30/03/2019, 23:29
El chico de rastas caminaba con toda la calma del mundo, tranquilo. No tenia nada en mente, no sabía en que malgastar ese tiempo que tenía antes de que volviese Akane. Se sentía vacío, como un par de rebanadas de pan sin nutella. Seguía con su juego de la moneda, buscando acertar con qué cara de la moneda iba a topar al momento de atraparla en el aire. Casi de manera inconsciente se propuso el juego, no era algo que tuviese premeditado.
¡clink! ¡clink! ¡clink!
Dos o tres monedas tropezaron con el pie del chico. Éste no pudo evitar echar un ojo a las monedas, extrañado. Pero su dueño no tardó demasiado en aparecer, pasando por debajo de la cortina que daba entrada a un restaurante. El chico caminaba agazapado, y con la vista en el suelo. En su mano tenía un puñado de monedas, pero parecía que no había terminado su tarea. Al menos eso le decían las monedas al lado de su pie.
Etsu se dispuso a agacharse para ayudar al chico, pero antes de que ésto pasase, el joven ya había terminado de recoger las monedas del suelo. Al reincorporarse, quedó observando la moneda que llevaba el Inuzuka, y pensando que ésta era una de las que se le habían caído, le pidió al rastas que le diese su moneda.
El Inuzuka alzó una ceja en una mueca de confusión —perdona, pero creo que ya has recogido todas las monedas que se te han caído... ésta la llevaba en la mano lanzándola al aire desde hacía un rato, la verdad.
Pero algo aún menos inesperado sucedió en ese instante, un tipo realmente gordo. Aunque esté fea la palabra refiriéndose a una persona, en serio. Pero esa persona era gorda en el mayor de los sentidos, y grande... enorme. El hombre podría medir casi los dos metros diez centímetros. Sus manos eran tan grandes como la cabeza de Etsu, y eso que el Inuzuka no calzaba una pequeña.
—Eza monea eh mía. Que se má caío —zanjó el asunto de la moneda, arrancándosela de la mano al Inuzuka casi en un bofetón.
El Inuzuka quedó mirando al hombretón por un instante sin saber muy bien qué decir, o cómo proceder. El mamut ese estaba tatuado hasta las cejas, rapado y con una cresta a mitad de esa enorme cabeza, con varios pendientes, y un centenar de cicatrices. Vestía un kimono verde bastante holgado, el cuál debía estar cosido a partir de la vela de un barco al menos... bajo éste, un pantalón negro y unas botas del mísmo tono. No tenía ningún signo de que fuese shinobi, ya fuese por una bandana o por algún portaobjetos.
—¡O-oye! ¡que esa moneda es mía! ¡A tí no se te ha caído ninguna moneda! —contestó al fin el Inuzuka.
Pero el hombre ni le hizo caso, había visto que el otro chico tenía una buena cantidad de monedas en la mano. Obviamente, esas monedas también se le habían caído al hombre. Lanzó otro manotazo, tan rápido como corpulento era el hombre. Y con las mismas, le quitó las monedas al otro chico.
—Éstah tanbién ze man caío —sentenció la mole.
El Inuzuka, sorprendido ante la actuación del hombre, le intentó propinar un empujón al hombre —¡EH! ¡TÚ! —pero el empujó no hizo ni sirvió para nada. Esa enorme bestia era demasiado pesada, y su corpulento cuerpo no hizo ni amago de moverse.
El hombre miró al Inuzuka —¿qué quiereh tú, enano?
—¡Devuelve esas monedas! ¡no son tuyas! —no, evidentemente el chico no podía callarse.
¡clink! ¡clink! ¡clink!
Dos o tres monedas tropezaron con el pie del chico. Éste no pudo evitar echar un ojo a las monedas, extrañado. Pero su dueño no tardó demasiado en aparecer, pasando por debajo de la cortina que daba entrada a un restaurante. El chico caminaba agazapado, y con la vista en el suelo. En su mano tenía un puñado de monedas, pero parecía que no había terminado su tarea. Al menos eso le decían las monedas al lado de su pie.
Etsu se dispuso a agacharse para ayudar al chico, pero antes de que ésto pasase, el joven ya había terminado de recoger las monedas del suelo. Al reincorporarse, quedó observando la moneda que llevaba el Inuzuka, y pensando que ésta era una de las que se le habían caído, le pidió al rastas que le diese su moneda.
El Inuzuka alzó una ceja en una mueca de confusión —perdona, pero creo que ya has recogido todas las monedas que se te han caído... ésta la llevaba en la mano lanzándola al aire desde hacía un rato, la verdad.
Pero algo aún menos inesperado sucedió en ese instante, un tipo realmente gordo. Aunque esté fea la palabra refiriéndose a una persona, en serio. Pero esa persona era gorda en el mayor de los sentidos, y grande... enorme. El hombre podría medir casi los dos metros diez centímetros. Sus manos eran tan grandes como la cabeza de Etsu, y eso que el Inuzuka no calzaba una pequeña.
—Eza monea eh mía. Que se má caío —zanjó el asunto de la moneda, arrancándosela de la mano al Inuzuka casi en un bofetón.
El Inuzuka quedó mirando al hombretón por un instante sin saber muy bien qué decir, o cómo proceder. El mamut ese estaba tatuado hasta las cejas, rapado y con una cresta a mitad de esa enorme cabeza, con varios pendientes, y un centenar de cicatrices. Vestía un kimono verde bastante holgado, el cuál debía estar cosido a partir de la vela de un barco al menos... bajo éste, un pantalón negro y unas botas del mísmo tono. No tenía ningún signo de que fuese shinobi, ya fuese por una bandana o por algún portaobjetos.
—¡O-oye! ¡que esa moneda es mía! ¡A tí no se te ha caído ninguna moneda! —contestó al fin el Inuzuka.
Pero el hombre ni le hizo caso, había visto que el otro chico tenía una buena cantidad de monedas en la mano. Obviamente, esas monedas también se le habían caído al hombre. Lanzó otro manotazo, tan rápido como corpulento era el hombre. Y con las mismas, le quitó las monedas al otro chico.
—Éstah tanbién ze man caío —sentenció la mole.
El Inuzuka, sorprendido ante la actuación del hombre, le intentó propinar un empujón al hombre —¡EH! ¡TÚ! —pero el empujó no hizo ni sirvió para nada. Esa enorme bestia era demasiado pesada, y su corpulento cuerpo no hizo ni amago de moverse.
El hombre miró al Inuzuka —¿qué quiereh tú, enano?
—¡Devuelve esas monedas! ¡no son tuyas! —no, evidentemente el chico no podía callarse.
~ No muerdas lo que no piensas comerte ~