24/06/2019, 17:15
Si algo quedaba claro es que la presencia de King Roga nunca, nunca, pasaba desapercibida allá por donde pasara. El muchacho entró por la puerta principal de la Torre de la Arashikage como quien entra a un escenario y, por supuesto, todos los focos le apuntaron inmediatamente. La gente se volvía para mirarlo, ya fueran civiles o shinobi, y las expresiones que se dibujaban en sus rostros eran tan variopintas como las pintas que se gastaba: desde la admiración entre algunos genin recién graduados, pasando por la incredulidad de la inmensa mayoría de los que se encontraban allí, hasta, incluso, la reprobación de las personas más recatadas y conservadoras con las normas de respeto del lugar.
Y una de esas miradas era la del hombre que ocupaba el asiento tras el mostrador. Un hombre que ya había vivido la mitad de su vida, de cabellos ya canos recogidos en una coleta y una barba tan larga que le colgaba más allá del pecho. Oh, sí, aquella era la legendaria barba de un legendario hombre que no ha perdido un enfrentamiento de espadas en más de veinte años.
—Buenos días, joven —le saludó Bayashi Hida, con una respetuosa inclinación de cabeza—. Sí, creo que acaba de llegar la misión ideal para... ocupar a un genin tan prominente y eficiente como tú —repitió sus palabras, no sin cierta guasa.
Bayashi Hida cerró el pergamino en el que había estado concentrado hasta hacía tan sólo unos minutos y lo depositó con cuidado frente a Roga, sobre el mostrador.

