29/09/2021, 22:10
Le había estampado el mejor de sus Rasengans. Le había apuñalado con el mejor de sus Chidoris. Le había golpeado con el arma más poderosa de su Susano’o. De lleno. Con los tres. Y, aún así, Shukaku no parecía estar ni cerca del límite. Datsue en cambio estaba jodido. El chakra se le escapaba entre los ojos. La regeneración de Susano’o demandaba tanta energía como las raíces del Árbol Sagrado demandaban agua, y él estaba lejos de ser una fuente inagotable.
Con el último golpe recibido, su Dios se desplomó para no volver a levantarse. La zarpa de Shukaku cayó sobre su cuerpo, pesada, sumergiéndole en el agua. Apenas pudo sacar la cabeza fuera mientras trataba de coger algo de aire. Algo difícil cuando tenías una mole de toneladas encima.
—Has luchado bien, pero pecaste de intrépido. ¡Te olvidaste de quién soy! ¡SHUKAKU, EL MÁS GRANDE DE LOS BIJŪS!
Aquello era peor que una de sus pesadillas prefabricadas. Había perdido, sin siquiera rozar la victoria. ¿Qué le iba a decir a Hanabi? ¿Y al Consejo de Sabios? ¡Se había clavado una espada en el pecho por Uzu, joder! ¿Y ahora volvería a casa con Shukaku haciendo lo que le diese la gana?
«Joder… ¡No puede ser! ¡No puede ser, hostia! ¿Qué haría Eri en una situación como esta? Usaría sus cadenas para reducir a Shukaku. ¡Seguro! Pero yo no tengo cadenas, ¡me cago en todo! ¿Y Daruu? Su ojo que todo lo ve vislumbraría una solución que yo no soy capaz ni de intuir. ¡Mierda! ¿Y Ayame? Buah, se volvería agua con el lago y se la sudarían los golpes. ¡Pero yo no soy Hōzuki!»
Su mente recurrió a toda velocidad a todos y cada uno de los ninjas que había conocido y que podían serle de ayuda. Aunque fuese para inspirarle. Eri, Daruu, Ayame, Hanabi, Kaido, Katsudon, Reiji… Estaba convencido de que la mayoría podría ayudarse de algo, pero él no tenía ese algo. No era un Hyūga. No era un Uzumaki. No era un Hōzuki. No tenía el fuego abrasador de un Sarutobi. Ni la fuerza de un Akimichi. No, la única persona a la que podía recurrir era…
«A ver, ¿qué coño harías tú, puto traidor? Sí, sí. Ya te imagino hablando. Datsue, por tu sangre corre la vena ancestral de los asesinos más mortíferos que pisó la faz de Ōnindo. No necesitas más que tus…»
Abrió los ojos de golpe. «¡Eso es!» Si quería tener alguna posibilidad, entonces, tendría que convertirse en…
—Shu… ka… ku —dijo, con un hilo de voz. La zarpa le apretaba tanto que apenas era capaz de coger aire. Los pulmones le ardían, la cabeza le dolía tanto como si le hubiesen clavado un hierro al rojo vivo en el interior del cráneo, y sentía que iba a desmayarse en cualquier momento—. Tú… también… te… olvidaste… de… quién… soy.
Datsue intuyó un parpadeo. Aquellos ojos dorados… Su mundo se había reducido a aquellos ojos dorados que le miraban con un punto de confusión. ¿O quizá era de espera?
—¿Y quién eres?
—Di… Dilo tú… mism...
—¿Eh?
Los ojos de Shukaku se tornaron rojos como la sangre.
—Eres Datsue, el más grande de los Uchiha.
—Estás jodidamente acertado.
Simplemente se lo ordenó, tal y como sucedía en la historia que Akame le había narrado en una ocasión. Una historia perdida y encontrada por su antiguo Hermano en un pergamino roñoso y viejo. Un cuento para niños, había pensado Datsue. Y un cuento para viejos Uchihas que se masturbaban con la idea de que su clan era mejor que el resto.
Cuando vio que Shukaku empezaba a cargar la bijūdama y se apuntaba al pecho, en cambio, tuvo que reconocer que aquel cuento tenía algo de cierto.
Con el último golpe recibido, su Dios se desplomó para no volver a levantarse. La zarpa de Shukaku cayó sobre su cuerpo, pesada, sumergiéndole en el agua. Apenas pudo sacar la cabeza fuera mientras trataba de coger algo de aire. Algo difícil cuando tenías una mole de toneladas encima.
—Has luchado bien, pero pecaste de intrépido. ¡Te olvidaste de quién soy! ¡SHUKAKU, EL MÁS GRANDE DE LOS BIJŪS!
Aquello era peor que una de sus pesadillas prefabricadas. Había perdido, sin siquiera rozar la victoria. ¿Qué le iba a decir a Hanabi? ¿Y al Consejo de Sabios? ¡Se había clavado una espada en el pecho por Uzu, joder! ¿Y ahora volvería a casa con Shukaku haciendo lo que le diese la gana?
«Joder… ¡No puede ser! ¡No puede ser, hostia! ¿Qué haría Eri en una situación como esta? Usaría sus cadenas para reducir a Shukaku. ¡Seguro! Pero yo no tengo cadenas, ¡me cago en todo! ¿Y Daruu? Su ojo que todo lo ve vislumbraría una solución que yo no soy capaz ni de intuir. ¡Mierda! ¿Y Ayame? Buah, se volvería agua con el lago y se la sudarían los golpes. ¡Pero yo no soy Hōzuki!»
Su mente recurrió a toda velocidad a todos y cada uno de los ninjas que había conocido y que podían serle de ayuda. Aunque fuese para inspirarle. Eri, Daruu, Ayame, Hanabi, Kaido, Katsudon, Reiji… Estaba convencido de que la mayoría podría ayudarse de algo, pero él no tenía ese algo. No era un Hyūga. No era un Uzumaki. No era un Hōzuki. No tenía el fuego abrasador de un Sarutobi. Ni la fuerza de un Akimichi. No, la única persona a la que podía recurrir era…
«A ver, ¿qué coño harías tú, puto traidor? Sí, sí. Ya te imagino hablando. Datsue, por tu sangre corre la vena ancestral de los asesinos más mortíferos que pisó la faz de Ōnindo. No necesitas más que tus…»
Abrió los ojos de golpe. «¡Eso es!» Si quería tener alguna posibilidad, entonces, tendría que convertirse en…
—Shu… ka… ku —dijo, con un hilo de voz. La zarpa le apretaba tanto que apenas era capaz de coger aire. Los pulmones le ardían, la cabeza le dolía tanto como si le hubiesen clavado un hierro al rojo vivo en el interior del cráneo, y sentía que iba a desmayarse en cualquier momento—. Tú… también… te… olvidaste… de… quién… soy.
Datsue intuyó un parpadeo. Aquellos ojos dorados… Su mundo se había reducido a aquellos ojos dorados que le miraban con un punto de confusión. ¿O quizá era de espera?
—¿Y quién eres?
—Di… Dilo tú… mism...
—¿Eh?
«Que lo digas tú mismo»
Los ojos de Shukaku se tornaron rojos como la sangre.
«¡DILO!»
—Eres Datsue, el más grande de los Uchiha.
—Estás jodidamente acertado.
«¡Y ahora tírate una bijū-laser al pecho!»
Simplemente se lo ordenó, tal y como sucedía en la historia que Akame le había narrado en una ocasión. Una historia perdida y encontrada por su antiguo Hermano en un pergamino roñoso y viejo. Un cuento para niños, había pensado Datsue. Y un cuento para viejos Uchihas que se masturbaban con la idea de que su clan era mejor que el resto.
Cuando vio que Shukaku empezaba a cargar la bijūdama y se apuntaba al pecho, en cambio, tuvo que reconocer que aquel cuento tenía algo de cierto.
![[Imagen: ksQJqx9.png]](https://i.imgur.com/ksQJqx9.png)
¡Agradecimientos a Daruu por el dibujo de PJ y avatar tan OP! ¡Y a Reiji y Ayame por la firmaza! Si queréis una parecida, este es el lugar adecuado