de hoy en día... En mis tiempos...
Para llegar a la azotea, Juro tendría que subir las chirriantes escaleras de madera hasta la última planta. No le costó encontrar a su representante, era la única persona que se encontraba allí, en mitad del tatami cubierto. Pese al frío del invierno, el Morikage entrenaba con el torso al descubierto, mostrando sin ningún tipo de pudor sus firmes pectorales y sus abdominales marcados. Lanzaba puñetazos y patadas al aire a diestro y siniestro, movimientos medidos al milímetros, firmes pero cargados de una brutal elegancia.
—¡Oh, hablar con Kenzou-sama! Sí, sí —La encargada asintió varias veces antes de señalar a las escaleras de madera que se encontraban al final de la recepción—. Kenzou-sama se encuentra ahora mismo en la azotea entrenando, puedes subir y hablar con él.
Y antes de que Juro terminara de desaparecer entre los escalones, podría escuchar a sus espaldas una última frase lanzada por Shikako:
—Esta es la tercera "máxima urgencia" en este mes. Estos shinobi de hoy en día... En mis tiempos...
Para llegar a la azotea, Juro tendría que subir las chirriantes escaleras de madera hasta la última planta. No le costó encontrar a su representante, era la única persona que se encontraba allí, en mitad del tatami cubierto. Pese al frío del invierno, el Morikage entrenaba con el torso al descubierto, mostrando sin ningún tipo de pudor sus firmes pectorales y sus abdominales marcados. Lanzaba puñetazos y patadas al aire a diestro y siniestro, movimientos medidos al milímetros, firmes pero cargados de una brutal elegancia.
