11/06/2019, 01:18
Si algo se le podía decir a la pelirroja era su inestimable capacidad de trabajo. Cuando conseguía encauzar aquel exceso de energía en una tarea, había pocas cosas que no pudiera hacer con una diligencia casi encomiable. Sin ni siquiera hacer aquella tarea con el mejor de los ánimos, las polvorientas cajas iban subiendo al piso superior y de allí a la carretilla que le habían ofrecido. Ya ni siquiera se fijaba en aquellos horribles relieves y pinturas que la miraban con ojos tortuosos de animales, personas o una mezcla de ambos, simplemente agarraba una caja tras otra hasta ir llenando la carretilla.
No fue hasta que las cajas empezaron a superar los límites estables de la cajetilla cuando la kunoichi, que nunca había destacado por su fuerza física, salió de sus típicas ensoñaciones al ver que era incapaz de subir una fila más de cajas a la carreta. Tras unos segundos donde el color de su cara casi emula al de sus cabellos, la Sarutobi decide que es absurdo seguir intentándolo, dejando la caja a sus pies y sentándose unos instantes para pensar intentando no caer en el desánimo.
Tras apenas dos segundos de reflexión, decide volver a entrar en la casa a buscar a aquel engreído señor que parecía que se había tragado una escoba. Sin ser una experta en protocolo y mucho menos en las formas de actuar de la nobleza, la joven se dirigió hacia el mayordomo que debía de estar pendiente de la puerta - Disculpe. ¿Podría hablar con el señor Yako por favor? Voy a necesitar un pequeño ajuste de planes- preguntó con su típica sonrisa inocente aunque lo que desearía en realidad era pisarle un pie a aquel ricachón para ver si conseguía cambiarle aquella absurda expresión de su rostro.
No fue hasta que las cajas empezaron a superar los límites estables de la cajetilla cuando la kunoichi, que nunca había destacado por su fuerza física, salió de sus típicas ensoñaciones al ver que era incapaz de subir una fila más de cajas a la carreta. Tras unos segundos donde el color de su cara casi emula al de sus cabellos, la Sarutobi decide que es absurdo seguir intentándolo, dejando la caja a sus pies y sentándose unos instantes para pensar intentando no caer en el desánimo.
Tras apenas dos segundos de reflexión, decide volver a entrar en la casa a buscar a aquel engreído señor que parecía que se había tragado una escoba. Sin ser una experta en protocolo y mucho menos en las formas de actuar de la nobleza, la joven se dirigió hacia el mayordomo que debía de estar pendiente de la puerta - Disculpe. ¿Podría hablar con el señor Yako por favor? Voy a necesitar un pequeño ajuste de planes- preguntó con su típica sonrisa inocente aunque lo que desearía en realidad era pisarle un pie a aquel ricachón para ver si conseguía cambiarle aquella absurda expresión de su rostro.