7/07/2021, 02:35
Había una gran cantidad de cosas que se le daban bien a Chika. Golpear, levantar peso, empujar cosas, golpear, cargar con cualquier cosa, mover los muebles... En fin, todo eso y más. Sus músculos valían para todo. Sin embargo, ahora su hermana le había asegurado que la meditación era lo más importante del mundo. Que necesitaba visualizar más con su mente, meditando, sentandose y respirando lentamente sin moverse. ¿Qué tenía que visualizar? Si quería darse de palos, solo tenía que levantarse y hacerlo.
Y a pesar de que consideraba más importante el entrenamiento físico que todo ese rollo psicologico, ahí estaba, en un tren de camino a la Torre de Meditación. Aún era totalmente incapaz de negarle nada a su hermana. Era tan adorable cuando se ponía seria. Además de la pena que le empañaba el juicio cada vez que la veía con su brazo protésico. No podía decirle que no a nada a la cara, después acabaría acostumbrándose y tal vez, con suerte, algún día, negarle algo. Hasta entonces, solo podía intentar ocultar la pena y darle todo lo que pida.
Había cogido el tren nocturno, por lo que llegó a primera hora de la mañana a Notsuba. Lo primero y más obvio que notó era que no llovía. Qué raro. Por suerte, estaba nublado, así que no tenía que preocuparse de esa gran estrella brillante que está decidida a derretirlos. Comió algo rápido para desayunar y se llevó unas cuantas bolas de arroz para almorzar. Un par de horas más tarde de camino montañoso estaba en la Torre de Meditación.
A pie de la Torre no había nada, ni material ni persona. Chika miró la torre fijamente, de lado a lado, de arriba abajo. Parecía completamente normal. Le dio un par de golpecitos antes de que la voz de su hermana resonase en su cabeza diciéndole que espabilase y dejase de hacer tonterías. Claro que eso no se lo había dicho, pero Chika creía firmemente que lo pensaba cuando le dedicaba según qué miradas.
Escaló los veinte metros de Torre y se sentó en lo más alto, admirando el paisaje durante cinco minutos antes de cruzarse de piernas, juntar las manos delante suyo y cerrando los ojos, en silencio, para meditar. ¿Para meditar sobre qué? ¿Había siquiera un algo sobre el que meditar? Si lo había, lo descubriría ahora... meditando.
Y a pesar de que consideraba más importante el entrenamiento físico que todo ese rollo psicologico, ahí estaba, en un tren de camino a la Torre de Meditación. Aún era totalmente incapaz de negarle nada a su hermana. Era tan adorable cuando se ponía seria. Además de la pena que le empañaba el juicio cada vez que la veía con su brazo protésico. No podía decirle que no a nada a la cara, después acabaría acostumbrándose y tal vez, con suerte, algún día, negarle algo. Hasta entonces, solo podía intentar ocultar la pena y darle todo lo que pida.
Había cogido el tren nocturno, por lo que llegó a primera hora de la mañana a Notsuba. Lo primero y más obvio que notó era que no llovía. Qué raro. Por suerte, estaba nublado, así que no tenía que preocuparse de esa gran estrella brillante que está decidida a derretirlos. Comió algo rápido para desayunar y se llevó unas cuantas bolas de arroz para almorzar. Un par de horas más tarde de camino montañoso estaba en la Torre de Meditación.
A pie de la Torre no había nada, ni material ni persona. Chika miró la torre fijamente, de lado a lado, de arriba abajo. Parecía completamente normal. Le dio un par de golpecitos antes de que la voz de su hermana resonase en su cabeza diciéndole que espabilase y dejase de hacer tonterías. Claro que eso no se lo había dicho, pero Chika creía firmemente que lo pensaba cuando le dedicaba según qué miradas.
Escaló los veinte metros de Torre y se sentó en lo más alto, admirando el paisaje durante cinco minutos antes de cruzarse de piernas, juntar las manos delante suyo y cerrando los ojos, en silencio, para meditar. ¿Para meditar sobre qué? ¿Había siquiera un algo sobre el que meditar? Si lo había, lo descubriría ahora... meditando.