30/06/2019, 17:42
Con un plan ya en mente, Roga echó a andar hacia el norte. Su intención: llegar a Shinogi-To, algo que le costaría poco menos de medio día de viaje. Sin embargo, lleno de coraje y siempre acompañado por la incansable lluvia de Amenokami, el genin pronto abandonó la seguridad de las lindes de su aldea y se adentró en terreno salvaje. La hierba escaló hasta sus rodillas y la tierra se hizo blanda y fangosa. Había entrado en los Campos de la Tormenta, unos campos tan monótonos como aburridos. Mirara adonde mirara, una interminable alfombra verde era lo único que alcanzaría a ver sus ojos. Sería fácil perder la orientación en un terreno así si se despistaba, si no fuera porque las Montañas de la Tierra asomaban con timidez hacia el este.
Para cuando llevaba una hora de viaje, Roga llevó a ver algo más en aquella eternidad verde y gris. Una sombra se acercaba bamboleándose a su posición con un extraño traqueteo y el sonido continuo de unas ruedas arrastrándose por el fango, interrumpido de forma periódica por un golpe seco:
Era un viejo carro de madera tirado por un caballo de pelaje mojado y sucio que parecía extenuado por el viaje y por las constantes exigencias de un hombre que se cubría la cabeza con un kasa y el cuerpo con una holgada túnica. Este, que viajaba sobre el asiento del carromato, no dejaba de farfullar entre dientes palabras incomprensibles al tiempo que masticaba algo de forma nerviosa. La parte posterior del carro estaba cubierta por una lona para evitar que los objetos transportados se mojaran también; pero, a juzgar por el abultamiento de la tela, debía de estar terriblemente cargado.
Para cuando llevaba una hora de viaje, Roga llevó a ver algo más en aquella eternidad verde y gris. Una sombra se acercaba bamboleándose a su posición con un extraño traqueteo y el sonido continuo de unas ruedas arrastrándose por el fango, interrumpido de forma periódica por un golpe seco:
Brrr-Ploc-Brrr-Ploc-Brrr-Ploc-Brrr-Ploc-Brrr-Ploc-Brrr....
Era un viejo carro de madera tirado por un caballo de pelaje mojado y sucio que parecía extenuado por el viaje y por las constantes exigencias de un hombre que se cubría la cabeza con un kasa y el cuerpo con una holgada túnica. Este, que viajaba sobre el asiento del carromato, no dejaba de farfullar entre dientes palabras incomprensibles al tiempo que masticaba algo de forma nerviosa. La parte posterior del carro estaba cubierta por una lona para evitar que los objetos transportados se mojaran también; pero, a juzgar por el abultamiento de la tela, debía de estar terriblemente cargado.
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