No lo entiendo... ¡No lo entiendo!
La chica acompañaba sus pensamientos de un rítmico movimiento de brazos. Era casi mediodía, y el primer Sol de Primavera brillaba con fuerza en el cielo de Takigakure. Anzu estaba sobre una de las plataformas de entrenamiento del Árbol Sagrado, donde los estudiantes y gennin recién graduados solían practicar sus habilidades ninja. Ella, en concreto, no había ido allí para perfeccionar nada, si no para desahogarse. ¿Por qué no invitarme a mí también? Estoy segura de que podría hacerle morder el polvo a cualquiera... ¿¡Por qué!? A cada momento, los puñetazos que estaba descargando sobre un pobre muñeco de prácticas se hacían más furiosos.
El Kawakage no la había invitado a participar en el Torneo de los Dojos. El por qué, Anzu lo desconocía -ella pensaba ser tan buena peleando como cualquiera de sus compañeros, e incluso más que algunos especialmente flacos-. Por eso mismo era incapaz de comprender qué había llevado a Senju Yubiwa a no enviarle una invitación. Furiosa, desahogaba aquella ira ciega que intentaba poseerla golpeando el muñeco de entrenamiento.
- ¡No lo entiendo!
Gritó, y al mismo tiempo su mano diestra lanzó un potente puñetazo contra la cara del muñeco. Alrededor de su brazo saltaron chispas de color azulado, y el golpe fue tal que decapitó sin miramientos al pobre e inerte monigote. La cabeza de madera voló por los aires y luego cayó al suelo, rodando varios metros hasta casi el borde de la plataforma.
La chica acompañaba sus pensamientos de un rítmico movimiento de brazos. Era casi mediodía, y el primer Sol de Primavera brillaba con fuerza en el cielo de Takigakure. Anzu estaba sobre una de las plataformas de entrenamiento del Árbol Sagrado, donde los estudiantes y gennin recién graduados solían practicar sus habilidades ninja. Ella, en concreto, no había ido allí para perfeccionar nada, si no para desahogarse. ¿Por qué no invitarme a mí también? Estoy segura de que podría hacerle morder el polvo a cualquiera... ¿¡Por qué!? A cada momento, los puñetazos que estaba descargando sobre un pobre muñeco de prácticas se hacían más furiosos.
El Kawakage no la había invitado a participar en el Torneo de los Dojos. El por qué, Anzu lo desconocía -ella pensaba ser tan buena peleando como cualquiera de sus compañeros, e incluso más que algunos especialmente flacos-. Por eso mismo era incapaz de comprender qué había llevado a Senju Yubiwa a no enviarle una invitación. Furiosa, desahogaba aquella ira ciega que intentaba poseerla golpeando el muñeco de entrenamiento.
- ¡No lo entiendo!
Gritó, y al mismo tiempo su mano diestra lanzó un potente puñetazo contra la cara del muñeco. Alrededor de su brazo saltaron chispas de color azulado, y el golpe fue tal que decapitó sin miramientos al pobre e inerte monigote. La cabeza de madera voló por los aires y luego cayó al suelo, rodando varios metros hasta casi el borde de la plataforma.