15/12/2018, 15:00
(Última modificación: 15/12/2018, 15:01 por Moyashi Kenzou.)
La visión de su aldea pareció renovar el espíritu de Kazuma, al saberse de nuevo en su hogar. Sin embargo, aquella misión había sido muy larga para su maltrecho cuerpo, y no se había detenido ni una sola vez a beber o comer desde el comienzo del día anterior, en el que apenas le había dado unos bocados a un par de manzanas. Así, terriblemente sediento, hambriento y más cansado de lo que se había sentido en toda su corta vida; Kazuma cruzó el puente (los guardias de la entrada le dirigieron un quedo saludo) y caminó arrastrando los pies a través de las calles de Kusagakure en dirección al Edificio del Kage. Por el camino, muchas personas se giraban para mirarlo, no era común ver a un genin prácticamente recién graduado llegar prácticamente hecho polvo de una misión de rango bajo.
Y no fue una excepción cuando llegó a su destino y atravesó las puertas de bambú: el anciano que se encontraba tras el mostrador no tardó ni un instante en reparar en el deplorable estado del muchacho y se levantó de golpe en toda su longitud: casi dos metros de altura y unos músculos que nada tienen que ver con la imagen de edad y sus largos cabellos y albos que se confunden con una barba igual de larga.
—Pero chico, ¿qué te ha pasado? ¿Estás bien? —le preguntó, apresurándose a acudir a su encuentro para ofrecerle un brazo en el que apoyarse.
Desde luego, si la imagen del anciano alto y musculado no era extraña; más extravagante era la imagen de ver a un abuelo tendiéndole una ayuda a un joven shinobi lozano.
Y no fue una excepción cuando llegó a su destino y atravesó las puertas de bambú: el anciano que se encontraba tras el mostrador no tardó ni un instante en reparar en el deplorable estado del muchacho y se levantó de golpe en toda su longitud: casi dos metros de altura y unos músculos que nada tienen que ver con la imagen de edad y sus largos cabellos y albos que se confunden con una barba igual de larga.
—Pero chico, ¿qué te ha pasado? ¿Estás bien? —le preguntó, apresurándose a acudir a su encuentro para ofrecerle un brazo en el que apoyarse.
Desde luego, si la imagen del anciano alto y musculado no era extraña; más extravagante era la imagen de ver a un abuelo tendiéndole una ayuda a un joven shinobi lozano.
