27/01/2020, 14:18
Desde que los médicos habían revisado a Ayame y habían aplicado un vendaje sobre su abdomen, habían pasado ya treinta minutos. En ese tiempo, había dado tiempo para que las dos mujeres subieran al despacho y hablaran largo y tendido. Pero ninguna de las dos rompió el silencio cómplice que se había forjado. Ni la que estaba sentada frente al escritorio, ni la que lo hacía tras de él, con el gran balcón a las espaldas. Ahora prácticamente diluviaba, como si el propio Amenokami estuviera tan frustrado como ellas.
Yui tenía la vista clavada en el ébano de su escritorio. Acariciaba la madera con el dedo índice de la mano derecha, que le habían escayolado después de su ataque incontrolable de ira y desesperación en la entrada. El puño de la mano izquierda seguía cerrado, y de vez en cuando temblaba, cuando ella apretaba con más fuerza. Se había hecho una herida en el labio inferior, fruto de sus dientes afilados.
—Nuestro Kaido sigue vivo —dijo. No fue una pregunta. Fue una afirmación de autoconvencimiento, como si aún no se creyese lo que acababa de pasar. Entornó los ojos y arrugó la nariz, llena de una rabia interior que no podía apagarse.
No podía.
«Sekiryū...»
Yui tenía la vista clavada en el ébano de su escritorio. Acariciaba la madera con el dedo índice de la mano derecha, que le habían escayolado después de su ataque incontrolable de ira y desesperación en la entrada. El puño de la mano izquierda seguía cerrado, y de vez en cuando temblaba, cuando ella apretaba con más fuerza. Se había hecho una herida en el labio inferior, fruto de sus dientes afilados.
—Nuestro Kaido sigue vivo —dijo. No fue una pregunta. Fue una afirmación de autoconvencimiento, como si aún no se creyese lo que acababa de pasar. Entornó los ojos y arrugó la nariz, llena de una rabia interior que no podía apagarse.
No podía.
«Sekiryū...»
