19/09/2021, 23:30
—¡Que sí, pesada, que estaré de vuelta antes de que sea de noche! —exclamó Suzaku, antes de salir dando un sonoro portazo.
Ya con los pies en la calle, la pelirrosa se permitió el lujo de estirar los brazos tras su espalda y respirar profundo para inhalar el aroma del aire cargado de humedad y vapores cálidos. Yugakure era un lugar caliente, incluso en invierno, y eso la convertía en un sitio de lo más acogedor para ella. Suzaku echó a andar, sin ningún rumbo concreto en mente. Había sido su hermana la que la había llevado a aquella ciudad, después de ganarse unas merecidas vacaciones, y Suzaku no iba a desaprovechar la oportunidad de explorar cada rincón mientras sus ojos oscuros se perdían recorriendo cada una de las múltiples tuberías que recorrían como escurridizas serpientes las paredes de los edificios. Numerosos carteles llamaron su atención, anunciando baños termales con mil y un nombres diferentes.
«Me pregunto cómo serán... ¿Será muy diferente de bañarse con agua bien caliente en la bañera de casa?» Se preguntaba, curiosa. Pero, por el momento, no se atrevió a entrar en ninguno de aquellos locales. Quizás se lo propusiera después a Umi.
Sí que se hizo, sin embargo, con una bolsa con varios panecillos al vapor rellenos de carne que encontró en un puesto de comida callejera. Y pronto descubrió que era de las cosas más ricas que había probado nunca. Cerca de una plaza, mientras degustaba su recién descubierta golosina, y con cuidado de no quemarse la boca pero deleitándose cada vez que llegaba al núcleo de carne de uno de ellos, le llamó la atención una peculiar escena. Varias personas se habían concentrado en torno a uno de los bancos, y no tardó en descubrir el motivo: Una chica bailaba sobre él. Con su cuerpo esbelto y sus movimientos suaves y lentos, a Suzaku le vino a la mente la imagen de una bailarina sobre una cajita de música. Tenía el cabello corto y de color rojo oscuro, contrastando con su piel morena. Lo más curioso era su ropa, concretamente su abrigo. Era como si la tela fluyera con ella, al compás de cada movimiento milimétricamente calculado.
«¿Serán habituales estos espectáculos en Yugakure?» Se preguntó Suzaku. No se había dado cuenta, pero se había detenido para mirarla con un panecillo a medio trayecto de su boca.
Ya con los pies en la calle, la pelirrosa se permitió el lujo de estirar los brazos tras su espalda y respirar profundo para inhalar el aroma del aire cargado de humedad y vapores cálidos. Yugakure era un lugar caliente, incluso en invierno, y eso la convertía en un sitio de lo más acogedor para ella. Suzaku echó a andar, sin ningún rumbo concreto en mente. Había sido su hermana la que la había llevado a aquella ciudad, después de ganarse unas merecidas vacaciones, y Suzaku no iba a desaprovechar la oportunidad de explorar cada rincón mientras sus ojos oscuros se perdían recorriendo cada una de las múltiples tuberías que recorrían como escurridizas serpientes las paredes de los edificios. Numerosos carteles llamaron su atención, anunciando baños termales con mil y un nombres diferentes.
«Me pregunto cómo serán... ¿Será muy diferente de bañarse con agua bien caliente en la bañera de casa?» Se preguntaba, curiosa. Pero, por el momento, no se atrevió a entrar en ninguno de aquellos locales. Quizás se lo propusiera después a Umi.
Sí que se hizo, sin embargo, con una bolsa con varios panecillos al vapor rellenos de carne que encontró en un puesto de comida callejera. Y pronto descubrió que era de las cosas más ricas que había probado nunca. Cerca de una plaza, mientras degustaba su recién descubierta golosina, y con cuidado de no quemarse la boca pero deleitándose cada vez que llegaba al núcleo de carne de uno de ellos, le llamó la atención una peculiar escena. Varias personas se habían concentrado en torno a uno de los bancos, y no tardó en descubrir el motivo: Una chica bailaba sobre él. Con su cuerpo esbelto y sus movimientos suaves y lentos, a Suzaku le vino a la mente la imagen de una bailarina sobre una cajita de música. Tenía el cabello corto y de color rojo oscuro, contrastando con su piel morena. Lo más curioso era su ropa, concretamente su abrigo. Era como si la tela fluyera con ella, al compás de cada movimiento milimétricamente calculado.
«¿Serán habituales estos espectáculos en Yugakure?» Se preguntó Suzaku. No se había dado cuenta, pero se había detenido para mirarla con un panecillo a medio trayecto de su boca.