9/02/2016, 01:19
Zetsuo entrecerró ligeramente los ojos al escuchar el sonido de unas pisadas acercándose a la puerta de la habitación que ocupaban en El Patito Frito. El sibilante silbido de la cafetera se entremezcló con los firmes toques de unos nudillos contra la madera.
El médico ladeó la cabeza. Sabía que sus hijos contaban con una copia de las llaves de la habitación, por lo que no podrían ser ellos a menos que se diera el improbable caso de que ambos la hubiesen perdido. De Ayame podría creerlo, después de todo aquella chiquilla parecía tener últimamente la cabeza en las nubes; pero Kōri no cometería una imprudencia así jamás. Pero si no eran ellos... ¿Entonces quién?
Los toques volvieron a repetirse. Zetsuo suspiró, y se apartó de la cocina para atravesar el comedor y abrir la puerta de la entrada. Y lo que vio allí no le gustó nada.
—¿Qué cojones estás haciendo tú aquí?
El visitante era un hombre alto de mediana edad y cuerpo tonificado que iba envuelto en una capa de viaje de color oscuro. Aquellos ojos castaños tan familiares le miraban esa sorna contenida que tanto detestaba en él, y de la que él tanto disfrutaba al verle perder los estribos
—Oh, Zetsuo, tú siempre tan formal y cordial como siempre, ¿sí? El viaje muy bien, algo ajetreado, ya sabes, los carros se movían demasiado para mi gusto. ¡Ay, pues claro que me gustaría probar una taza de ese café recién hecho que huelo desde aquí!
Pero Zetsuo no se movió del sitio, ni su rostro varió siquiera un ápice. La cafetera a su espalda cada vez silbaba con más violencia, pero él no parecía escucharla.
—Te presentas aquí después de... ¿Cuánto? ¿Once años? ¿Y de verdad pretendes que te reciba con los brazos abiertos, Karoi? Espero que no tengas los santos cojones de decirme que vienes buscando a Ayame.
La actitud despreocupada y mordaz de Karoi mudó repentinamente a un rostro inusualmente serio. Y Zetsuo ni siquiera necesitó adentrarse en sus pensamientos para saber lo que estaba a punto de decirle. Su rostro era un verdadero libro abierto.
—¿A qué iba a venir si no? ¿A verte a ti la cara, querido cuñado? Creía tener entendido que a cada participante del torneo le daban tres invitaciones para familiares y amigos, ¿sí? Esperaba que hubieras tenido la decencia de acordarte de mí, ¡pero al final he tenido que pagarme el viaje y el alojamiento!
—Ayame ni siquiera sabe que existes. ¿A qué viene este cambio ahora, Karoi? Después de tanto tiempo ignorando su sola existenc...
—Es injusto que alguien como tú me diga eso, Zetsuo —le interrumpió con brusquedad, temblaba de rabia—. Después de que te pasaras casi dos años ahogándote en alcohol después de la muerte de mi hermana y dejando que tu hijo se encargara de su hermanita, ¿sí? Sabes perfectamente que no he estado, precisamente, en un viaje de placer. Sabes perfectamente que casi he velado más por tu familia de lo que tú podrías llegar a hacer nunca.
La madera de la puerta crujió peligrosamente bajo los dedos de Zetsuo. Si hubiera podido volatilizarle con solo una mirada, lo habría hecho por lo menos cinco veces. Podía sentir su sangre borbotar de ira a la altura del pecho, como un caldero del infierno ante la mera mención de aquel doloroso pasado que tanto se afanaba por olvidar.
—No sabes nada, jodido niñato. Nunca lo has hecho. Y lo que ocurra en esta familia ya no es de tu incumbencia. ¿Vas a ir al grano o me vas a obligar a sacarte por la ventana de una patada en los cojones, Karoi?
—Oh, claro que voy a ir al grano —respiró hondo; y, de alguna manera, la calma pareció volver paulatinamente a sus facciones—. Y para que veas si me preocupa lo que ocurra en tu familia, serás el primero en saberlo, ¿sí?: Voy a entrenar a Ayame.
Aquellas simples cinco palabras fueron como un verdadero mazazo en el cráneo. La cafetera parecía a punto de estallar.
—¿Que... vas... a... qué...? —repitió, lento y siseante como una amenazadora serpiente de cascabel a punto de atacar—. ¿Qué te hace pensar que voy a permitir una locura así? ¿Has perdido el juicio del todo?
—Soy el único Hōzuki que conoces y del que te puedes fiar, ¿sí? Bueno, siendo tú, más o menos —añadió, al tiempo que le dirigía una mirada evaluadora—. Ayame tiene todo el derecho de conocer las técnicas de su clan, y me temo que ni tú ni tu hijo mayor, por muy genio que sea, vais a poder enseñárselas.
—Ayame es una Aotsuki. No necesita esas técnicas —susurró.
—Es una Aotsuki, pero por sus venas corre la sangre de Shiruka. ¿Le vas a negar eso? ¿Le vas a negar que conozca las raíces de su poder? ¿Acaso le negaste a Kōri que aprendiera las técnicas del hielo que ahora maneja?
—¡Los Yuki no tratan de arrebatarme a mi hijo! ¡LOS HOZUKI SÍ! —bramó Zetsuo, totalmente ido de sí.
Cualquier otra persona se habría amedrentado ante aquella muestra de ira primitiva, pero Karoi no era "cualquier persona" y se mantuvo sobre sus pies sin moverse ni un sólo ápice.
—Zetsuo-san, esto no es ningún capricho mío. Sabes que estoy de vuestra parte; si no, no estaría arriesgando el pellejo como lo estoy haciendo presentándome aquí —respondió, conciliador—. Pero Ayame necesita conocer esas técnicas, necesita saber defenderse frente a los suyos. Los Hōzuki están cada vez más inquietos, la están vigilando continuamente, y podrían saltar sobre ella en cualquier momen...
Se interrumpió bruscamente y giró la cabeza hacia un lado del pasillo. A lo lejos se escuchaba dos voces que se acercaban cada vez más: una voz masculina, átona e impersonal, que respondía a una femenina, más inquieta y cantarina. Kōri y Ayame. Karoi se volvió una última vez hacia él.
—¿Prefieres que sean ellos o que sea yo?
El médico ladeó la cabeza. Sabía que sus hijos contaban con una copia de las llaves de la habitación, por lo que no podrían ser ellos a menos que se diera el improbable caso de que ambos la hubiesen perdido. De Ayame podría creerlo, después de todo aquella chiquilla parecía tener últimamente la cabeza en las nubes; pero Kōri no cometería una imprudencia así jamás. Pero si no eran ellos... ¿Entonces quién?
Los toques volvieron a repetirse. Zetsuo suspiró, y se apartó de la cocina para atravesar el comedor y abrir la puerta de la entrada. Y lo que vio allí no le gustó nada.
—¿Qué cojones estás haciendo tú aquí?
El visitante era un hombre alto de mediana edad y cuerpo tonificado que iba envuelto en una capa de viaje de color oscuro. Aquellos ojos castaños tan familiares le miraban esa sorna contenida que tanto detestaba en él, y de la que él tanto disfrutaba al verle perder los estribos
—Oh, Zetsuo, tú siempre tan formal y cordial como siempre, ¿sí? El viaje muy bien, algo ajetreado, ya sabes, los carros se movían demasiado para mi gusto. ¡Ay, pues claro que me gustaría probar una taza de ese café recién hecho que huelo desde aquí!
Pero Zetsuo no se movió del sitio, ni su rostro varió siquiera un ápice. La cafetera a su espalda cada vez silbaba con más violencia, pero él no parecía escucharla.
—Te presentas aquí después de... ¿Cuánto? ¿Once años? ¿Y de verdad pretendes que te reciba con los brazos abiertos, Karoi? Espero que no tengas los santos cojones de decirme que vienes buscando a Ayame.
La actitud despreocupada y mordaz de Karoi mudó repentinamente a un rostro inusualmente serio. Y Zetsuo ni siquiera necesitó adentrarse en sus pensamientos para saber lo que estaba a punto de decirle. Su rostro era un verdadero libro abierto.
—¿A qué iba a venir si no? ¿A verte a ti la cara, querido cuñado? Creía tener entendido que a cada participante del torneo le daban tres invitaciones para familiares y amigos, ¿sí? Esperaba que hubieras tenido la decencia de acordarte de mí, ¡pero al final he tenido que pagarme el viaje y el alojamiento!
—Ayame ni siquiera sabe que existes. ¿A qué viene este cambio ahora, Karoi? Después de tanto tiempo ignorando su sola existenc...
—Es injusto que alguien como tú me diga eso, Zetsuo —le interrumpió con brusquedad, temblaba de rabia—. Después de que te pasaras casi dos años ahogándote en alcohol después de la muerte de mi hermana y dejando que tu hijo se encargara de su hermanita, ¿sí? Sabes perfectamente que no he estado, precisamente, en un viaje de placer. Sabes perfectamente que casi he velado más por tu familia de lo que tú podrías llegar a hacer nunca.
La madera de la puerta crujió peligrosamente bajo los dedos de Zetsuo. Si hubiera podido volatilizarle con solo una mirada, lo habría hecho por lo menos cinco veces. Podía sentir su sangre borbotar de ira a la altura del pecho, como un caldero del infierno ante la mera mención de aquel doloroso pasado que tanto se afanaba por olvidar.
—No sabes nada, jodido niñato. Nunca lo has hecho. Y lo que ocurra en esta familia ya no es de tu incumbencia. ¿Vas a ir al grano o me vas a obligar a sacarte por la ventana de una patada en los cojones, Karoi?
—Oh, claro que voy a ir al grano —respiró hondo; y, de alguna manera, la calma pareció volver paulatinamente a sus facciones—. Y para que veas si me preocupa lo que ocurra en tu familia, serás el primero en saberlo, ¿sí?: Voy a entrenar a Ayame.
Aquellas simples cinco palabras fueron como un verdadero mazazo en el cráneo. La cafetera parecía a punto de estallar.
—¿Que... vas... a... qué...? —repitió, lento y siseante como una amenazadora serpiente de cascabel a punto de atacar—. ¿Qué te hace pensar que voy a permitir una locura así? ¿Has perdido el juicio del todo?
—Soy el único Hōzuki que conoces y del que te puedes fiar, ¿sí? Bueno, siendo tú, más o menos —añadió, al tiempo que le dirigía una mirada evaluadora—. Ayame tiene todo el derecho de conocer las técnicas de su clan, y me temo que ni tú ni tu hijo mayor, por muy genio que sea, vais a poder enseñárselas.
—Ayame es una Aotsuki. No necesita esas técnicas —susurró.
—Es una Aotsuki, pero por sus venas corre la sangre de Shiruka. ¿Le vas a negar eso? ¿Le vas a negar que conozca las raíces de su poder? ¿Acaso le negaste a Kōri que aprendiera las técnicas del hielo que ahora maneja?
—¡Los Yuki no tratan de arrebatarme a mi hijo! ¡LOS HOZUKI SÍ! —bramó Zetsuo, totalmente ido de sí.
Cualquier otra persona se habría amedrentado ante aquella muestra de ira primitiva, pero Karoi no era "cualquier persona" y se mantuvo sobre sus pies sin moverse ni un sólo ápice.
—Zetsuo-san, esto no es ningún capricho mío. Sabes que estoy de vuestra parte; si no, no estaría arriesgando el pellejo como lo estoy haciendo presentándome aquí —respondió, conciliador—. Pero Ayame necesita conocer esas técnicas, necesita saber defenderse frente a los suyos. Los Hōzuki están cada vez más inquietos, la están vigilando continuamente, y podrían saltar sobre ella en cualquier momen...
Se interrumpió bruscamente y giró la cabeza hacia un lado del pasillo. A lo lejos se escuchaba dos voces que se acercaban cada vez más: una voz masculina, átona e impersonal, que respondía a una femenina, más inquieta y cantarina. Kōri y Ayame. Karoi se volvió una última vez hacia él.
—¿Prefieres que sean ellos o que sea yo?

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