17/01/2019, 21:42
Empapado hasta los huesos, Karamaru entró en el vestíbulo del Edificio de la Arashikage chorreando el suelo tras su paso. Se acercó al mostrador y enseguida se dio cuenta de que una pobre chiquilla le seguía, fregona en mano, tratando inútilmente de limpiar el estropicio que cada recién llegado ocasionaba. Detrás de la mesa de madera, el genin se encontró con una cara que ya había visto en otra ocasión, en una misión diferente. Se trataba de aquel joven de tez oscura, ojos claros como lunas y músculos bien marcados en unas ropas que parecían tener varias tallas menos de las que realmente necesitaba.
—¡Hola! Qué buen día hace, ¿verdad? —bromeó, con una jovial sonrisa—. Ah, Karamaru-san. Por supuesto, Yui-sama te está esperando. Su despacho está en el último piso, te recomiendo tomar el ascensor. Y no la hagas enfadar, o tu tarea pasará a ser la de ella —añadió, señalando a la muchacha que seguía afanándose por recoger todo el agua del suelo posible.
Si Karamaru seguía su consejo se vería a sí mismo metido en un cilindro de metal y cables que hacía un ruido infernal. El ascenso le llevaría varios minutos, después de todo se encontraba en el rascacielos más alto de toda Amegakure, pero una vez llegado a su destino, las puertas se abrirían ante un largo pasillo con enormes ventanales que daban la vista al resto de la aldea (aunque en aquellos instantes lo único que se veía era agua y más agua cayendo, con algún rayo ocasional). Al final del corredor, dos imponentes puertas con el símbolo de Amegakure pintado de azul le esperaban, cerradas.
—¡Hola! Qué buen día hace, ¿verdad? —bromeó, con una jovial sonrisa—. Ah, Karamaru-san. Por supuesto, Yui-sama te está esperando. Su despacho está en el último piso, te recomiendo tomar el ascensor. Y no la hagas enfadar, o tu tarea pasará a ser la de ella —añadió, señalando a la muchacha que seguía afanándose por recoger todo el agua del suelo posible.
Si Karamaru seguía su consejo se vería a sí mismo metido en un cilindro de metal y cables que hacía un ruido infernal. El ascenso le llevaría varios minutos, después de todo se encontraba en el rascacielos más alto de toda Amegakure, pero una vez llegado a su destino, las puertas se abrirían ante un largo pasillo con enormes ventanales que daban la vista al resto de la aldea (aunque en aquellos instantes lo único que se veía era agua y más agua cayendo, con algún rayo ocasional). Al final del corredor, dos imponentes puertas con el símbolo de Amegakure pintado de azul le esperaban, cerradas.
